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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

6 de junio de 2017

DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR... Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS.

DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR...
El Señor distingue los deberes relacionados con la sociedad y los que se refieren a Dios, pero de ninguna manera quiso imponer a sus discípulos como una doble existencia. El hombre es uno, con un solo corazón y una sola alma, con sus virtudes y sus defectos que influyen en todo su actuar, y «tanto en la vida pública como en la privada, el cristiano debe inspirarse en la doctrina y seguimiento de Jesucristo»8, que tornará siempre más humano y noble su actuar. La Iglesia ha proclamado siempre la justa autonomía de las realidades temporales, pero entendida, claro está, en el sentido de que «las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores (...). Pero si “autonomía de lo temporal” quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura, sin el Creador, desaparece»9; y la misma sociedad se vuelve inhumana y difícilmente habitable, como se puede comprobar.
Denario de Tiberio
EL CRISTIANO ELIGE SUS OPCIONES POLÍTICAS, SOCIALES, PROFESIONALES, DESDE SUS CONVICCIONES MÁS ÍNTIMAS.
Y lo que aporta a la sociedad en la que vive es una visión recta del hombre y de la sociedad, porque solo la doctrina cristiana le ofrece la verdad completa sobre el hombre, sobre su dignidad y el destino eterno para el que fue creado. Sin embargo, son muchos los que en ocasiones querrían que los cristianos tuvieran como una doble vida: una en sus actuaciones temporales y públicas, y otra en su vida de fe; incluso afirman, con palabras o hechos sectarios y discriminatorios, la incompatibilidad entre los deberes civiles y las obligaciones que comporta el seguimiento de Cristo. Nosotros los cristianos debemos proclamar, con palabras y con el testimonio de una vida coherente, que «no es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad civil. Como no tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado, en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios les ha confiado.
»Mienten –¡así: mienten!– los que afirman lo contrario. Son los mismos que, en aras de una falsa libertad, querrían “amablemente” que los católicos volviéramos a las catacumbas»10, al silencio.
Nuestro testimonio en medio del mundo se ha de manifestar en una profunda unidad de vida. El amor a Dios ha de llevarnos a cumplir con fidelidad nuestras obligaciones como ciudadanos: pagar los tributos justos, votar en conciencia buscando el bien común, etc. Desentenderse de manifestar, a todos los niveles, la propia opinión –por dejadez, pereza o falsas excusas– a través del voto o del medio equivalente, es una falta contra la justicia, pues supone la dejación de unos derechos que, por sus consecuencias de cara a los demás, son también deberes. Esa dejación puede ser grave en la medida en que con esa inhibición se contribuya al triunfo –en el colegio profesional, en la agrupación de padres de la institución donde estudian los hijos, en la vida política nacional– de una candidatura cuyo ideario está en contraste con los principios cristianos.
«Vivid vosotros –exhortaba Juan Pablo II– e infundid en las realidades temporales la savia de la fe de Cristo, conscientes de que esa fe no destruye nada auténticamente humano, sino que lo refuerza, lo purifica, lo eleva.
»Demostrad ese espíritu en la atención prestada a los problemas cruciales. En el ámbito de la familia, viviendo y defendiendo la indisolubilidad y los demás valores del matrimonio, promoviendo el respeto a toda vida desde el momento de la concepción. En el mundo de la cultura, de la educación y de la enseñanza, eligiendo para vuestros hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana.
»Sed también fuertes y generosos a la hora de contribuir a que desaparezcan las injusticias y las discriminaciones sociales y económicas; a la hora de participar en una tarea positiva de incremento y justa distribución de los bienes. Esforzaos por que las leyes y costumbres no vuelvan la espalda al sentido trascendente del hombre ni a los aspectos morales de la vida»11.
DIOS Y EL CESAR
Según la concepción clásica, «lo que es» de Dios son los principios rectores de la política; pero esta concepción ha sido sustituida por otra muy distinta, según la cual solo es de Dios la intimidad de la conciencia, dejando para el César toda la acción política, desde los principios (o falta de principios) en que se asienta hasta sus realizaciones más concretas. Por Juan Manuel de Prada.
Un amable lector me solicita que explique en uno de mis artículos la misteriosa frase evangélica «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», con la que Jesús responde a los fariseos que pretenden perderlo. Puesto que soy un pobre lego en cuestiones teológicas y políticas, no puedo explicar una frase que exige mucha más ciencia de la que yo tengo; pero probaré a dar mi interpretación, que poco o nada tiene que ver con la que nuestra época ha impuesto.
Esta célebre frase suele ser entendida hoy en un sentido restrictivo, al igual que aquella otra igualmente célebre: «Mi Reino no es de este mundo». En realidad, Jesús no pretende significar que este mundo le resulte cosa ajena, sino que su Reino está «sobre este mundo», imprimiéndole desde lo alto su inspiración. Pensar lo contrario sería tanto como colocar el cristianismo en un peldaño inferior al de todas las religiones que en el mundo han sido, pues lo mismo Mahoma que Confucio o Buda han aspirado a que las religiones por ellos fundadas sean el alma de las leyes que rigen a los pueblos que las profesan. Pero nadie podrá negar que, en efecto, Jesucristo vino a fundar una nueva relación entre política y religión, como en general vino a fundar una nueva relación entre las realidades naturales y sobrenaturales. La clave para dilucidar el sentido de la frase que nos ocupa es establecer el reparto, «lo que es» de Dios y del César, que nuestra época ha sustituido por una caprichosa distribución, según lo que ella desea que sea.
SEGÚN LA CONCEPCIÓN CLÁSICA, «LO QUE ES» DE DIOS SON LOS PRINCIPIOS RECTORES DE LA POLÍTICA; pero esta concepción ha sido sustituida por otra muy distinta, según la cual solo es de Dios la intimidad de la conciencia, dejando para el César toda la acción política, desde los principios (o falta de principios) en que se asienta hasta sus realizaciones más concretas. Esta división tan desproporcionada la defienden incluso (¡y sobre todo!) los políticos sedicentemente católicos, que militan tan campantes en partidos políticos que promulgan o conservan leyes contrarias a la ley divina, amparándose en que siguen obedeciéndola en la intimidad de sus conciencias. Este alegato resulta tan estrafalario como el del adúltero que, para convencerse de que no está faltando a sus deberes conyugales, se conforma con lanzar un piropo o hacer una carantoña a su mujer en la intimidad de la alcoba, yéndose después de putas tan ricamente. Aceptar tal alegato sería tanto como aceptar que el cristianismo es una religión demente, puramente teorética y desenganchada de la realidad, en la que Dios, después de crear el mundo, se desentiende de él, como si fuese un aburrido juguete.
Sin embargo, esta visión demente del cristianismo es la que a la postre ha triunfado en nuestra época; y la que el pensamiento clericaloide ha asumido, tratando de ofrecer versiones contemporizadoras casi siempre hipócritas de la frase evangélica, en un esfuerzo por amalgamar lo que por su propia naturaleza es inconciliable. No diremos que el propósito de tales esfuerzos amalgamadores haya sido innoble; pero lo cierto es que han terminado como el rosario de la aurora (no hay sino que ver cuál ha sido el destino pútrido de la llamada ´democracia cristiana´), como ocurre siempre que por pragmatismo se acepta ceder, siquiera parcialmente, en los principios.
Podría decirse que hoy, cuando el César se ha apropiado de lo que no es suyo, la mejor interpretación de la frase evangélica que nos ocupa es la que nos brinda Pier Paolo Pasolini en sus Escritos corsarios: 
«Siempre me ha chocado, por no decir que me ha indignado profundamente, la interpretación clerical de la frase de Cristo: ´Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios´. Se hizo pasar aunque parezca monstruoso por moderada, cínica y realista una frase de Cristo que era, evidentemente, radical y perfectamente religiosa. Porque lo que Cristo quería decir no podía ser, de ningún modo, ´complácelos a ambos, no te busques problemas políticos, concilia los aspectos prácticos de la vida social con el carácter absoluto de la vida religiosa, procura nadar y guardar la ropa estando a bien con los dos, etcétera´. Al contrario, la frase de Cristo en absoluta coherencia con toda su predicación solo podía significar esto: ´Distingue netamente entre César y Dios; no los confundas; no hagas que coexistan indolentemente con la excusa de servir mejor a Dios´».
¡Pero Pasolini era un peligroso extremista y un réprobo!, nos diría hoy el político tibio y meapilas que nada y guarda la ropa. Y en verdad lo era; solo que está probado que a veces Dios inspira a los réprobos; en cambio, a los tibios los vomita de su boca. Artículo publicado en XLSemanal
Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS
... y a Dios lo que es de Dios. También insiste el Señor en esto, aunque no se lo preguntaron. 
«El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros»12, comenta San Agustín. 
Y de Dios es toda nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías... Todo lo nuestro es suyo. De modo particular esos momentos –como este rato de oración– que dedicamos exclusivamente a Él. Ser buenos cristianos nos impulsará a ser buenos ciudadanos, pues nuestra fe nos mueve constantemente a ser buenos estudiantes, madres de familia abnegadas que sacan fuerzas de su fe y de su amor para llevar la familia adelante, empresarios justos, etc.; el ejemplo de Cristo a todos nos lleva a ser laboriosos, cordiales, alegres, optimistas, a excedernos en nuestras obligaciones, a ser leales con la empresa, en el matrimonio, con el partido o la agrupación a la que pertenecemos. El amor a Dios, si es verdadero, es garantía del amor a los hombres, y se manifiesta en hechos.
«Se ha promulgado un edicto de César Augusto, que manda empadronarse a todos los habitantes de Israel. Caminan María y José hacia Belén... —¿No has pensado que el Señor se sirvió del acatamiento puntual a una ley, para dar cumplimiento a su profecía?» Ama y respeta las normas de una convivencia honrada, y no dudes de que tu sumisión leal al deber será, también, vehículo para que otros descubran la honradez cristiana, fruto del amor divino, y encuentren a Dios»13.
8 Ibídem. — 9Conc. Vat. II, loc. cit., 36. — 10 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 301. — 11 Juan Pablo II, Homilía en la Misa celebrada en el Nou Camp, Barcelona, 7-XI-1982. — 12 San Agustín, Comentario al Salmo 57, 11. — 13 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 322.
Fuente:
http://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria.asp
http://www.hispaniainfo.es/web/2014/11/11/dios-y-el-cesar/

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