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"Soy un hombre de armas, un soldado, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

1 de noviembre de 2014

QUÉ ES EL PURGATORIO? LA IGLESIA ENSEÑA QUE ALGUNAS PERSONAS DESPUÉS DE MORIR NECESITAN PURIFICARSE DE SUS PECADOS

Representación artística del purgatorio.
1. EL PURGATORIO ES UN ESTADO EN EL CUAL LAS ALMAS DE LOS DIFUNTOS PASAN POR UN PROCESO DE PURIFICACIÓN PARA LLEGAR A LA SANTIDAD NECESARIA Y ENTRAR EN LA ALEGRÍA DEL CIELO. ES LA OPORTUNIDAD ÚLTIMA QUE DIOS DA A LAS PERSONAS PARA QUE LLEGUEN A LA COMUNIÓN PLENA CON ÉL. ASÍ, EL PURGATORIO ES LA ÚLTIMA CONVERSIÓN, EN LA MUERTE.
La forma de vivir de cada persona no es irrelevante. La muerte no es una esponja que simplemente borra todo el mal hecho y el pecado cometido. Son raros los que, en la muerte, están purificados de tal forma que pueden entrar directamente en la santidad de Dios. La gracia salvadora de Dios no prescinde de la justicia.
La Justicia se representa por una mujer con los ojos vendados, con una balanza en una mano y una espada en la otra.
Cuando una persona muere, su opción de vida se vuelve definitiva. Pueden existir personas que llevaron una vida purísima, muriendo en gracia y en amistad con Dios, estando totalmente purificadas. La Iglesia enseña que estas personas van inmediatamente al Cielo.
En el extremo opuesto, pueden existir otros que habiendo cometido faltas muy graves, sin haberse arrepentido ni acogido el amor misericordioso de Dios. Estos pasarían al estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios, llamada Infierno.
Observando ambas situaciones, no es difícil darse cuenta de que ninguna de las dos es lo más común. El corazón del hombre vive constantemente en una lucha ante sus limitaciones y negaciones para acoger el amor de Dios de forma plena.
En su carta Spe Salvi, el Papa Benedicto XVI reconoce que en la mayoría de los hombres “queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios”.
Benedicto XVI
Papa de la Iglesia católica
19 de abril de 2005-28 de febrero de 2013
Benedykt XVI (2010-10-17) 2.jpg
Ordenación29 de junio de 1951
por Michael von Faulhaber
Consagración episcopal28 de mayo de 1977
por Josef Stangl
Proclamación cardenalicia27 de junio de 1977
por Pablo VI
SecretarioGeorg Gänswein
Alfred Xuereb
PredecesorSan Juan Pablo II
SucesorFrancisco
Cardenales creadosVéase categoría
Información personal
Nombre secularJoseph Aloisius Ratzinger
TítulosPapa emérito
Romano Pontífice emérito
Obispo emérito de Roma
NacimientoBandera de Alemania MarktlBaviera,República de Weimar
16 de abril de 1927(87 años)
PadresJoseph Ratzinger y Maria Rieger

FirmaFirma de Benedicto XVI
BXVI CoA like gfx PioM.svg
Cooperatores veritatisnota 1
Ficha en catholic-hierarchy.org
“Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed” (n. 45).
Virgen del Carmen rodeada de ángeles que rescatan a las almas del Purgatorio. Escultura barroca de Dupar, Beniaján(España).
2. INCLUSO AQUELLOS QUE BUSCAN VIVIR SU VIDA EN AMISTAD CON DIOS NO ESTÁN TOTALMENTE EXENTOS DE PRESENTAR INCLINACIONES DESORDENADAS, FALLOS EN SU CONSTITUCIÓN HUMANA, O SEA, CARACTERÍSTICAS INCOMPATIBLES CON LA SANTIDAD DE DIOS.
Cuántas veces lo que llamamos virtud no es más que un culto al propio “yo”; cuantas veces la prudencia no es sino una forma de cobardía; la virilidad, arrogancia; la parsimonia, avaricia; y la caridad, una forma de derroche (Schamus, “Katholische Dogmatik” IV 2).
Cuántas veces en nuestros corazones no hay sino egoísmo, orgullo, vanidad, negligencia, infidelidad...
Entonces pregunta el Papa: “¿Qué sucede con estas personas cuando comparecen ante el Juez? Toda la suciedad que ha acumulado en su vida, ¿se hará de repente irrelevante?” (n. 44)
El Papa tiene aquí en mente la cuestión de la justicia.
La gracia de Dios – su socorro gratuito –, que salva al hombre, no excluye la justicia. La gracia no es una esponja que borra todo lo que se hizo mal en el mundo, de modo que al final, todo tenga el mismo valor (n. 44).
Spe salvi
(latínSalvados en esperanza)
Carta encíclica del papa Benedicto XVI

BXVI CoA like gfx PioM.svg
Deus caritas estCercle jaune 50%.svgCaritas in Veritate
Fecha30 de noviembre de 2007
ArgumentoLa esperanza como salvación
Páginas77
Encíclica número2 de 3 del pontífice
Textoen latín
en español
La compenetración entre la gracia y la justicia enseña que “nuestra forma de vivir no es irrelevante”, o sea, que el mal que cometemos y el pecado de los hombres no es simplemente olvidado.
Platón
Plato Pio-Clemetino Inv305.jpg
Busto de Platón. Esta pieza data del siglo IV d. C. y es una copia romana de un original griego. Actualmente se encuentra en el Museo Pio-Clementino del Vaticano.
Nacimiento427 a. C.
Atenas o Egina
Fallecimiento347 a. C. (80-81 años)
AtenasAntigua Grecia
CampoFilosofía políticaética,psicologíaantropología filosóficaepistemología,gnoseologíametafísica,cosmologíacosmogonía,filosofía del lenguaje y filosofía de la educación
Platón, el gran filósofo ateniense (427-347. a N.E.), buscó un concepto de justicia, que es anhelo de la humanidad. Una persona justa, una sociedad justa, un Estado justo son términos utilizados con frecuencia; pero determinar en qué consiste la idea de justicia no es tan fácil. Platón adoptó la que consideró más apropiada para definirla: “Dar a cada uno lo que le corresponde”.
La enseñanza católica considera que el ser humano, en la muerte, aún tiene una ocasión para purificarse y llegar al grado de santidad necesario para entrar en el Cielo. 
El purgatorio es exactamente este estado en que las almas de los difuntos se purifican. No es una cámara de tortura y no debe causar miedo.
El purgatorio es una última oportunidad para la persona de hacerse plena y evolucionar hasta las últimas posibilidades de su ser.
El mal del mundo y de nuestros corazones no queda simplemente olvidado con la muerte. Dios no es solo gracia, sino que es también justicia. Y toda persona, estando dotada de libertad, es al final responsable de sus decisiones y actitudes.
Representación artística en el cuadro titulado El Purgatorio del pintor venezolano Cristóbal Rojas
3. SIENDO ASÍ, QUIENES MUEREN EN GRACIA Y EN AMISTAD CON DIOS, PERO NO ESTÁN COMPLETAMENTE PURIFICADOS, TIENEN LA OPORTUNIDAD DE PASAR POR ESA PURIFICACIÓN DESPUÉS DE LA MUERTE.
La enseñanza católica considera que el destino del ser humano en la muerte no alcanza un punto final estático de la evolución. O sea, es posible realizar un camino de perfección – de conversión y de purificación – después de la muerte.
Se trata de la última conversión de la persona. Ante Dios, en la muerte, cada uno debe rendirse, de forma radical, de todo orgullo y egoísmo, entregándose incondicionalmente al Señor, depositando en él toda la esperanza. Debe abandonar todo lo que imposibilita amar a Dios con todo el corazón.
A este último acto de la evolución humana, esta conversión postrera y purificación para entrar en la comunión con Dios, la Iglesia lo llama purgatorio.

Ánimas de todo estrato social ardiendo en las llamas del purgatorio.
Afirma el teólogo Renold Blank en el libro “Escatologia da Pessoa”.

  • “Es exactamente en la muerte y con ocasión del encuentro con Dios cuando cada persona experimentará, con intensidad nunca antes conocida, el significado de su vida vivida. Y dependiendo de lo que haya hecho durante esta vida, dependiendo también de lo que haya hecho a otras personas y en las situaciones históricas y estructurales concretas, su unión con Dios también conllevará una purificación experimentada de manera más o menos dolorosa”


Renold Blank | Foto: Roger Wehrli
Esta purificación es una última oportunidad dada al hombre de cumplimiento del plan de Dios, de que seamos “conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).
Así, el purgatorio no debe verse como una cámara de tortura cósmica ni debe causar miedo. El purgatorio es en realidad “un nuevo y reiterado acto de salvación de Dios, para que el hombre pueda salvarse” (Blank).
La oferta de Dios con el purgatorio se configura entonces como la etapa en la que la persona se vuelve plena, evoluciona hasta las últimas posibilidades de su ser, alcanza la plena realización de todas sus capacidades, pudiendo así entrar en el Cielo y en la santidad de Dios.
Majestuoso retablo de Ánimas situado en la Iglesia Matriz de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife (España).
4. LA IMAGEN DEL FUEGO, ASOCIADA AL PURGATORIO, PUEDE INTERPRETARSE COMO EL PROPIO CRISTO, QUE VIENE A SALVARNOS. EN EL ENCUENTRO CON ÉL, TODA FALSEDAD SE VIENE ABAJO Y SU MIRADA NOS CURA COMO A TRAVÉS DEL FUEGO.
Sobre la imagen del purgatorio asociada al fuego, Benedicto XVI señala que “algunos teólogos recientes son del parecer de que el fuego que simultáneamente quema y salva es el propio Cristo, el Juez y Salvador” (Spe Salvi, n. 47).
Ante la mirada de Cristo, toda falsedad cae. “Es el encuentro con él que, quemándonos, nos transforma y libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos”.
En ese momento, las cosas edificadas durante la vida se pueden revelar paja seca y desmoronarse. Sin embargo, "el dolor de este encuentro, el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se hace evidente, es la salvación".
La mirada de Cristo, el toque de su corazón, “nos cura a través de una transformación ciertamente dolorosa ‘como por el fuego’. Con todo, es un dolor feliz, en el que el poder santo de su amor nos penetra como llama”.
“La Virgen del Carmen intercediendo por las almas del Purgatorio”.
Óleo sobre lienzo. Expertizado por José Luis Morales Marín, gran experto en la obra de Goya
Benedicto XVI explica también que el pecado del hombre ya fue quemado en la Pasión de Cristo. Y en el momento del Juicio, “experimentamos y acogemos este prevalecer de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros”.
La doctrina del purgatorio es una consecuencia lógica de la idea bíblica de que Dios exige la expiación de los pecados. Ella remite a ciertos pasajes de la Escritura, la tradición de la Iglesia y la práctica de la oración por los difuntos.
Esa doctrina fue sistematizada a partir del II Concilio de Lyon, en 1274.
Gregorio X
Papa de la Iglesia católica
27 de marzo de 1272-10 de enero de 1276
B Gregor X.jpg
PredecesorClemente IV
SucesorInocencio V
Cardenales creadosVéase categoría
Información personal
Nombre secularTeobaldo Visconti
NacimientoPiacenza (Sacro Imperio Romano Germánico), c. 1210
CongregaciónOrden del Císter
Santidad
Beatificación1713
por Clemente XI
Festividad10 de enero
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Escudo de Gregorio X
Ficha en catholic-hierarchy.org
El Papa Benedicto XVI la retomó en su encíclica sobre la esperanza cristiana, Spe Salvi (2007).
El término purgatorio designa una noción teológica elaborada a partir de la Edad Media en Occidente. Nombra el estado en que se encuentran las almas de los difuntos que están en un estado provisional, pues no están aptas para entrar inmediatamente en la visión de Dios.
5. EL PENSAMIENTO CATÓLICO SEÑALA EL DOGMA DEL PURGATORIO COMO CONSECUENCIA LÓGICA DE LA DOCTRINA BÍBLICA SEGÚN LA CUAL DIOS EXIGE DEL HOMBRE LA EXPIACIÓN PERSONAL POR LAS FALTAS COMETIDAS.
Del Antiguo Testamento, se considera el pasaje más significativo para ilustrar esa idea 2 Mac 12, 39-46, en que Judas Macabeo
  • “mandó que se celebrase por los muertos un sacrificio expiatorio, para que fuesen absueltos de su pecado”. 
Judas Macabeo
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Judas Macabeo.1
Levíta, héroe y mártir
PadresMatatías
Venerado enjudaísmo e iglesia católica
Festividad1 de agosto vetus ordo
Ya Pablo, en 1 Cor 3, 10-15, habla de una salvación
Hasta el siglo IV, la fe en el purgatorio es atestiguada por los sufragios que los cristianos hacían por sus difuntos, o sea, las oraciones por las almas que aún no habían entrado en el Cielo y podrían ser ayudadas en eso por los fieles vivos.
San Agustín y otros grandes teólogos de los inicios de la Iglesia señalan la existencia de penas expiatorias después de la muerte. En ese ámbito, el texto de Pablo que habla de la salvación “como a través del fuego” es citado frecuentemente.
San Agustín
Saint Augustine by Philippe de Champaigne.jpg
Retrato de Philippe de Champaigne , siglo XVII.
Obispo y Padre Latino
Proclamado Doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1295 por el papa Bonifacio VIII
NombreAurelius Augustinus
Nacimiento13 de noviembre de 354
Tagaste
Fallecimiento28 de agosto de 430
Hipona
Venerado enIglesia católica,
Iglesia ortodoxa,
Iglesias orientales
Festividad
  • 28 de agosto Occidente
  • 15 de junio Oriente
  • 5 de mayo Conversión de San Agustín vetus ordo
  • 24 de abril idem. novus ordo
AtributosVestiduras episcopales, libro.
PatronazgoTeólogos
Ante un creciente interés por el tema del purgatorio en la Edad Media, el Magisterio de la Iglesia pasó a estructurar esta doctrina.

  • El Concilio de Lyon (1274) habla de “penas purgatorias”. 
  • El Concilio de Florencia (1438) también señala una purificación después de la muerte por “penas purgatorias”. 
  • Pero fue el Concilio de Trento (1547) el que registró expresamente la doctrina, afirmando que el pecado acarrea una pena que debe ser expiada “en este mundo o en el otro, en el purgatorio”.
Se trata por tanto de una doctrina católica, que no fue acogida ni por las Iglesias de Oriente ni por los protestantes.
La enseñanza más reciente de la Iglesia Católica reafirma la doctrina del purgatorio.
El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) señala su fundamentación en las Escrituras, en los concilios y en la práctica de la oración por los difuntos.
El Papa Benedicto XVI también retoma el tema, en su encíclica sobre la esperanza cristiana.

PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE
SEGUNDA SECCIÓN:
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA
CAPÍTULO TERCERO
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
ARTÍCULO 12
“CREO EN LA VIDA ETERNA”
1020 El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:
«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).
I. El juicio particular
1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.
1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).
«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).
II. El cielo
1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):
«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos [...] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron [...]; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte [...] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).
1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
1025 Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):
«Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino» (San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,121).
1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él.
1027 Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).
1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica":
«¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios [...], gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago, Epistula 58, 10).
1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).
III. La purificación final o purgatorio
1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:
«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).
1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:
«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41, 5).
IV. El infierno
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".
1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles [...] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41).
1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14):
«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"» (LG48).
1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):
«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano)
V. El Juicio final
1038 La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).
1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:
«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que "Dios no se callará" (Sal 50, 3) [...] Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre la tierra —dirá Él—, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí"» (San Agustín, Sermo 18, 4, 4).
1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).
1041 El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía "el tiempo favorable, el tiempo de salvación" (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza" (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que "vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído" (2 Ts 1, 10).
VI. La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva
1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia [...] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo [...] cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (LG 48).
1043 La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).
1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4; cf. 21, 27).
1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.
1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:
«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios [...] en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción [...] Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior [...] anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rm 8, 19-23).
1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo de Lyon,Adversus haereses 5, 32, 1).
1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39).
1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39).
1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:
«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses illuminandorum 18, 29).
Resumen
1051 Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.
1052 "Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo [...]constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos" (Credo del Pueblo de Dios28).
1053 "Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza" (Credo del Pueblo de Dios, 29).
1054 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.
1055 En virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.
1056 Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la "triste y lamentable realidad de la muerte eterna" (DCG 69), llamada también "infierno".
1057 La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.
1058 La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás permitas [...] Señor, que me separe de ti" (Oración antes de la Comunión, 132: Misal Romano). Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que "Dios quiere que todos los hombres se salven" (1 Tm 2, 4) y que para Él "todo es posible" (Mt 19, 26).
1059 "La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que [...] todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propias acciones (DS 859; cf. DS 1549).
1060 Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 28), en la vida eterna.
San Josemaría, dice en en el libro Surco:
Josemaría Escrivá
Madrid - Basílica Pontificia de San Miguel - 130202 113324.jpg
San Josemaría Escrivá en la Basílica de San Miguel (Madrid)
Fundador del Opus Dei
NombreJosé María Julián Mariano Escrivá Albás
Nacimiento9 de enero de 1902
BarbastroHuesca,
Flag of Spain (1785-1873 and 1875-1931).svg España
Fallecimiento26 de junio de 1975 (73 años)
RomaFlag of Italy.svg Italia
Venerado enIglesia católica
Beatificación17 de mayo de 1992Ciudad del Vaticano por el Papa Juan Pablo II
Canonización6 de octubre de 2002Ciudad del Vaticano por el Papa Juan Pablo II
Festividad26 de junio

  • “El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El" (Punto 889).
  • “¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro" (Punto 893).
San Josemaría Escrivá de balaguer - Fundador del opus Dei
Fuente:
http://www.aleteia.org/es/arte-y-espectaculos/q&a/que-es-el-purgatorio-109020
http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a12_sp.html

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