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"Soy un hombre de armas, un soldado, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

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16 de enero de 2012

CRISIS DE SANTIDAD. LA CRISIS QUE SUFRIMOS HOY EN DÍA ES UNA CRISIS QUE HUNDE SUS RAÍCES EN UNA PROFUNDA QUIEBRA MORAL

Crisis de santidad

Dice el Diccionario de la Real Academia Española que el honor es 
  • la “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”; y en su segunda acepción, sería 
  • la “buena reputación que sigue a la virtud o al mérito”.
En los últimos años, la palabra “valores” se ha puesto de moda y se ha repetido hasta la náusea. Hay términos como “solidaridad” o “tolerancia” que una y otra vez se leen y se escuchan vengan o no a cuento. 

Parece que la “tolerancia” o el “ser tolerante” supone un “valor” incuestionable. Pero pocos se atreven a decir hoy en día que algo es “intolerable”. Por ejemplo, 
  • que en España tengamos más de cinco millones de parados resulta intolerable. 
  • Que la mentira se haya convertido en algo socialmente aceptado, resulta intolerable.
  •  Que el aborto sea una realidad socialmente consentida y aceptada, resulta intolerable.
  •  Que la infidelidad conyugal se vea como algo normal, resulta intolerable. 
  • Que la corrupción campe a sus anchas y sea una práctica extendida entre políticos, empresarios y trabajadores, resulta intolerable. 
  • Que el matrimonio se haya convertido en un cajón de sastre donde cabe cualquier tipo de relación, me parece intolerable. 
  • Que el Estado se haya arrogado el derecho a educar moralmente a nuestros hijos, usurpando el derecho que únicamente nos corresponde a los padres, resulta intolerable.
Sinceramente: estoy harto de los “valores”, de la “tolerancia” y del “talante”. 

Lo decente es luchar por el bien y la justicia; y combatir el mal, la corrupción, la mentira y la opresión, venga esta de donde venga. 

Por eso reivindico la recuperación del concepto del honor y la necesidad urgente de cultivar las virtudes. Toda persona tiene la obligación de comportarse de acuerdo con unos principios. Tenemos la obligación de comportarnos de manera ejemplar y de combatir a aquellas personas cuyo comportamiento no esté a la altura de esa ejemplaridad.

  • Una persona con honor – honorable – no miente ni engaña ni roba. 
  • Una persona con honor cumple la palabra dada en su vida social y personal. Un hombre o una mujer no pueden prometerse amor y fidelidad y luego engañar a su cónyuge: ¿es que la palabra dada no sirve para nada? Y no vale apelar a la debilidad del ser humano ni pamplinas por el estilo. Cuando uno se compromete a algo o con alguien, tiene la obligación de cumplir con su deber. Y resulta intolerable la facilidad con la que se tolera lo intolerable. 
Y otro tanto habría que decir de
  • la obligación de los padres de educar a sus hijos, que para eso los han traído al mundo.
  • O la obligación de tratar con justicia a los trabajadores; 
  • o la de los trabajadores de realizar el trabajo que cada uno tenga que desempeñar con el mayor esfuerzo y dedicación y de la mejor manera posible. 
Las personas no están al servicio de la economía, sino que la economía debe estar al servicio de las personas para que todos puedan vivir con dignidad.

Todos tenemos el deber de tratar a los demás con respeto. Las personas no son objetos de usar y tirar: ni en las relaciones laborales ni en las personales. Las relaciones sexuales no son un juego de niños. El otro, el prójimo, no es algo que esté ahí para que yo lo use y me lo pase bien. Debemos recuperar urgentemente la responsabilidad en las relaciones sexuales y combatir la banalización de la sexualidad y la promiscuidad rampante. No puede ser que en España se lleven a cabo más de cien mil abortos ni que la píldora postcoital se consuma como si fueran caramelos.

  • ¡Cuántas veces se hace una separación drástica entre “vida pública” y “vida privada”!
  •  ¡Cuántas veces se escucha esa falacia de que “cada uno en su vida privada puede hacer lo que le dé la gana”! 
Pues no. La conducta personal debe ser ejemplar en la vida pública y en la privada. Si alguien maltrata o engaña a su mujer, ¿puede ser de fiar en cualquier otro ámbito? Si uno es un sinvergüenza en su vida privada, no puede pretender que nadie se fíe de él en la vida pública. Todos tenemos la obligación, al menos, de intentar ser ejemplares en nuestra vida: la íntima y la pública. 

La crisis que sufrimos hoy en día es una crisis que hunde sus raíces en una profunda quiebra moral: vale todo y el “honor” se considera un concepto anticuado y sin vigencia alguna. 

Y así nos va. Cuando se fomentan los vicios y se desprecian los méritos; cuando la virtud es objeto de burla y desprecio; cuando el fin justifica los medios, el resultado que obtenemos es una sociedad enferma y decadente como la de hoy en día. 

Sin honor, sin virtudes, sin ejemplaridad y sin esfuerzo ni mérito, no iremos a otro sitio que no sea la ruina. Por eso, hoy más que nunca, hacen falta personas ejemplares y honorables.

Para un católico como yo, la crisis más importante que padecemos, en el fondo, es una crisis de santidad.

28 de noviembre de 2011

PROGRAMA PARA NO LLEGAR A LA SANTIDAD

1- No crea que la santidad es para usted.¡Es sólo para los elegidos¡.

2- No haga oración.¡Dios siempre está con usted¡.

3- Conténtese con ser "bueno".¡Hay muchos que son peores¡.

4-  No se confiese con frecuencia.¡Hay que ser moderados¡.

5- No evite el pecado venial.¡Al fin y al cabo usted es sólo un hombre¡.

6- No examine su conciencia.¡Eso es traumatizante¡.

7- No lleve dirección espiritual.¡Usted sabe dirigirse solo¡.

8- No haga la voluntad de Dios.¡Haga la suya¡.

9- No cuente con la Virgen.¡Cristo basta¡.

10- No rece el rosario.¡Es una moda que no se lleva¡

11- No se consagre al Corazón de Jesús.¡Es cosa de beatas¡.

12- No hable de Dios.¡Hay que respetar las conciencias¡.

13- No rece por los pecadores.¡Nadie va al infierno¡.

14- No se santifique.¡Ya pasó la Edad Media¡

15- No le preocupe el demonio.¡Es inofensivo¡.

16- No defienda los derechos de Dios.¡Hay que ser tolerantes¡.

17- No comulgue con frecuencia. ¡Basta una vez al año¡.

18- No lea la Biblia.¡Lea libros de actualidad¡.

19- No imite a Jesucristo. Basta ser "buena persona"¡.

20- No conozca el Magisterio de la Iglesia.¡Siga a los teólogos de moda¡

21- Desaliéntese por sus fallos.¡Usted no puede¡.

22- Dedique muchas horas a ver televisión. ¡Es la mejor escuela de valores¡

23- No haga caso a su conciencia. ¡Haga lo que hacen la mayoría¡

24- No se comprometa con nada, ni con nadie.¡Viva su vida a tope¡

25- No hable nunca de política y religión.¡Eso es complicarse la vida¡

26- No piense en los novísimos. ¡A vivir que son dos días¡

27- No hay verdades absolutas.¡Todo es relativo¡.

28- No haga obras de caridad.¡Que cada uno se apañe como pueda¡

29- No defienda a la Iglesia en su entorno. ¡Para eso están los curas¡

30- No se empeñe ahora en ser santo.¡Déjelo para cuando se jubile¡


 MIGUEL RIVILLA SAN MARTIN
 Apartado 108
 28921 Alcorcón

16 de noviembre de 2011

SER SANTOS


No todos podemos ser listos, sanos, ricos y famosos, pero todos podemos ser santos.
Y esto es lo más grande que se puede ser en la Tierra.



Y para ser santos, no todos podemos ser mártires, ni tener ocasión de practicar virtudes en grado heroico.



Pero hay una forma muy sencilla de alcanzar la santidad.
Es la norma del santo jesuita P. Rubio:


HACER SIEMPRE LO QUE DIOS QUIERE, Y QUERER LO QUE DIOS HACE.

Hacer siempre lo que Dios quiere: 
Es decir no pecar jamás, ni siquiera venialmente, de modo consciente y voluntario.

Querer siempre lo que Dios hace:
Aceptar de buena gana lo que pase, pues Dios lo ha permitido; si no es culpa mía.

"Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha beatificado y canonizado a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. En estas figuras ha querido demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo: a vivir a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar del obra del creación: «Y era muy bueno»... Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa «adorar» y lo que quiere decir vivir a medida del niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo. Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo" . (Benecicto XVI en la Vigilia de la JMJ Colonia, 20 agosto 2005). 
 
JORGE LORING, S.I.
COMUNIDAD JESUITAS.
Plaza del Avemaría, nº 3
11500 - EL PUERTO DE SANTA MARÍA - CÁDIZ - España


19 de octubre de 2011

LA SANTIDAD NO ES UN LUJO, ES UNA NECESIDAD. COMENTARIO DEL PADRE RANIERO CANTALAMESSA –PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA– A LAS LECTURAS DE LA LITURGIA DE LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS, QUE CELEBRA LA IGLESIA EL 1 DE NOVIEMBRE

Solemnidad de Todos los Santos
Los santos que la liturgia celebra en esta solemnidad no son sólo aquellos canonizados por la Iglesia y que se mencionan en nuestros calendarios. Son todos los salvados que forman la Jerusalén celeste. Hablando de los santos, San Bernardo decía: «No seamos perezosos en imitar a quienes estamos felices de celebrar». Es por lo tanto la ocasión ideal para reflexionar en la «llamada universal de todos los cristianos a la santidad».

Lo primero que hay que hacer, cuando se habla de santidad, es liberar esta palabra del miedo que inspira, debido a ciertas representaciones equivocadas que nos hemos hecho de ella. La santidad puede comportar fenómenos extraordinarios, pero no se identifica con ellos. Si todos están llamados a la santidad es porque, entendida adecuadamente, está al alcance de todos, forma parte de la normalidad de la vida cristiana.

Dios es el «único santo» y «la fuente de toda santidad». Cuando uno se aproxima a ver cómo entra el hombre en la esfera de la santidad de Dios y qué significa ser santo, aparece inmediatamente la preponderancia, en el Antiguo Testamento, de la idea ritualista. Los medios de la santidad de Dios son objetos, lugares, ritos, prescripciones. Se escuchan, es verdad, especialmente en los profetas y en los salmos, voces diferentes, exquisitamente morales, pero son voces que permanecen aisladas. Todavía en tiempos de Jesús prevalecía entre los fariseos la idea de que la santidad y la justicia consisten en la pureza ritual y en la observancia escrupulosa de la Ley.

Al pasar al Nuevo Testamento asistimos a cambios profundos. La santidad no reside en las manos, sino en el corazón; no se decide fuera, sino dentro del hombre, y se resume en la caridad. Los mediadores de la santidad de Dios ya no son lugares (el templo de Jerusalén o el monte de las Bienaventuranzas), ritos, objetos y leyes, sino una persona, Jesucristo. En Jesucristo está la santidad misma de Dios que nos llega en persona, no en una lejana reverberación suya. Él es «el Santo de Dios» (Jn 6, 69)

De dos maneras entramos en contacto con la santidad de Cristo y ésta se comunica a nosotros: por apropiación y por imitación. La santidad es ante todo don, gracia. Ya que pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos, habiendo sido «comprados a gran precio», de ello se sigue que, inversamente, la santidad de Cristo nos pertenece más que nuestra propia santidad. Es éste el aletazo en la vida espiritual.

Pablo nos enseña cómo se da este «golpe de audacia» cuando declara solemnemente que no quiere ser hallado con una justicia suya, o santidad, derivada de la observancia de la ley, sino únicamente con aquella que deriva de la fe en Cristo (Flp 3, 5-10). Cristo, dice, se ha hecho para nosotros «justicia, santificación y redención» (1 Co 1, 30). «Para nosotros»: por lo tanto, podemos reclamar su santidad como nuestra a todos los efectos.

Junto a este medio fundamental de la fe y de los sacramentos, debe encontrar también lugar la imitación, esto es, el esfuerzo personal y las buenas obras. No como medio desgajado y diferente, sino como el único medio adecuado para manifestar la fe, traduciéndola en acto. Cuando Pablo escribe: «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación», está claro que entiende precisamente esta santidad que es fruto del compromiso personal. Añade, de hecho, como para explicar en qué consiste la santificación de la que está hablando: «que os alejéis de la fornicación, que cada uno sepa poseer su cuerpo con santidad y honor» (1 Ts 4, 3-9).

«No hay sino una tristeza: la de no ser santos», decía Léon Bloy, y tenía razón la Madre Teresa cuando, a un periodista que le preguntó a quemarropa qué se sentía al ser aclamada santa por todo el mundo, le respondió: «La santidad no es un lujo, es una necesidad».

www.fluvium.org
http://encuentra.com/articulos.php?id_sec=35&id_art=246&id_ejemplar=0

QUE ES UN SANTO?. LAS CARACTERÍSTICAS DE AQUELLOS QUE POR SU VIDA, SUS OBRAS Y SU AMOR A DIOS SON AHORA SANTOS

Ser santo es participar de la santidad de Dios. Jesucristo es el Santo de los santos y el Espíritu Santo es el Santificador. 

Todos fuimos creados por Dios para ser santos, en la tierra y entonces plenamente en la eternidad en el cielo. Perdimos la vida de gracia por el pecado, pero Jesucristo nos reconcilió con el Padre por medio de la Cruz. Por el bautismo recibimos los méritos de Cristo y somos liberados del pecado e injertados en Cristo para ser Hijos de Dios y participar de su santidad. San Pablo usa la palabra "santos" para referirse a los fieles (2 Cor. 13,12; Ef. 1,1)

Quien persevera en la santidad se salvará para la vida eterna. Dios quiere que todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta: "Hermanos: Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor" (Hb. 12,14). La única verdadera desgracia es no ser santos. Veneración de los santos Los primeros santos venerados fueron los discípulos de Jesús y los mártires (los que murieron por Cristo). Mas tarde también se incluyó a los confesores (se les llama así porque con su vida "confesaron" su fe), las vírgenes y otros cristianos que demostraron amor y fidelidad a Cristo y a su Iglesia y vivieron con virtud heroica.

Con el tiempo creció el número de los reconocidos como santos y se dieron abusos y exageraciones, por lo que la Iglesia instituyó un proceso para estudiar cuidadosamente la santidad. Este proceso, que culmina con la "canonización", es guiado por el Espíritu Santo según la promesa de Jesucristo a la Iglesia de guiarla siempre (Cf.Jn 14:26, Mt 16:18). Podemos estar seguros que quien es canonizado es verdaderamente santo.

La Iglesia no puede contar la cantidad de santos en el cielo ya son innumerables (por eso celebra la fiesta de todos los santos). Solo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico.

La canonización es para el bien de nosotros en la tierra y en nada beneficia a los santos que ya gozan de la visión beatífica (ven a Dios cara a cara). Los santos en el cielo son nuestros hermanos mayores que nos ayudan con su ejemplo e intercesión hasta llegar a reunirnos con ellos. La devoción a los santos es una expresión de la doctrina de la Comunión de los Santos que enseña que la muerte no rompe los lazos que unen a los cristianos en Cristo.

Los Protestantes rechazaron la devoción a los santos por no comprender la doctrina de la comunión de los santos. El Concilio de Trento (1545-63) reafirmó la doctrina católica.

Los santos interceden por nosotros.

En virtud de que están en Cristo y gozan de sus bienes espirituales, los santos pueden interceder por nosotros. La intercesión nunca reemplaza la oración directa a Dios, quién puede conceder nuestros ruegos sin la mediación de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus hijos se ayuden y así participen de su amor. Dios ha querido constituirnos una gran familia, cada miembro haciendo el bien a su prójimo. Los bienes proceden de Dios pero los santos los comparten. Los santos son modelos. Debemos imitar la virtud heroica de los santos. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. Por ejemplo, al ver como los santos aman la Eucaristía, a la Virgen y a los pobres, podemos entender hasta donde puede llegar el amor en un corazón que se abre a la gracia. Al venerar a los santos damos gloria a Dios de quien proceden todas las gracias.

http://encuentra.com/articulos.php?id_sec=35&id_art=237&id_ejemplar=0

QUÉ ES SANTIFICAR EL TRABAJO? TODOS PODEMOS HACERNOS SANTOS, INCLUSO EN EL TRABAJO ORDINARIO

"Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo". Ha sido una realidad vivida con esfuerzo y naturalidad. 


Sin embargo, la teología exige no sólo el vivir sino el reflexionar sobre lo que se vive. Cada vez he sido más consciente de que sabía reflexivamente que era santificarse en el trabajo y que era santificar a los demás con el trabajo. 

¿Qué es santificar el trabajo? 
 Para santificar es necesario hacerlo humanamente bien, cuidando las cosas pequeñas por amor; que debe ser mucho, intenso, constante y ordenado; que lo importante era hacer el trabajo bien, no que saliera bien; que se debía hacer con rectitud de intención, sólo para agradar a Dios;... El trabajo tiene como objeto la humanización del mundo. 

Pero, ¿qué es humanizar al mundo? ¿qué relación existe entre el aspecto subjetivo y objetivo del trabajo? ¿qué relación hay entre entre el trabajo y el nuevo cielo y la nueva tierra? La respuesta viene contemplando a Jesús en Nazaret, al preguntarse: ¿qué ha quedado del trabajo de Cristo como artesano en el hogar de Nazaret? 


Y la respuesta es: nada material -no nos ha quedado la menor reliquia de su trabajo en la tierra-, lo que Cristo ha hecho con su trabajo -lo que permanece- es empapar de amor la tierra en que vivimos. Después la conclusión es inmediata: - trabajar es aquella actividad que tiene como objeto humanizar el mundo: convertir el mundo en el "hogar" de los hijos de los hombres, en él el aspecto objetivo es secundario; y - santificar el trabajo es hacerlo de tal modo que transforme el mundo en el "hogar" de los hijos de Dios: que el mundo entero sea el "hogar de Nazaret". 

Los que viven entregados al trabajo, con frecuencia duro, conviene que en ese mismo trabajo humano se perfeccionen, ayuden a sus conciudadanos, traten de mejorar la sociedad entera y la creación; mas aún, traten también de imitar, en su activa caridad, a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo, y que continúa trabajando siempre por la salvación de todos en unión con el Padre; gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros a llevar sus cargas y sirviéndose del trabajo cotidiano para subir a una mayor santidad, incluso apostólica. (CONC. VAT. II, Const. Lumen gentium, 41). 

Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado. (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 122). 

Desde ahora, pues, hermanos, cantemos, no por amenizar nuestro descanso, sino para sostener nuestros trabajos, como se canta de camino: «Canta pero camina; mantén tu trabajo cantando; no te dejes llevar de la pereza; canta y camina». ¿Qué quiere decir «camina»? Progresa, progresa en el bien [...], progresa en la verdadera fe, progresa en la santidad. Canta y camina. (S. AGUSTíN, Sermón 256). 

A veces, nuestras caminatas llegaban al monasterio de Las Huelgas, y en otras ocasiones nos escapábamos a la Catedral. Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 65). 

Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabía perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al Señor la vocación profesional? ~ tú lo mismo que aquellos canteros, y tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y perfiles divinos. (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 65).

http://encuentra.com/articulos.php?id_sec=35&id_art=243&id_ejemplar=0

16 de octubre de 2011

SÓLO EN EL CIELO ESTÁN LOS PERFECTOS. TEXTOS DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVA DE BALAGUER

 “Sólo en el Cielo están los perfectos”
¡Que el otro está lleno de defectos! Bien... Pero, además de que sólo en el Cielo están los perfectos, tú también arrastras los tuyos y, sin embargo, te soportan y, más aun, te estiman: porque te quieren con el amor que Jesucristo daba a los suyos, ¡que bien cargados de miserias andaban! –¡Aprende! (Surco, 758)

Te quejas de que no es comprensivo... –Yo tengo la certeza de que hace lo posible por entenderte. Pero tú, ¿cuándo te esforzarás un poquito por comprenderle? (Surco, 759)

¡De acuerdo!, lo admito: esa persona se ha portado mal; su conducta es reprobable e indigna; no demuestra categoría ninguna.

–¡Merece humanamente todo el desprecio!, has añadido.

–Insisto, te comprendo, pero no comparto tu última afirmación; esa vida mezquina es sagrada: ¡Cristo ha muerto para redimirla! Si El no la despreció, ¿cómo puedes atreverte tú? (Surco, 760)

Verdaderamente la vida, de por sí estrecha e insegura, a veces se vuelve difícil. –Pero eso contribuirá a hacerte más sobrenatural, a que veas la mano de Dios: y así serás más humano y comprensivo con los que te rodean. (Surco, 762) [Subir]

9 de octubre de 2011

PARA ENTRAR AL BANQUETE HACEN FALTA DOS COSAS, TIQUE Y VESTIDO: EL PAPA EXPLICA EN QUÉ CONSISTEN

En la homilía allí pronunciada ante cerca de cien mil personas, el Papa recordó las "dificultades, problemas y preocupaciones" que caracterizan a esa región, a la que consagró una comparación muy gráfica. Es una "tierra sísmica", dijo, "no sólo desde el punto de vista geológico, sino también estructural y social". Sobre todo por dos problemas, el paro y la ´Ndrangheta. La mafia calabresa constituye "una criminalidad a menudo feroz que hiere a todo el tejido social", subrayó el Pontífice.


Desde el punto de vista evangélico, su predicación versó sobre la parábola de las bodas reales (Mt 22, 1-14), cuyos invitados rechazan la invitación con mil pretextos. Entonces el rey sale a campos y caminos a invitar a su mesa a pobres y marginados, expulsando sin embargo al que acude a ella sin el traje adecuado.
La fe y la caridad
El rechazo de los invitados iniciales se asemeja a cuando, ante Dios, nosotros "no aceptamos sus palabras, mostramos más interés en otras cosas, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. La invitación del rey recibe incluso reacciones hostiles y agresivas".

Pero Dios no se desanima, y cuando el rey llama a los pobres, el salón se llena: su bondad "no tiene límites y ofrece a todos la posibilidad de responder a su llamada". Sin embargo, cuando uno de quienes acuden a esta segunda invitación no va adecuadamente vestido, el rey le expulsa incluso con palabras durísimas en el Evangelio: "Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, mas pocos los elegidos" (Mt 22, 13-14).

Benedicto XVI explicó en el sermón de la misa a qué corresponden la invitación y el traje nupcial, sirviéndose del comentario a este texto de San Gregorio Magno: "Éste explica que el comensal que responde a la invitación de Dios a participar en su banquete tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial, el vestido nupcial, que es la caridad, el amor". 

Y San Gregorio, cita el Papa, añade: "Cada uno vosotros, que en la Iglesia tiene fe en Dios, ya ha participado en el banquete de bodas, pero no puede decir que tenga el traje nupcial si no custodia la gracia de la caridad", un traje que, dice Benedicto XVI, tiene como dos piezas, el amor a Dios y el amor al prójimo.

"Todos somos invitados", concluye, "a ser comensales del Señor y a entrar mediante la fe en su banquete, pero debemos vestir y cuidar el traje nupcial, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo".

El tique de entrada y el vestido, la fe y la caridad: otra lección del teólogo Joseph Ratzinger con la autoridad de Benedicto XVI.