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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

20 de mayo de 2013

¡CUANTO SE PARLOTEA EN LA IGLESIA! PAPA FRANCISCO

No soy yo quien lo dice, es el propio Papa Francisco quien nos señala uno de los vicios que más dolor y separación causan a la Iglesia. 

“¡Cuanto se parlotea en la Iglesia! ¡Cuanto murmuramos nosotros los cristianos! La habladuría es despellejarse ¿eh? Hacerse daño unos a otros. Como si se quisiera disminuir al otro, ¿no? En vez de crecer, hago que el otro sea denigrado y me siento grande. 
¡Eso no va! Parece bello cotillear… 

Las habladurías son destructivas en la Iglesia, son destructivas… Es un poco el Espíritu de Caín: ¡asesinar al hermano, con la lengua; asesinar al hermano! Sobre este camino, ¡nos volvemos cristianos de buenas maneras y malos hábitos!. 
Pero ¿cómo se presenta la habladuría? Normalmente, hacemos tres cosas: 

  • Desinformamos: decir sólo la mitad que nos conviene y no la otra mitad; la otra mitad no la decimos porque no es conveniente para nosotros. Algunos ríen… pero eso es verdad ¿o no? ¿Has visto que…? y pasa. 
  • Segundo, la difamación: cuando una persona tiene un defecto, ha cometido un grave error, contarlo, ´hacer el periodista´… Y la reputación de esa persona ¡esta arruinada! 
  • Y la tercera, la calumnia: decir cosas que no son verdaderas. ¡Aquello es asesinar al hermano! 
Las tres - desinformación, difamación y calumnia - ¡son pecados! ¡Esos son pecados! Es dar una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos. 

Jesús hace con nosotros como había hecho con Pedro cuando lo reprende: 
‘¿A ti que te importa? ¡Tú sígueme!’ Verdaderamente el Señor nos ‘muestra el camino’ ” 

Se suele decir que "el que asoma la cabeza, se le corta". Esa es la manera en que la envidia funciona. 
No somos capaces de dejar nuestro ego aparcado y todo aquello que nos deja en segundo plano, es una amenaza que debemos resolver como sea. 
La mezquindad resulta a veces tan evidente, que nosotros mismos nos revelamos contra ella y señalamos a quien la ejerce. Lo triste es que esto genera aún más sufrimiento y dolor. 

Si señalamos a aquellos que disfrutan sesgando el mensaje de Cristo y ajustándolo a sus necesidades, entonces nos convertimos en sus enemigos. 
Si no decimos nada, somos sus cómplices, ya que estas personas suelen escudarse en quienes no dicen nada para crear “mayorías” ficticias. 
El Señor dijo “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? ” (Mt 7, 16) 

Si alguien se dirige a nosotros, lo primero es contestarle con educación. Agradecerle que se interese por nosotros y por lo que decimos; ya que quien se interesa por nosotros, se siente afectado de alguna forma. Eres relevante para el o ella. 
Después, hay que dialogar con caridad, buscando el enriquecimiento de ambos y buscar todo aquello que une. Lo que separa, es mejor tratarlo después y con un inmenso respeto. Si no hay coincidencia posible, indicarlo sin condenas o agrias palabras y dejar abierta la puerta para continuar el diálogo cuando sea posible. 

Lo que nunca debemos hacer es, precisamente, lo que señala el Papa. 
Crear bulos, difamar o calumniar por detrás. Somos hermanos, no podemos jugar a destruir la comunidad. Todo lo contrario, el juego siempre debe ser para fortalecerla. Incluso si nos rechinan los dientes, es mejor alejarse antes que hacerle el juego al gran separador, el diablo. 

Dónde dos o más personas nos reunimos en Nombre de Cristo, Él está en medio de nosotros. Si la reunión es un monólogo que tenemos que aceptar en silencio o se nos insultará y denigrará por detrás, quien está en medio de nosotros no es precisamente Cristo. 

En Internet sucede lo mismo que en la vida real. Aunque nos cueste, tenemos que contestar a quienes requieren de nosotros y hacerlo con las manos abiertas, agradecidas y el corazón lleno de caridad. ¿Cómo hacerlo? 

Tendremos que solicitar al Espíritu Santo el don de la fortaleza y las virtudes de la humildad y la perseverancia. Siempre llenos de esperanza, porque lo que construyamos unidos entre nosotros y Cristo, es parte del Reino, no del mundo. 

Si el diálogo es imposible y por nuestra parte no ha faltado caridad, paciencia y humildad, Cristo nos diría lo mismo que indicó a Pedro cuando se interesó, en evidente envidia, por el futuro de Juan: 
‘¿A ti que te importa? ¡Tú sígueme!’ (Jn 18,22), porque el objetivo es seguir a Cristo. 
La conversión es un asunto que nos incumbe a cada uno de nosotros y a Cristo. 
No lo olvidemos.

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