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"Soy un hombre de armas, un soldado, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

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4 de enero de 2019

¿QUÉ DIFERENCIA HAY ENTRE VALORES Y VIRTUDES?. QUÉ ES LA VIRTUD. TIPOS DE VIRTUDES.

¿QUÉ DIFERENCIA HAY ENTRE VALORES Y VIRTUDES?

JUAN ÁVILA ESTRADA. Sacerdote colombiano especializado en Matrimonio y Familia.
PARA ALCANZAR LA PERFECCIÓN NO BASTAN LOS VALORES SINO LAS VIRTUDES
LAS VIRTUDES 
“Las virtudes son hábitos buenos que nos llevan a hacer el bien. Podemos tenerlas desde que nacimos o podemos adquirirlas después. Son un medio muy eficaz para colaborar con Dios, pues implican que hemos decidido, libre y voluntariamente, hacer el bien, es decir, cumplir con el plan de Dios. El objetivo de una vida virtuosa es llegar a ser semejantes a Cristo, no es un perfeccionismo, donde la persona elimina defectos porque considera que no debe de tener tal o cual falla, esto sería un vanidoso mejoramiento de sí mismo. Tampoco es un narcisismo de verse bien, que todos piensen que es lo máximo. La virtud no es una higiene moral por la cual limpio mi persona”.
LOS VALORES
“Los valores, por su parte, están orientados al crecimiento personal por un convencimiento intelectual: sabemos que si estamos limpios, seremos mejor aceptados por los demás; sabemos que si mantenemos ordenadas nuestras cosas, podremos encontrarlas cuando las busquemos. Los valores son bienes que la inteligencia del hombre conoce, acepta y vive como algo bueno para él como persona”. 
El valor es todo aquello que se “valora” como bueno, como deseable, como necesario para la vida. Para alguien puede ser un valor tener un hermoso automóvil mientras que para otro no lo es en modo alguno.
En este sentido podemos decir que los valores son más ambiguos puesto que no todos consideran como valor lo que es para otros; 
las virtudes son de carácter universal y lo que es una virtud en uno lo es también en otro.
Establecidas las diferencias es importante reconocer que en la vida de fe siempre hay propuestas hechas por Jesús que, cuando son puestas en paralelo con lo que el mundo nos presenta, tiende a tener una propuesta que se le asemeja pero no necesariamente se le equipara. 
ALGUNOS EJEMPLOS
  • La Sagrada Escritura enseña la necesidad del ayuno como remedio eficaz contra la concupiscencia y como mecanismo de dominio sobre sí mismo; 
  • el mundo nos propone la dieta pero como método eficaz para mantener el control del peso corporal y de una adecuada salud humana.
Primera conclusión: no es lo mismo ayunar que hacer dieta y menos aún que padecer hambre. Aunque se asemejen en la forma no son iguales en el fondo.
  • Jesús invita a la castidad como modo de entender la sexualidad y el cuerpo humano como instrumentos de santificación y de oblación a Dios y al cónyuge 
  • mientras que muchos han optado por la abstinencia sexual como modo de libertad interior para alcanzar otros fines que consideran más nobles. 
No es por tanto lo mismo ser casto que ser abstinente y menos aún ser asexuado.
Mientras que la dieta y la abstinencia pueden llegar a tener alguna valoración para algunos, 
el ayuno y la castidad son en sí mismas virtudes de carácter espiritual para todos. 
Es importante saber además que 
  • los valores no necesitan de la Gracia de Dios, pues por el hecho de poseer una ponderación intelectual se viven desde la racionalidad, 
  • mientras que las virtudes, por buscar colaborar en el plan de Dios y la semejanza con Cristo, sí requieren de la ayuda del Señor, de un auxilio especial de su magnificencia puesto que el hombre por sus propias fuerzas no las puede alcanzar.
SE PUEDE SER ABSTINENTE SIN SER CASTO Y HACER DIETA SIN AYUNAR.
El sentido mismo de cada una de estas prácticas difieren mucho por la finalidad de su objeto, de lo que pretenden en sí mismas. 
Los cristianos no estamos llamados simplemente a cultivar valores (necesarios en todo ser humano) sino a llenar nuestras vidas de virtudes tanto cardinales como teologales (aquellas que son cultivadas por el ejercicio disciplinado y perseverante del hombre y las que son dadas directamente por Dios a quien le ama).
Si nos extendemos un poco más podemos encontrar muchos otros valores que tienen una semejanza con las virtudes y por ello tienden a ser confundidos por quienes no lo saben. Hay quienes piensan que es lo mismo 
  • el fanatismo que la fe, 
  • enamoramiento que amor, 
  • ilusión que esperanza, 
  • osadía que valentía, 
  • timidez que prudencia, 
  • etc.
Todos los seres humanos poseemos valores, todos consideramos que hay valor en algo, que incluso hay cosas por las que vale la pena morir; pero 
para alcanzar la perfección no bastan los valores sino las virtudes.
¿QUÉ DIFERENCIA HAY ENTRE VALORES Y VIRTUDES?
QUÉ ES LA VIRTUD. TIPOS DE VIRTUDES
LAS VIRTUDES COMO CAMINO PARA VIVIR CERCA DE DIOS Y CUMPLIR CON NUESTRA MISIÓN AQUÍ EN LA TIERRA.
El hombre fue creado por Dios para vivir eternamente en amistad con Él. Por lo tanto, el hombre está destinado a la vida eterna y debe vivir de cara a ella.

Para alcanzarla se necesita la gracia que Dios nos otorga. En otras palabras, Dios es quien da la santidad. Pero como Dios, siempre, va a respetar la libertad, alcanzar la santidad implica una respuesta de parte del hombre.
La santidad es la identificación con Cristo en el cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios, mediante el ejercicio de las virtudes.
LAS VIRTUDES SON HÁBITOS BUENOS QUE NOS LLEVAN A HACER EL BIEN.
Podemos tenerlas desde que nacimos o podemos adquirirlas después. Son un medio muy eficaz para colaborar con Dios, pues implican que hemos decidido, libre y voluntariamente, hacer el bien, es decir, cumplir con el plan de Dios.
La virtud es la disposición habitual y firme de hacer el bien y se adquiere por repetición de actos o por un don de Dios.
La virtud permite a la persona no sólo hacer el bien, sino dar lo mejor de sí misma. La persona debe de superarse siempre como hombre y como cristiano.
El objetivo de una vida virtuosa es llegar a ser semejantes a Cristo, no es un perfeccionismo, donde la persona elimina defectos porque considera que no debe de tener tal o cual falla, esto sería un vanidoso mejoramiento de sí mismo. Tampoco es un narcisismo de verse bien, que todos piensen que es lo máximo. La virtud no es una higiene moral por la cual limpio mi persona.
Las virtudes son hábitos operativos, es decir, hay que actuarlos. No se trata de tener buenas intenciones, "pensar tengo que ser más ordenado", hay que ser más ordenado.
POR ELLO ES QUE EL HOMBRE DEBE ENCAUZAR LAS PASIONES PARA SER UN HOMBRE ÍNTEGRO.
Porque las virtudes se adquieren por medio de actos virtuosos.
La perfección de la que hablamos es un crecimiento armónico de toda la personalidad, por eso al crecer en una virtud crecen las demás porque el ejercicio de una virtud implica la práctica de otras. La laboriosidad exige ser ordenado, responsable, etc. La paciencia implica la tolerancia, la aceptación, la flexibilidad, etc.
DIFERENCIAS ENTRE VIRTUD Y VALOR
Hoy en día se admira a las personas que ganan mucho dinero, a las grandes estrellas de la televisión o de la música, a los grandes deportistas.

Todas estas personas realizan actos buenos. Estos actos son buenos en sí mismos y tienen un fin bueno, pero no nos hacen crecer como hombres. No podemos asegurar que un jugador de basquetbol de fama mundial sea mejor persona que nosotros, únicamente porque él sabe meter canastas de tres puntos y nosotros no.

Las habilidades físicas, deportivas o intelectuales, ciertamente son dones que hay que desarrollar con esfuerzo, pero que por sí mismas, no nos convierten en personas mejores, sino únicamente en mejores pianistas, deportistas o matemáticos.
TAMBIÉN, HAY QUE DISTINGUIR LAS VIRTUDES DE LOS VALORES HUMANOS.
Los valores están orientados al crecimiento personal por un convencimiento intelectual: sabemos que si estamos limpios, seremos mejor aceptados por los demás; sabemos que si mantenemos ordenadas nuestras cosas, podremos encontrarlas cuando las busquemos.
LOS VALORES SON BIENES
Que la inteligencia del hombre conoce, acepta y vive como algo bueno para él como persona.
LAS VIRTUDES
Son acciones que nacen del corazón y están orientadas directamente a un bien espiritual. Estas nos hacen crecer como personas, a imagen de Dios.
LAS VIRTUDES NOS LLEVAN A LA PERFECCIÓN, PUES DISPONEN TODAS NUESTRAS POTENCIAS, TODAS NUESTRAS CUALIDADES, NUESTRA PERSONALIDAD ENTERA, PARA ESTAR EN ARMONÍA CON EL PLAN DE DIOS; ORIENTAN TODA NUESTRA PERSONA, NO SÓLO NUESTROS ACTOS, HACIA EL BIEN.
Para entender mejor la diferencia entre valor y virtud, analicemos cómo cambia un valor de acuerdo con las circunstancias que lo rodean. 
Son diferentes:
  • - una persona que cuida a su tía enferma porque quiere su herencia.
  • - una persona que cuida a su tía enferma porque ésta le cae muy bien.
  • - una persona que siempre está dispuesta a cuidar a cualquier enfermo, aún sin conocerlo, por amor a Dios y a los hombres.
Aunque la acción es la misma en los tres casos, solamente la tercera es una virtud, por ser habitual y permanente. En los otros dos casos, la persona vive el valor del servicio. En el tercero, la persona tiene la virtud del servicio.
Las habilidades están orientadas a “hacer bien” algo específico. Nos hacen ser mejores en algo, pero no mejores como personas.
LOS VALORES HUMANOS SON UN BIEN QUE LA INTELIGENCIA HUMANA TOMA COMO TAL.
En sí mismos son neutros, y dependen del uso que les demos. Puestos en práctica, los valores nos hacen crecer como personas.
LAS VIRTUDES ESTÁN ORIENTADAS A CUMPLIR EL PLAN DE DIOS
Su fin es hacer siempre el bien, independientemente de las circunstancias. Nos hacen crecer como personas, nos perfeccionan, nos santifican y edifican la sociedad por ser algo habitual y permanente. Las virtudes como camino para vivir cerca de Dios y cumplir con nuestra misión aquí en la Tierra.
TIPOS DE VIRTUDES
VIRTUDES HUMANAS 
Son rectos comportamientos según la ley natural. Perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Se adquieren mediante el esfuerzo humano. 
Ejemplo
  • Lealtad, 
  • orden, 
  • diligencia, 
  • solidaridad, 
  • respeto, 
  • gratitud, 
  • etc.
Pero para alcanzar la salvación no bastan las virtudes humanas naturales, alcanzar la vida eterna no es posible sin la ayuda de Dios y la acción del Espíritu Santo.
VIRTUDES CARDINALES
Son las virtudes humanas más importantes. Se llaman “cardinales” porque son los ejes en torno a los cuales giran las demás. Cardine en latín, significa el eje de la puerta. Son: la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza.
VIRTUDES CRISTIANAS 
Son rectos comportamientos según el ejemplo de Cristo en el Evangelio. Podríamos mencionar la mansedumbre.
VIRTUDES TEOLOGALES 
Son las que se reciben de Dios por su acción sobrenatural en el alma. 
  • Fe, 
  • esperanza 
  • y caridad.
VIRTUDES EVANGÉLICAS
Son especiales acentos del Evangelio entre muchas virtudes que practicó nuestro Señor Jesucristo. Por ejemplo la humildad, la castidad, la pobreza.
Todo lo que sea contrario a la virtud son malos hábitos, que llamamos vicios.
VIRTUDES CARDINALES
PRUDENCIA 
Es la capacidad de conocer, en cada circunstancia, lo que se debe hacer o evitar para conseguir un fin bueno, y elegir medios apropiados para realizarlo. Para guiar el juicio de la conciencia, aplica los principios morales al caso particular.
El hombre prudente decide y ordena según este juicio. Esta es la virtud por excelencia.
Para ejercer la prudencia hay 8 partes integrales que son muy importantes. Cinco pertenecen a lo intelectual y tres a la práctica:
  • Memoria: recordar los éxitos y fracasos del pasado ayuda a orientar sobre lo que hay que hacer. La experiencia es madre de la ciencia.
  • Inteligencia: conocer el presente nos ayuda a discernir sobre lo bueno o malo, conveniente e inconveniente.
  • Docilidad: saber pedir y aceptar consejo de personas que saben más. Nadie puede saber todas las respuestas.
  • Sagacidad: disposición para resolver los casos urgentes cuando no hay tiempo de pedir consejo.
  • Razón: cuando después de una meditación madura se resuelven casos por sí mismos.
  • Providencia: parte principal de la prudencia, igual a providencia, es fijarse en el fin que se pretende. Para actuar con prudencia hay que ordenar los medios al fin.
  • Circunspección: es tomar en consideración las circunstancias para juzgar según ellas, si es conveniente o no hacer o decir algo. Hay ocasiones en que lo que se pretende es bueno y conveniente, pero debido a las circunstancias, puede resultar negativo. Ej. Corregir a alguien cuando hay personas ajenas presentes.
  • Cautela o Precaución: ante los impedimentos externos que pueden ser obstáculos para conseguir lo que se pretende. Ej. Evitar la influencia de las malas compañías.
Habrá momentos en que se podría prescindir de alguna de estas cosas, pero si lo que se pretende es importante se deben tomar en cuenta todas ellas. ¡Cuántas imprudencias se cometen por no tomarse el trabajo de hacerlo!.
La prudencia se ejerce no solamente en lo personal, sino que también tiene una parte social que se dirige al bien común y abarca el gobierno, la política, la familia y lo militar.
PECADOS CONTRA LA PRUDENCIA
  • No buscar a Dios como valor supremo.
LA IMPRUDENCIA QUE SE DIVIDE EN TRES
  • La precipitación que es actuar inconsiderada y precipitadamente, guiados por la pasión o capricho.
  • La inconsideración por la cual se desprecia o se descuida el atender las cosas necesarias.
  • La inconstancia que es abandonar los propósitos por motivos sin importancia.
La imprudencia nos puede llevar a aceptar una circunstancia que nos aleja de Dios. O a buscar a Dios en un medio que no conduce a Él.
La negligencia que supone la falta de interés por actuar eficazmente en lo que debe hacerse. Es diferente de la inconstancia porque en ella no hay ni siquiera el interés por actuar. Cuando se refiere a algo pertinente a la salvación, el pecado de negligencia es grave. No toda negligencia es pecado contra la prudencia.
  • El don del Espíritu Santo que corresponde a esta virtud es el don de consejo.
JUSTICIA 
Consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que le es debido.
Es la virtud que equilibra nuestro trato con las demás personas. Es una virtud muy compleja, una madeja con muchos hilos.
Para que se diga que alguien es justo hay que apartarse de cualquier mal que dañe al prójimo o a la sociedad y hacer el bien debido al otro. No basta con no hacer un mal, sino que hay que darle lo que se merece.
TIPOS DE JUSTICIA
  • Conmutativa: dar a cada uno lo que merece. Y lo puede merecer por contrato o por derecho adquirido.
  • General o legal: dar a la sociedad lo necesario para obtener el bien común. Ej. Pagar impuestos para que haya hospitales.
  • Distributiva: dar lo necesario a cada miembro de la sociedad, según sus derechos naturales o adquiridos.
  • Social: proteger los derechos naturales de la sociedad y de sus miembros. Es decir, ni defender tanto a la sociedad que se perjudique a los ciudadanos, ni defender tanto los derechos de los individuos que perjudiquemos a otros y a la sociedad.
  • Vindicativa: restablecer la justicia lesionada. Porque quien perjudica los derechos de otros tiene el deber de repararlos.
  • El don del Espíritu Santo correspondiente a esta virtud es el don de piedad.
FORTALEZA
Es la virtud que asegura la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien, superando los obstáculos que se presentan en el cumplimiento de las propias responsabilidades.
Cualquier hombre de bien puede tener esta virtud, pero en el caso del cristiano esta virtud tiene que estar cimentada en el amor a Dios.
PECADOS CONTRA LA FORTALEZA
  • La pereza, que es madre de todos los vicios.
  • La comodidad excesiva, la ley de menor esfuerzo.
  • La impaciencia, 
  • la inconstancia, 
  • la terquedad, 
  • la insensibilidad o dureza de juicio, 
  • la ambición, 
  • la vanagloria, 
  • la presunción, 
  • la pusilanimidad.
  • El don del Espíritu Santo que corresponde a esta virtud es el don de la fortaleza.
TEMPLANZA
Es la virtud que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.
Cuando decimos moderar nos referimos a controlar, no a reducir la cantidad. No hay templanza en emborracharse sólo una vez cada tres meses, sino en saborear el alcohol sin perder el dominio sobre sí mismo.
Hablamos de equilibrio, porque hay sistemas espartanos que llevan a la excesiva rigidez y provocan verdaderos trastornos en la personalidad.
LOS MEDIOS QUE AYUDAN A VIVIR LA VIRTUD DE LA TEMPLANZA SON
  • Vigilar: porque los instintos no mueren.
  • Orar: porque el pecado original nos ha desequilibrado y la concupiscencia actúa.
  • Sacrificio, porque los instintos hay que disciplinarnos con esfuerzo y continuidad. Hay que caminar por la “senda derecha”.
  • El don del Espíritu Santo que corresponde a esta virtud es el don del temor. 

¿CÓMO ADQUIRIR LAS VIRTUDES?

  • Las virtudes no se adquieren de un día para otro, sino mediante el esfuerzo diario, 
  • la repetición de actos buenos que nacen del corazón, 
pero no sólo eso: forzosamente necesitamos de la ayuda de Dios, pues es muy fácil que, debido al ambiente o la distracción, las utilicemos sólo para nuestra propia conveniencia y nos quedemos sólo en los valores humanos.

Es cuestión de proponérnoslo y trabajar en ello. No nos dejemos vencer por la cobardía, por los fracasos, por el respeto humano. Necesitamos ser tenaces y perseverantes, esforzándonos continuamente por superarnos. Confiando y aprovechando las gracias que Dios nos puede dar.

Si hacemos esto todos los días, nos daremos cuenta, de pronto, de que ya hemos alcanzado las virtudes que tanto deseábamos y muchas otras que ni siquiera habíamos imaginado.

Algunas personas te podrán decir que las virtudes son propias de los santos pero no de las personas como nosotros. Que Dios ayuda a los santos y como magia se convierten en personas virtuosas. 
RECUERDA QUE LAS VIRTUDES MORALES SE ADQUIEREN MEDIANTE LAS FUERZAS HUMANAS. REQUIEREN DE NUESTRO ESFUERZO Y CONSTANCIA. EL HOMBRE VIRTUOSO ES EL QUE PRACTICA LIBREMENTE EL BIEN. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1803-1845
LECTURA COMPLEMENTARIA - Lumen Gentium nn 42 y 65

http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html
42. «Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado (cf. Rm 5, 5). Por consiguiente, el primero y más imprescindible don es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por El. Pero, a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, todo fiel debe escuchar de buena gana la palabra de Dios y poner por obra su voluntad con la ayuda de la gracia. Participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en las funciones sagradas. Aplicarse asiduamente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al solícito servicio de los hermanos y al ejercicio de todas las virtudes. Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3, 14; Rm 3, 10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin [132]. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo.

Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a El en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos [133]. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34) [134]. Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.

La Iglesia medita la advertencia del Apóstol, quien, estimulando a los fieles a la caridad, les exhorta a que tengan en sí los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual «se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo..., hecho obediente hasta la muerte» (Flp2, 7-8), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8, 9). Y como es necesario que los discípulos den siempre testimonio de esta caridad y humildad de Cristo imitándola, la madre Iglesia goza de que en su seno se hallen muchos varones v mujeres que siguen más de cerca el anonadamiento del Salvador y dan un testimonio más evidente de él al abrazar la pobreza en la libertad de los hijos de Dios y al renunciar a su propia voluntad. A saber: aquellos que, en materia de perfección, se someten a un hombre por Dios más allá de lo mandado, a fin de hacerse más plenamente conformes a Cristo obediente [135].

Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica les impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (cf. 1 Co 7, 31 gr.) [136].
65. Mientas la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo. Pues María, que por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres.
Fuente:
http://es.catholic.net/op/articulos/7188/qu-es-la-virtud-tipos-de-virtudes.html
http://es.aleteia.org/2014/01/29/que-diferencia-hay-entre-valores-y-virtudes/

23 de septiembre de 2017

LA PUERTA DE LA HUMILDAD. REFLEXIÓN. EN LA BASILICA DE LA NATIVIDAD ESTÁ LA PUERTA DE LA HUMILDAD. EN BELÉN – ISRAEL. LA PUERTA MIDE APENAS METRO Y MEDIO.

En la Basilica de la Natividad está la puerta de la Humildad. En Belén - Israel
La puerta mide apenas metro y medio.
VIRTUDES
"Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón". 
Dios se ha hecho pequeño, para que podamos ser grandes, con la grandeza verdadera: la humildad de corazón.
La fachada de la basílica de la Natividad en Belén deja adivinar aún hoy el rastro de su antiguo portal, que con el tiempo se redujo a una puertecita de apenas un metro y medio de altura. Así se impedía que se pudiera entrar a caballo, y se protegía el lugar santo. Las reducidas dimensiones de esta puerta interpelan también al visitante actual: le dicen, sin palabras, que 
«debemos bajarnos, ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un niño recién nacido»[1].
En la Basilica de la Natividad está la puerta de la Humildad. En Belén - Israel
La puerta mide apenas metro y medio.
SOMOS HIJOS E HIJAS DE DIOS
En su segunda encíclica, el papa Francisco nos recuerda uno de los porqués profundos de la humildad. Se trata de una verdad sencilla y grande que corremos el peligro de olvidar demasiado fácilmente en el ajetreo de la vida cotidiana: «No somos Dios»[2]. La creación es, en efecto, el punto de partida firme de nuestro ser: hemos recibido nuestra existencia de Dios. Cuando aceptamos esa verdad fundamental, nos dejamos transformar por la gracia divina; conocemos entonces la realidad, la perfeccionamos y la ofrecemos a Dios. El amor al mundo que nos transmite san Josemaría nos lleva a querer mejorar lo que amamos, allí donde nos encontramos, y según nuestras posibilidades. Y en el centro de esta tarea inmensa yace la humildad, «que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza»[3]: la miseria, que experimentamos con frecuencia, y la grandeza de ser, por el bautismo, hijas e hijos de Dios en Cristo.
EL HUMILDE DESARROLLA UNA SENSIBILIDAD HACIA LOS DONES DE DIOS, TANTO EN SU PROPIA VIDA COMO EN LA DE LOS DEMÁS; COMPRENDE QUE CADA PERSONA ES UN DON DE DIOS, Y ASÍ ACOGE A TODOS, SIN COMPARACIONES NI RIVALIDADES
La humildad es 
«la virtud de los santos y de las personas llenas de Dios […]: cuanto más crecen en importancia, más aumenta en ellas la conciencia de su nulidad y de no poder hacer nada sin la gracia de Dios (cfr. Jn 15,8)»[4]. 
Así son los niños pequeños, y así somos delante de Dios. Por eso es bueno volver a lo esencial: Dios me ama. Cuando una persona se sabe amada por Dios –un Amor que descubre en el amor que le muestran otras personas– puede querer a todos.
En la Basilica de la Natividad está la puerta de la Humildad. En Belén - Israel
La puerta mide apenas metro y medio.
HUMILDAD CON LOS DEMÁS
La humildad nos lleva a aceptar la realidad que nos viene dada, y en particular a las personas que nos son más cercanas por lazos familiares, por vínculos de fe, por la vida misma. 
«Mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe» (Ga 6,10). 
Nos enseña el Apóstol a no cansarnos de ejercer una caridad ordenada. A los que, como nosotros, han recibido el don del bautismo ¿cómo no los vamos a mirar como hermanos, hijos del mismo Padre de bondad y misericordia? 
«La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse –¡siempre!– como instrumentos de unidad»[5].
El humilde desarrolla una sensibilidad hacia los dones de Dios, tanto en su propia vida como en la de los demás; comprende que cada persona es un don de Dios, y así acoge a todos, sin comparaciones ni rivalidades: cada uno es único a los ojos de Dios, y aporta algo que los demás no pueden dar. La humildad lleva a alegrarse por la alegría de los demás, por el hecho de que existen y cuentan. El humilde aprende a ser uno más: uno entre los demás. La familia tiene en este sentido un papel primordial: el niño se acostumbra a relacionarse, a hablar y a escuchar; entre los propios hermanos y hermanas, no es siempre el centro de la atención; aprende a dar las gracias, porque poco a poco se da cuenta de lo que cuestan las cosas. Así, con el tiempo, a la hora de un éxito personal, descubre que tantas cosas han sido posibles gracias a la entrega de sus familiares y amigos, de las personas que le cuidan, dándole de comer y creando hogar. La humildad crece con el agradecimiento, y también con el perdón: perdonar, pedir perdón, ser perdonado. ¿Quién soy, para que me digan: “perdóname”? La humildad de quien pide perdón, siendo quizá alguien revestido de autoridad, resulta amable y contagiosa. Lo es entre esposos, entre padres e hijos, entre superiores y colaboradores.
QUIEN TIENDE A HABLAR CON FRECUENCIA DE LAS COSAS QUE LE “PONEN NERVIOSO” O LE IRRITAN, SUELE HACERLO POR FALTA DE AMPLITUD DE MIRAS, INDULGENCIA, APERTURA DE MENTE Y DE CORAZÓN
Sin ser por eso un ingenuo, el cristiano tiene una buena disposición habitual hacia lo que viene del prójimo, pues realmente cada persona vale, cada persona cuenta; cada forma de inteligencia, ya sea más especulativa o venga del corazón, da una luz. La conciencia de la dignidad de los demás evita caer en «la indiferencia que humilla»[6]. El cristiano está por vocación girado hacia los demás: se abre a ellos sin preocuparse excesivamente de si hace el ridículo o queda mal. Hay quien intimida a fuerza de ser tímido, en vez de comunicar luz y calor: piensa demasiado en sí mismo, en qué dirán los demás… quizá por un excesivo sentido del honor, de la propia imagen, que podría encubrir orgullo y falta de sencillez.

Polarizar la atención sobre sí mismo, expresar repetidamente deseos excesivamente concretos y singulares, enfatizar problemas de salud más o menos comunes; o, al contrario, esconder de modo exagerado una enfermedad que los demás podrían conocer para ayudarnos mejor, con su oración y apoyo: son todas ellas actitudes que necesitan probablemente de una purificación. La humildad se manifiesta también en una cierta flexibilidad, en el esfuerzo por comunicar lo que vemos o sentimos. 
«Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente solo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos (1 Co 9,22)»[7].
En la Basilica de la Natividad está la puerta de la Humildad. En Belén - Israel
La puerta mide apenas metro y medio.
VER LO BUENO Y CONVIVIR
«Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo» (Mt 11,17): el Señor se sirve de una canción o quizá de un juego popular para ilustrar cómo algunos de sus contemporáneos no le saben reconocer. Nosotros estamos llamados a descubrir a Cristo en los acontecimientos y en las personas; nos toca respetar los modos divinos de actuar: Dios crea, libera, rescata, perdona, llama... «No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el que Dios entra en la vida de cada persona»[8].
Abrirse a los demás implica amoldarse a ellos; por ejemplo, para participar en un deporte colectivo con otros que tienen menos técnica; u olvidando alguna preferencia, para descansar con los demás como a ellos les gusta. En la convivencia, la persona humilde ama ser positiva. El orgulloso, en cambio, tiende a subrayar demasiado lo negativo. En la familia, en el trabajo, en la sociedad, la humildad permite ver a los demás desde sus virtudes. Quien, en cambio, tiende a hablar con frecuencia de las cosas que le “ponen nervioso” o le irritan, suele hacerlo por falta de amplitud de miras, indulgencia, apertura de mente y de corazón. Quizá deberá aprender a amar a los demás con sus defectos. Se pone así en obra una pedagogía del amor que, poco a poco, crea una dinámica irresistible: uno se hace más pequeño para que los demás crezcan. Así fue con el precursor: «Conviene que Él crezca y yo disminuya» (Jn 3,30), dijo el Bautista. El Verbo se hizo más pequeño todavía: 
«Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado” (Is 10,23; Rm9,28)... El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance»[9].
AL HUMILDE NADA LE RESULTA AJENO: SI, POR EJEMPLO, SE ESFUERZA POR MEJORAR SU FORMACIÓN PROFESIONAL, ADEMÁS DEL NATURAL INTERÉS POR SU ESPECIALIDAD, ES PARA SERVIR MEJOR A LOS DEMÁS
Jesucristo se puso al alcance de todos: sabía dialogar con sus discípulos, recurriendo a parábolas, poniéndose a su nivel –por ejemplo, al solucionar el problema del impuesto al César, no duda en tomar a Pedro como igual (cfr. Mt 17,27)[10]–, con las mujeres, santas o más alejadas de Dios, con los fariseos, con Pilatos. Importa llegar a desprenderse del propio modo de ser, para salir hacia los demás: se desarrolla así, por ejemplo, una cierta capacidad de amoldarse a los demás, evitando dejarse llevar por obsesiones o manías; descubriendo en cada persona ese algo amable, esa chispa del amor divino; conformándose con ser uno más, a tono con lo que se celebra en nuestra casa o país, también a la luz del tiempo litúrgico, que marca el ritmo de nuestra vida de hijos e hijas de Dios. El humilde vive atento, pendiente de quienes le rodean. Esta actitud es la base de la buena educación y se manifiesta en muchos detalles, como no interrumpir una conversación, una comida o una cena, y menos todavía la oración mental, para contestar al teléfono, salvo en caso de verdaderas urgencias. La caridad, en fin, nace en el humus –terreno fértil– de la humildad: «la caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia» (1 Co 13,4).
En la Basilica de la Natividad está la puerta de la Humildad. En Belén - Israel
La puerta mide apenas metro y medio. Foto: Leobard Hinfelaar.
HUMILDAD EN EL TRABAJO
En su encíclica Laudato si’, el Papa señala que en todo trabajo subyace «una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer»[11] con lo que le rodea y con quienes le rodean. El trabajo ofrece no pocas ocasiones de crecer en humildad.

Si, por ejemplo, un dirigente se muestra demasiado autoritario, se puede buscar una excusa, pensar que lleva mucho peso encima, o simplemente que ha dormido mal. Cuando un colaborador se equivoca, cabe corregir el error sin herir a la persona. Entristecerse de los éxitos de los demás denotaría falta de humildad, pero también de fe: «todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). Al humilde nada le resulta ajeno: si, por ejemplo, se esfuerza por mejorar su formación profesional, además del natural interés por su especialidad, es para servir mejor a los demás. Eso supone rectificar la intención, volver al punto de mira sobrenatural, no dejarse arrastrar por un ambiente superficial o incluso corrompido, sin mirar por eso a los demás por encima del hombro. El humilde rehuye el perfeccionismo, reconoce las propias limitaciones y cuenta con que otros podrán mejorar lo que ha hecho. El humilde sabe rectificar y pedir perdón. Cuando hace cabeza, es el reconocimiento de su autoridad, más que un cierto poder establecido, lo que le confiere el liderazgo.

Dios nos ha llamado a ser, con un amor gratuito; sin embargo, a veces nos parece que necesitamos justificar nuestra propia existencia. El afán por distinguirse, por hacer las cosas de otro modo, por llamar la atención, una excesiva preocupación por sentirse útil y lucirse hasta en el servicio, pueden ser síntomas de una enfermedad del alma, que invitan a pedir ayuda, y a aceptarla siendo dóciles a la gracia. 
«Con una mirada apagada para el bien y otra más penetrante hacia lo que halaga el propio yo, la voluntad tibia acumula en el alma posos y podredumbre de egoísmo y de soberbia (…), la conversación insustancial o centrada en uno mismo, (…) aquel non cogitare nisi de se, que se exterioriza en non loqui nisi de se (…), se resfría la caridad, y se pierde la vibración apostólica»[12]. 
Pensar mucho en sí mismo, hablar solo de uno mismo… La persona humilde evita conducir las conversaciones a su historia, a su experiencia, a lo que ha hecho: evita buscar desmedidamente que se reconozcan sus méritos. Bien diferente, en cambio, es hacer memoria de las misericordias de Dios e integrar la propia vida dentro del designo de la Providencia. Si uno habla de lo que hizo, es para que el otro pueda desarrollar su historia. Así pues, el testimonio de un encuentro personal con Cristo, dentro del legítimo pudor del alma, puede ayudar al otro a descubrir que a él también Jesús le ama, le perdona y le diviniza. ¡Qué alegría entonces! «Soy amado, luego existo»[13].
¿SOMOS DE ESAS PERSONAS QUE QUIEREN QUE LOS DEMÁS SE RINDAN A NUESTRO MODO DE PENSAR? LA TENDENCIA EXCESIVA A INSISTIR EN EL PROPRIO PUNTO DE VISTA PUEDE DENOTAR RIGIDEZ DE MENTE
Hay momentos especialmente propicios para renovar los deseos de humildad. Por ejemplo, cuando uno recibe una promoción o empieza a tener un trabajo con cierta visibilidad pública. Es hora entonces de tomar decisiones que reflejan un estilo cristiano de trabajar: acoger esa posición como una oportunidad que Dios nos da de servir aún más; rehuir cualquier ventaja personal innecesaria; intensificar nuestra atención a los más débiles, sin sucumbir a las tentación de olvidarlos, ahora que uno trata con gente a la que antes no tenía acceso. También es entonces el momento de dar ejemplo de desprendimiento de las ganancias y honores inherentes a ese cargo o trabajo, de quitar peso a los aplausos que suele recibir quien manda y, en cambio, estar abierto a las críticas, que suelen pasar más ocultas y que contienen signos de verdad. Son muchas las manifestaciones de esa sencillez en el trabajo: reírnos de nosotros mismos cuando nos sorprendemos, por ejemplo, buscando enseguida si salimos en una fotografía o si nos citan en un texto; superar la tendencia a dejar nuestra firma en todo, o a amplificar un problema cuando no se nos pidió consejo para resolverlo, como si tuvieran que consultar siempre con nosotros...
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La puerta mide apenas metro y medio.
APRENDER A RENDIR EL JUICIO
En el ambiente profesional, familiar, incluso recreativo, se organizan reuniones donde se intercambian puntos de vista quizá opuestos. ¿Somos de esas personas que quieren que los demás se rindan a nuestro modo de pensar? Lo que tendría que ser, lo que habría que hacer… La tendencia excesiva a insistir en el proprio punto de vista puede denotar rigidez de mente. Sin duda, ceder no es algo automático, pero en todo caso muchas veces prueba que se posee una inteligencia de las situaciones. Aprovechar las ocasiones de rendir el propio juicio es algo agradable a los ojos de Dios[14]. Con frase lapidaria, Benedicto XVI comentaba en una ocasión el triste giro que dio Tertuliano en los últimos años de su vida: 
«Cuando solo se ve el propio pensamiento en su grandeza, al final se pierde precisamente esta grandeza»[15].
Alguna vez hemos de escuchar a personas más jóvenes, con menos experiencia, pero que quizá gozan de más dotes de inteligencia o de corazón, o tienen funciones en las que la gracia de Dios les asiste. Ciertamente, a nadie le gustaría pasar por tonto, o por alguien sin corazón, pero si nos preocupa mucho lo que los demás piensan de nosotros, es que nos falta humildad. La vida de Jesús, el Hijo de Dios, es una lección infinita para cualquier cristiano investido de una responsabilidad que el mundo juzga alta. Las aclamaciones de Jerusalén no hicieron olvidar al Rey de Reyes que otros lo iban a crucificar y que era también el Siervo doliente (cfr. Jn 12,12-19).

El rey san Luis aconsejaba a su hijo que, si un día llegaba a ser rey, en las reuniones del consejo real no defendiera con viveza su opinión, sin escuchar antes a los demás: 
«Los miembros de tu consejo podrían tener miedo de contradecirte, cosa que no conviene desear»[16]. 
Es muy saludable aprender a no opinar con ligereza, sobre todo cuando no se tiene la responsabilidad última y se desconoce el trasfondo de un asunto, además de carecer de la gracia de estado y de los datos que quizá posee quien está constituido en la autoridad. Por otro lado, tan importante como la ponderación y la reflexividad es la disposición a rendir el juicio con nobleza y magnanimidad: a veces hay que ejercer la prudencia de escuchar a consejeros y cambiar de parecer, y en eso se manifiesta cómo la humildad y el sentido común hacen a la persona más grande y eficaz. La prudencia en el juicio es favorecida por el trabajo en equipo: hacer equipo, aunar esfuerzos, elaborar un pensamiento y llegar a una decisión con los demás: todo eso es también un ejercicio de humildad y de inteligencia.
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HUMILDAD DEL SIERVO INÚTIL
En las iniciativas pastorales, en las parroquias, en las asociaciones de beneficencia, en los proyectos para ayudar a los inmigrantes, muchas veces las soluciones a los problemas no son evidentes, o simplemente caben distintos modos de enfrentarlos. La actitud humilde lleva a manifestar la propia opinión, a decir de manera oportuna si algún punto no resulta claro, y a aceptar incluso una orientación distinta de la que uno veía, confiando en que la gracia de Dios asiste a quienes ejercen su función con rectitud de intención y cuentan con la ayuda de expertos en la materia.

Es poco conocido que la Iglesia católica, desde una preciosa humildad colectiva, es la institución que más iniciativas vivifica en el mundo entero para ayudar pobres y enfermos. En el pueblo de Dios justamente, donde conviven lo humano y lo divino, la humildad es especialmente necesaria. ¡Qué bonito aspirar a ser el sobre que se tira cuando se lee una carta, o la aguja que deja el hilo y desaparece, una vez que ha cumplido su misión! El Señor nos invita a decir: 
«Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10). Así, el sacerdote tendrá la humildad de «aprender a no estar de moda»[17], 
no buscar estar siempre a la última, a la vanguardia de todo; a rechazar de manera casi instintiva el protagonismo que, fácilmente, va de la mano de una mentalidad de propietario de las almas. A su vez, el fiel laico, si es humilde, respeta a los ministros del culto por lo que representan: no critica a su párroco o a los sacerdotes en general, sino que les ayuda, con discreción. Los hijos de Noé cubrieron la desnudez de su padre embriagado (cfr. Gn 9,23). 
«Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote»[18]. 
Santo Tomás Moro aplicaba este relato incluso al Romano Pontífice, por quien el pueblo cristiano hubiese debido rezar… ¡en vez de perseguirle![19]
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EL TIEMPO ES DE DIOS: FE Y HUMILDAD
«El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: “Nuestro Dios está en los cielos. Cuanto le agrada, lo hace” (Sal 115,3); y de Cristo se dice: “si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3,7); “hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero solo el plan de Dios se realiza” (Pr 19,21)»[20]. 
Y la dirección espiritual es un medio excelente para situarnos mejor en ese horizonte. El Espíritu Santo actúa, con paciencia, y cuenta con el tiempo: el consejo recibido debe hacer su camino en el alma. Dios espera la humildad de un oído atento a su voz; entonces es posible sacar un provecho personal de las homilías que uno escucha en su parroquia, no solo para aprender algo, sino sobre todo para mejorar: tomar unas notas durante una charla de formación o un rato de oración, para comentarlas después con alguien que conoce bien nuestra alma, es también reconocer la voz del Espíritu Santo.

Fe y humildad van de la mano: en nuestro peregrinar hacia la patria celestial es necesario dejarnos guiar por el Señor, acudiendo a Él y escuchando su Palabra[21]. La lectura sosegada del Antiguo y del Nuevo Testamento, con los comentarios de carácter teológico-espiritual, nos ayuda a entender qué nos dice Dios en cada momento, invitándonos a la conversión: 
«mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos –oráculo del Señor»(Is 55,8; cfr. Rm 11,33). 
La humildad de la fe se arrodilla ante Jesucristo presente en la Eucaristía, adorando al Verbo encarnado como los pastores en Belén. Así sucedió santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein: nunca se olvidó de aquella mujer, que entró en una iglesia con su bolsa de compras y se arrodilló para hacer su oración personal, en conversación íntima con Dios[22].

La humildad lleva a vivir un presente aligerado de todo porvenir, porque los cristianos somos de esos que «han deseado con amor su venida» (2 Tm 4,8). Si nos enfadamos ante unas circunstancias menos favorables, necesitamos crecer en fe y en humildad. 
«Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[23]. 
De este modo, se evita un descontento exagerado, o la tendencia a retener en la memoria las humillaciones: un hijo de Dios perdona los agravios, no guarda rencor, va adelante[24]. Y si alguno piensa que otro le ha ofendido, trata de no hacer memoria de las ofensas, no guarda rencor: mira a Jesús, sabiendo que «a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!»[25]. El humilde dice, con San Pablo: 
«olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús» (Flp 3,13-14).
Esta actitud nos ayuda a aceptar la enfermedad, y a convertirla en una tarea fecunda: es una misión que Dios nos da. Y parte de esa misión es aprender a facilitar que otros nos puedan ayudar a aliviar nuestro dolor y las posibles angustias: dejarse asistir, curar, acompañar, es prueba de abandono en las manos de Jesús, que se hace presente en nuestros hermanos. Hemos de completar 
«lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).
La conciencia de que somos débiles nos llevará a dejarnos ayudar, a ser indulgentes con los demás, a comprender la condición humana, a evitar sorpresas farisaicas. Nuestra debilidad nos abre la inteligencia y el corazón para comprender la de los demás: se puede salvar la intención, por ejemplo, o pensar que una persona se encontró en situaciones muy difíciles de gestionar, aunque evidentemente eso no supone ignorar la verdad, llamando «al mal bien y al bien mal», y cambiando «lo amargo en dulce y lo dulce en amargo» (Is 5,20). Por otro lado, puede suceder a veces que uno tienda a infravalorarse. Esa baja autoestima, frecuente en muchos ambientes, tampoco es saludable, porque no corresponde a la verdad y corta las alas de quien está llamado a volar alto. No hay motivo para desmoralizarse: la humildad nos lleva a aceptar lo que nos viene dado, con la convicción profunda de que los caminos por los que el Señor desea conducirnos son de misericordia (cfr. Hb 3,10; Sal95[94],10); pero nos lleva también, por eso mismo, a soñar con audacia: 
«Sentirse barro, recompuesto con lañas, es fuente continua de alegría; significa reconocerse poca cosa delante de Dios: niño, hijo. ¿Y hay mayor alegría que la del que, sabiéndose pobre y débil, se sabe también hijo de Dios?»[26]
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La puerta mide apenas metro y medio.
APERTURA A LA PROVIDENCIA
El hombre y la mujer humildes están abiertos a la acción de la Providencia sobre su futuro. No buscan ni desean controlar todo, ni tener explicaciones para todo. Respetan el misterio de la persona humana y confían en Dios, aunque parezca incierto el día de mañana. No intentan conocer las secretas intenciones divinas, ni lo que supera su fuerza (cfr. Si 3,21). Les basta la gracia de Dios, porque «la fuerza se perfecciona en la flaqueza» (2 Co 12,9). Encontramos esa gracia en el trato con Jesucristo: es participación en su vida.

Tras una emocionante acción de gracias a Dios Padre, Jesús invita a sus discípulos de todos los tiempos a acercársele, quia mitis sum et humilis corde(Mt 11,29): el Señor es manso y humilde de corazón, y por eso encontraremos en Él comprensión y sosiego. Nos acercamos a Cristo en la Eucaristía, a su Cuerpo herido y resucitado: in humilitate carnis assumptae, reza el Prefacio I de Adviento –viene por primera vez en la humildad de nuestra carne. Tocamos la inefable humildad de Dios. 
«Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... –Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz»[27]. 
La Virgen María nos acompaña para que le recibamos con la humildad con la que ella recibió a su Hijo Jesús. Salve radix, salve porta, ex qua mundo lux est orta[28]: Salve Raíz, salve puerta, de quien nació la Luz para iluminar un mundo sumergido en las tinieblas del orgullo; Jesucristo, Luz de Luz[29], nos revela la misericordia de Dios Padre.
Guillaume Derville
En la Basilica de la Natividad está la puerta de la Humildad. En Belén - Israel
La puerta mide apenas metro y medio.
La puerta que da acceso a la basílica con el suelo original. Muy oscura.
Referencias
[1] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2011.
[2] Francisco, Encíclica Laudato si’ (24-V-2015), 67.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 94.
[4] Francisco, Discurso a la Curia Romana, 21-XII-2015.
[5] San Josemaría, Amigos de Dios, 233.
[6] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), 15.
[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 9.
[8] Francisco, Carta ap. Misericordia et misera (30-XI-2016), 2.
[9] Benedicto XVI, Ex. ap. postsinodal Verbum Domini, 12.
[10] Cfr. Guillaume de Saint-Thierry, Exposé sur le Cantique des Cantiques, 109, en Sources Chrétiennes 82, 243.
[11] Francisco, Laudato si’, 125.
[12] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1980, 31 (citado en Álvaro del Portillo, Orar. Como sal y como luz, Barcelona: Planeta, 2013, 207).
[13] Francisco, Misericordia et misera, 16.
[14] Cfr. San Josemaría, Camino, 177.
[15] Benedicto XVI, Audiencia, 30-V-2007.
[16] San Luis de Francia, Testamento espiritual a su hijo, futuro Felipe III, en Acta Sanctorum Augustii 5 (1868), 546.
[17] San Josemaría, Conversaciones, 59.
[18] Camino, 75.
[19] Cfr. Santo Tomás Moro, Responsio ad Lutherum, en The Yale Edition of The Complete Works of St Thomas More, vol. 5, p. 142 (CW5, 142/1-4).
[20] Catecismo de la Iglesia Católica, 303.
[21] Cfr. Sagrada Biblia, Traducción y notas de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, comentario al Salmo 95 (94).
[22] Cfr. santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Aus dem Leben einer jüdischen Familie. Das Leben Edith Steins: Kindheit und Jugend, 1965 (ed. completa 1985), p. 362.
[23] San Josemaría, Surco, 860.
[24] Cfr. Javier Echevarría, Carta pastoral, 4-XI-2015, n. 21.
[25] San Josemaría, Forja, 210.
[26] Amigos de Dios, 108.
[27] Camino, 533.
[28] Himno Ave Regina Cælorum.
[29] Cfr. Misal Romano, Credo.
El Lugar de Nacimiento de Jesús: Iglesia de la Natividad y ruta de peregrinación en Belén
UNESCO logo.svg Welterbe.svg
Nombre descrito en la Lista del Patrimonio de la Humanidad
Church of the Nativity (Bethlehem, 2008).jpg
Vista de la Basílica de la Natividad desde la Plaza Manger.
PaísFlag of Palestine.svg Palestina
TipoCultural
Criteriosiv, vi
N.° identificación1433
RegiónEstados árabes
Año de inscripción2012 (XXXVI sesión)
En peligrodesde 2012
Fuente:
http://opusdei.es/es-es/document/la-puerta-de-la-humildad/?utm_content=buffer149dd&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer