AQUÍ ENCONTRARÁS, ARTÍCULOS FOTOS Y VÍDEOS SOBRE LA FE CATÓLICA APOSTÓLICA Y ROMANA, DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, COMENTARIOS DE ENCÍCLICAS, PENSAMIENTOS Y TEXTOS DE SANTOS DIGNIDAD HUMANA, DERECHOS HUMANOS, HISTORIA, EDUCACIÓN VIDEOS MUSICALES CLÁSICOS Y DE TODAS LAS ÉPOCAS.

"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

2 de febrero de 2017

FIESTA DE "La CANDELARIA" 02 de Febrero. PRESENTACIÓN de Jesús en el TEMPLO (Lc 2, 22-25, 34-35).

Presentación de Jesús en el Templo
LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO - CUARTO MISTERIO GOZOSO DEL SANTO ROSARIO.
Antonio Orozco Delclós
El día 2 de febrero la Iglesia contempla y celebra en su Liturgia el misterio de la Presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén (cuarto misterio gozoso del Santo Rosario). Misterio, sí, porque acontece mucho más de lo que se ve con la sola razón y su alcance es universal: afecta a toda la Humanidad, como todos los actos de la vida de Dios Hijo, Jesucristo. Tratemos de ahondar un poco en algunos aspectos del relato de Lucas.
Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él.." [Lc 2, 22-24]
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo:
Ahora Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo,
según tu palabra:
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has puesto ante la faz de todos los pueblos,
como luz que ilumine a los gentiles
y gloria ‑‑de‑ Israel, tu pueblo.
Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él. Simón los bendijo, y dijo a María, su madre: 
Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción y a tu misma alma la traspasará una espada‑, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.
Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada, y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento alababa a Dios, y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. "El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.

Aquí se contempla un conjunto maravilloso de fidelidades a la Ley del Señor, en un precepto que iba a caducar en breve. En ese entonces estaba vigente. José y María, gozosos observantes de las disposiciones del Padre celestial hasta en sus menores detalles, lo cumplen. Lo que se ve, es normalidad. La Sagrada Familia sube a Jerusalén con el fin de dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: 
purificación legal de la madre, y presentación y rescate del primogénito. «Mientras la Ley exigía sólo a la madre la purificación después del parto, Lucas habla de 'los días de la purificación de ellos' (Lc 2, 22), 
tal vez con la intención de indicar a la vez las prescripciones referentes a la madre y a su Hijo primogénito. La expresión 'purificación' puede resultarnos sorprendente, pues se refiere a una Madre que, por gracia singular, había obtenido ser inmaculada desde el primer instante de su existencia, y a un Niño totalmente santo. Sin embargo, es preciso recordar que no se trataba de purificarse la conciencia de alguna mancha de pecado, sino solamente de recuperar la pureza ritual, la cual, de acuerdo con las ideas de aquel tiempo, quedaba afectada por el simple hecho del parto, sin que existiera ninguna clase de culpa.» (JPII, Au. gen., 11.12.1996)

Qué contraste, qué humildad, qué obediencia más delicada la de la Virgen Madre. Hoy lo frecuente es encontrar excusas, aunque resulten irrisorias, para no cumplir la santa ley de Dios. María y José hacen lo contrario de quienes suponen que en el año dos mil equis, la Iglesia ya no mandará ir el domingo a Misa ¡y ya no van!, sin valorar el inmenso don que están rehusando, al tiempo que desobedecen un imperativo del amor de Dios y de la Iglesia. Incluso reconociendo el valor de la ley, tendemos a pensar con frecuencia que somos casos excepcionales, que no podemos, que no debemos someternos a tales o cuales exigencias de la ley divina. Quisiéramos un estatuto personal, unas normas especiales, un menú extraordinario hecho a nuestra medida individual.

Sin embargo María, criatura realmente extraordinaria, de perfección sublime, la persona humana más excelsa, no busca salirse de lo corriente, no se avergüenza de pasar por una más, no hace el menor aspaviento, pasa inadvertida entre la muchedumbre. Porque ahí está el camino normal de santificación, ahí es donde nosotros, los normales hijos de Dios, necesitamos hallar el espejo, el ejemplo, la imagen, el molde de lo que ha de ser nuestra vida.
Simeón recibe a Jesús en el templo. Óleo de Rembrandt.
II. "UN HOMBRE JUSTO Y TEMEROSO DE DIOS..."
Aparece en escena el anciano Simeón, hombre justo cuya paciencia es a toda prueba. Hombre de esperanza inquebrantable. Hacía mucho tiempo que esperaba. Muchos años atrás, se le había dicho que no moriría hasta ver el Mesías. Los años pasaban, la vejez llegaba y el Mesías no aparecía. Pero Dios es fiel, cumple siempre su palabra. Y como premio a las virtudes teologales del anciano --fe, esperanza, amor--, es llevado por el Espíritu al templo y allí se encuentra con la Luz en sus brazos. El Espíritu Santo es Amigo, Guía, Maestro, Amor de la Trinidad, Luz de Luz, Fuego de Fuego, Sabiduría de Amor. Simeón ya puede descansar en paz. Por mucho que tarden, las promesas del Señor, siempre llegan.

Con frecuencia la paciencia se nos va. ¿Por qué Dios no castiga ya, de una vez, a los injustos y en cambio permite que sufran los justos? ¿Será que carece de compasión? La sabiduría que alcanzó Pedro con el tiempo nos remite a esa virtud que nos escasea: «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos se conviertan. La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada...» (2 Pedro 3, 9). En efecto, Pablo nos advierte que estamos en el tiempo de la paciencia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios espera, espera, espera, mientras nosotros perdemos la paciencia, porque somos listillos, sabihondos, sabelotodos, aunque no veamos más allá de un palmo de nuestra nariz. Para ser Él justo y justificar al que vive de la fe en Jesús, es por lo que Dios -y por Dios, Pablo-, esperan. Y quien espera en Él no quedará defraudado. Simeón, no ha dudado. No es el sacerdote del templo, es sencillamente un hombre santo. Y Dios le premia con la sonrisa de Dios-Niño y la luz de su mirada que ilumina el sentido de todas las cosas. Ya puede morir en paz, que no es cosa baladí. Paciencia, pues, que todo lo alcanza, sabiduría de la Madre Teresa de Jesús.
Presentación de Jesús en el Templo
III. «ALMA SACERDOTAL» DE LA VIRGEN MARÍA
Estamos en la Escuela de María, Mujer eucarística (cf. Juan Pablo II capítulo VI de Ecclesia de Eucaristía). Al presentar a Jesús en el templo, la Madre de Dios ejerce su «alma sacerdotal» (1), o, si se prefiere, el sacerdocio real, común a todos los fieles por el Bautismo y la Confirmación, que ha de hallarse ciertamente en María en modo eminente: ofrece a Jesús al Padre y Ella se ofrece entera con El, haciéndose un solo corazón, un solo espíritu con su Hijo. No estamos todavía en el Calvario ni en la Misa propiamente, pero vivimos en el Templo como un anticipo del Calvario y de la Misa. José y María ofrecen toda la vida de Jesús y las suyas propias, enteras, con sus correspondientes muertes, como podemos hacer nosotros todos los días aceptando también esa parte sustancial de nuestra existencia terrena que es la muerte, como Dios quiera, cuando Dios quiera, donde Dios quiera. Y, por supuesto, todo el haber de oración, trabajo, sacrificio, por los demás, pequeños o grandes. Así resulta el nuestro, un «sacrificio espiritual» imponente. Las vidas de Jesús, María y José, forman una unidad maravillosa, inefable… ¡sacerdotal! que cada uno de nosotros podemos imitar. Porque sacerdotal es el Pueblo de Dios, la Iglesia, y cada uno de los fieles en Gracia. Todos los días podemos tomar a Jesús, al Cristo del Misterio Pascual y ofrecerlo en nuestro propio nombre al Padre en el ejercerse la Redención que es cada Misa.

Ir a Misa, de la mano de María y de José, es revivir la Presentación de Jesús en el Templo y además, toda la existencia terrena de Cristo, con su Pasión, Muerte y Resurrección, tal como se encuentra en la Eucaristía y en el Cielo. Todo esto nos es dado. ¿Cómo no acogerlo con acción de gracias exultante, con el «espíritu del Magnificat» (cf. Juan Pablo II, EE, c. VI)

La Trinidad no es cansable, no se cansa de que le ofrezcamos todos los días lo mismo, porque es Amor, y le encanta que con amor, cada día le ofrezcamos las cosas que tenemos en las manos, aunque parezcan las mismas de ayer. También, en cierto sentido, lo hace Jesús y lo sigue haciendo todos los días por los cinco continentes, dondequiera que se celebra la Santa Misa. Aunque, Él ofreció toda su vida al Padre, de una vez por todas (cf. Hbr), por la salvación de la humanidad. Señor del tiempo, anticipó su Sacrificio, hasta la última gota de sangre, en la Última Cena y lo hace presente sobre el altar siempre que se celebra la Santa Misa. Nosotros, criaturas al fin, necesitamos volver una y otra vez a integrar nuestra vida en el Sacrificio de Cristo y ofrecer paso a paso nuestra existencia al Padre, unidos a los sentimientos de Cristo, a su acción de gracias, a su culto espiritual (Rom 12, 1), a su expiación por los pecados propios y por los del mundo entero, a su petición de gracias. La vida, muerte y resurrección de Cristo es irrepetible, sin embargo, permanece más allá del tiempo (cf. CEC, n. 1085) y se hace de nuevo presente en el tiempo, en el hoy de cada día, en nuestros altares. El Sacrificio de Cristo es el mismo, pero yo hoy puedo aportar más que ayer porque he vivido más. Tengo más que agradecer, santificar, expiar, pedir, adorar..., continuar, en lo que está de mi parte, la redención del tiempo y de la humanidad. 
«El misterio de la Presentación del Señor en el templo «se ha convertido en un modelo y fuente de inspiración» (Juan Pablo II, Hom 2-II-1982). Es luz que ilumina la vida humana. El corazón del hombre es como «un gigantesco templo del cosmos, donde el hombre ofrece sacrificios espirituales. El corazón del hombre, en virtud del misterio de la Presentación se transforma en un gran espacio cristocéntrico del espíritu creado, en el que actúa el Espíritu Santo. ¡Cuánto puede el pequeño corazón humano cuando se deja penetrar por la luz de Cristo y se convierte en el templo de la Presentación!» (Ibid.)
Altare Dei cor nostrum , nuestro corazón es un altar donde se adora, se agradece, se expía, se impetra, se ofrecen víctimas espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Así todo el día es «una Misa», una preparación para la siguiente o una acción de gracias de la pasada. La Presentación en el Templo es un misterio siempre actual. La Virgen no hizo ni hace otra cosa en el templo de su Corazón inmaculado, ofrecer a Jesús al Padre. Lo mismo hace José. La «Trinidad de la tierra» se ofrece a la Trinidad del Cielo, y cada fiel cristiano lo mismo. Todos los cristianos somos partícipes del sacerdocio de Cristo, según las palabras de Pedro: «Vosotros sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista, para publicar las grandezas de aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que antes no erais pueblo, y ahora sois el pueblo de Dios; que nos habíais alcanzado misericordia, y ahora la habéis alcanzado» (1 Ped 2, 9‑10; cf CP, 98; 96; 184; 120, etc.). Todos, por el hecho de haber recibido el Bautismo, y más aún con la Confirmación, somos mediadores‑lo que es el sacerdote‑ entre Dios y los hombres, para dar Dios a los hombres y los hombres a Dios. «Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Petr 11, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios‑Hombre» (S. Josemaría, Es Cristo que pasa, 96), es decir, la Redención de la Humanidad. Todos y cada uno hemos de sabernos en todo momento corredentores con Cristo, ofreciendo lo que en cada instante de nuestra vida haya de esfuerzo o de facilidad, de grato o de ingrato, conforme al divino querer, como parte integrante del Santo Sacrificio que Nuestro Señor Jesús consumó en el Calvario y hace presente en el altar. (2)

A eso, precisamente, "vamos a Misa", a incorporarnos a Cristo y a su obra, a identificarnos con El de tal modo que podamos decir de veras, con San Pablo: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20). Y con El nos ofrecemos para la gloria de Dios Padre y por la salvación de todo el mundo. Por eso, la Misa es centro y raíz de la vida cristiana (Es Cristo..., 102), momento y lugar donde el sacerdocio común de los fieles encuentra su más eficaz ejercicio y su expresión sublime.
Presentación de Jesús en el Templo
IV. EL NIÑO ES LUZ
Una antífona del 2 de febrero reza así: «el anciano llevaba al Niño, el Niño guiaba al anciano». Aunque nos muramos de viejos ha de guiarnos el Niño, debemos dejarnos conducir, debemos acogerlo en nuestros brazos y que su Luz nos llene.
"Vamos en procesión, llevando en las manos las candelas: el signo de la luz que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9).
Signo de Cristo nacido en Belén.
Signo de Cristo presentado en el templo.
Signo de contradicción (cf. Lc 2, 34)
(...) signo de Cristo crucificado y resucitado"
«No hay época -decía Juan Pablo II en 1982- en la que no se le haya contradicho. Pero -añadía- en esta contradicción se ha desvelado de nuevo cada vez la Luz para iluminar al hombre. Sus contemporáneos le infligieron la muerte, para apagar la Luz. Pero la muerte de cruz no extinguió la luz de Cristo. No fue aplastado por la losa de la tumba». Resucitó y vive. «¿No es también nuestro siglo la época de una contradicción múltiple con relación a Cristo? ¿Y precisamente en este siglo, no se revela El de nuevo como la Luz para iluminar a los hombres y a los pueblos?»
«Cuida de que tu luz no tenga parte de tinieblas». Purificación en la vida cotidiana, purificación de la memoria , del entendimiento, de la voluntad, de los sentidos. De ordinario, con y en el pequeño deber de cada momento, todos con alma sacerdotal. ¿Las mujeres también? Pregunta superflua. ¿No hemos hablado, en el fondo, del sacerdocio de la Madre de Jesús y de San José? ¿No son ellos en Cristo y por participación los mediadores eminentes? ¿No ofrece María a Jesús al Padre en nombre propio y en favor de la Humanidad? ¿No nos muestra y entrega Ella a Jesús fruto bendito de su vientre? Que no tenga la potestad de jurisdicción que recibieron los Apóstoles, no impide que sea la primera en la jerarquía del Amor en la tierra y en los cielos.
______________________
(1) Expresión muy frecuente en la catequesis oral y escrita de san Josemaría Escrivá. Cfr p.e. Amar a la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid, 1986.; Es Cristo que pasa, 15ª ed., Ed. Rialp, Madrid 1978.
(2) Es muy interesante meditar Joseph Ratzinger.Benedicto XVI, El Espíritu de la Liturgia (Ed. Cristiandad). Por lo que se refiere a la contemporaneidad del Sacrificio de la Cruz, vd. parte II.
Fuente:
http://arvo.net/santo-rosario/la-presentacion-de-jesus-en-el-templo/gmx-niv934-con11396.htm

No hay comentarios.:

Publicar un comentario