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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

13 de octubre de 2012

DEFENSA DEL HOMBRE Y LA SOCIEDAD (I) Y (II)

"Aborto es la violación del derecho más fundamental y sacrosanto de los derechos humanos: el derecho a la vida, entrañado en lo más propio de la dignidad inviolable de todo ser humano"
Cardenal Antonio Cañizares
Hay una cuestión que afecta de una manera muy profunda a nuestra sociedad: la del aborto, la de si se debe o no cambiar la actual legislación sobre el aborto. Cuestión que se puede dejar de lado ante los temas acuciantes y graves de la economía u otros que están en juego en el momento presente sobre nuestra configuración. Sin minimizar para nada la crisis económica u otras cuestiones graves sobre nuestra configuración, no podemos olvidar esta cuestión importantísima del aborto. Por eso digo que sí, que es necesario; es urgente cambiar la legislación que regula actualmente la práctica del aborto en España.

Digan lo que digan otras voces, manifiesten lo que manifiesten por las calles o por otros medios, hagan lo que hagan en otros países sobre el mismo tema, la legislación actual es injusta y lesiona gravemente el derecho fundamental a la vida. El aborto no es un derecho; no hay ningún derecho a disponer de la vida de otro, nadie puede decidir sobre la vida o la muerte de otro, no hay ningún derecho a eliminar a un ser humano: porque a quien se elimina es a un ser humano. No se trata de un «coagulito», que podría ser parte del propio cuerpo; es un ser humano en gestación, en vías de crecimiento, un ser humano en sí mismo lo que se asesina en el seno de su madre: además, inocente e indefenso. 

Hablemos, una vez más, con toda claridad, el aborto es la violación del derecho más fundamental y sacrosanto de los derechos humanos: el derecho a la vida, entrañado en lo más propio de la dignidad inviolable de todo ser humano, base de la convivencia entre los hombres, base de la sociedad. En el aborto se viola el «no matarás», absoluto, inscrito en la naturaleza humana y que pertenece a la «gramática común» del ser humano. Se trata de un crimen contra la persona y la sociedad, perpetrado, además, en seres humanos inocentes, débiles e indefensos; ¿puede haber algo más antisocial que ir contra el débil inocente al que no se le reconoce ni concede defensa? Legitimar la muerte de un inocente por medio del aborto mina y destruye, pues, el mismo fundamento de la sociedad. No se trata sólo de un asunto personal y privado. Se trata también de algo social, un tema que tiene que ver también con la ética y la razón social.

Todos hemos leído y escuchado voces que defienden insistentemente el aborto en caso de malformaciones del feto –que así está en la actual legislación– : ¡Qué horror! ¡Qué desprecio a estos seres humanos que tienen tanta dignidad, seguramente más, que cualquiera de nosotros sin ninguna de esas malformaciones o taras! ¿Serían capaces de asesinar a un niño o a un adulto con esas mismas u otras malformaciones o taras? Pues tan seres humanos son unos como otros, antes de nacer como después de su nacimiento. Pero es que el sólo pensarlo ya estremece y horroriza. ¡En qué sociedad nos encontramos! Es la misma que ha dado origen y lugar a esa situación crítica económica, tras la cual se esconde –porque ése ha sido su origen– la quiebra moral y humana, que sustenta también la mentalidad abortista; el mismo clima cultural produce la crisis económica que las legislaciones permisivas y mentalidades abortistas: el relativismo más total, el rechazo o la duda de la verdad, la negación del bien y del mal, la libertad omnímoda para hacer lo que se quiera, la insolidaridad, el desplazamiento y el desprecio de la persona humana, la negación de la razón y de la naturaleza, el olvido más absoluto del bien común.

Porque en el aborto está en juego el bien común: un bien común que pretendiese asentarse en la negación del bien de la persona –el primer bien es la vida–, de la dignidad inviolable sea quien sea y tenga la consideración social que tenga, no sería justamente bien común. ¿No está pasando algo de eso en la economía?¿No está metida también en la crisis económica la mentalidad de que es la decisión individual o colectiva lo que vale para triunfar o medrar en la sociedad, sin importar el bien común y solidario de cada uno de los que formamos la sociedad? Con todo lo que está cayendo, sobre todo en el campo económico, con todas sus consecuencias y con todo lo que ha dado, de manera determinante, origen a esta crisis, que, en estos momentos, se defienda el aborto es ahondar más en la crisis económica, en la quiebra moral que la ha hecho nacer y la alimenta. 

Lo que necesitamos es un cambio de principios y criterios que rijan los comportamientos y criterios de actuación, tanto personales como colectivos, tanto individuales como institucionales; necesitamos criterios de razón, de verdad, de bien, de valores para enderezar este mundo, también en temas tan fundamentales y principalísimos como los referentes a la vida, donde se está jugando el futuro en este siglo XXI. Si no hay criterios verdaderos, de bien, de justicia en lo referente a la vida –lo básico y primero–, será muy difícil, imposible, que los haya en otros campos como el económico, el político, el social, el científico…

El aborto provocado es, en sí mismo, una acción gravemente inmoral que lesiona la dignidad humana más elemental. Es una hecatombe silenciosa que no puede dejar indiferente a nadie, tampoco a los responsables de la cosa pública, a quienes piensan en el porvenir de las naciones. 
© La Razón
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=25185
"Ayudemos a las madres, con una maternidad no deseada, con todos los mejores y posibles medios a nuestro alcance. Provoquemos un movimiento de reflexión y serenidad para que los problemas que se plantean en torno al aborto encuentren un camino ético, justo y social"
Cardenal Antonio Cañizares
Quien niegue la defensa de la persona humana más inocente y débil, aunque no nacida todavía –sea cual sea la fase de su crecimiento y desarrollo–, comete una gravísima vulneración del orden moral, justo, y social. La cuestión del aborto es una cuestión también de justicia social, no lo olvidemos. 
La generalización tan masiva del aborto legal constituye una grandísima derrota social, de la humanidad. 
  • Ha sido derrotada la sociedad, asentada sobre el bien común, ya que con el aborto se sacrifica la vida de un ser humano a bienes de valor inferior y se supedita el bien común a la eliminación de la vida en pro, frecuentemente, del bienestar. 
  • Han sido derrotados el hombre y la mujer, particularmente la mujer cuya grandeza está en el ser mujer con todo lo que esto implica; (sin duda que ahí, en el aborto, no se encuentra el verdadero feminismo, más bien está contra él, contra la dignidad de la mujer). 
  • Han sido derrotados los padres, los que han engendrado a esa criatura, cuya vida debe ser cuidada por ellos mismos, protegerla y proseguirla, acompañarla en su crecimiento y cuidado de alimentación, calor de hogar, educación. 
  • Ha sido derrotada sobre todo la madre, cuyo seno está para proteger y cuidar la débil criatura gestada en ella, destinada a la vida, que es su hijo o su hija. 
  • Ha sido derrotado el médico que ha renegado del juramento y título de la medicina: el de defender y salvar la vida humana, y también ha sido derrotado el científico que debe poner la ciencia al servicio del hombre y de su bien más preciado, la vida, ejerciendo su nobilísima tarea de la ciencia con verdadera conciencia. 
  • Han sido derrotados los legisladores y quienes han de aplicar el derecho, llamados todos ellos a implantar y salvaguardar la justicia y el derecho –el primero que sustenta a todos, el de la vida–, y defender al débil, al inocente y al indefenso. 
  • Queda también derrotado el Estado de Derecho, que ha renunciado a la tutela del bien común inseparable del respeto a la dignidad de todo ser humano y a la protección fundamental que debe al sacrosanto derecho de la persona a la vida; el Estado con legislaciones permisivas proabortistas, en lugar de intervenir para defender a todos, especialmente al inocente en peligro, como es su misión, y ,con medios adecuados, proteger su existencia y su crecimiento, con leyes permisivas proabortistas estaría autorizando, de hecho, la violación del derecho fundamental y la ejecución de «sentencias de muerte» injustas, sin que, además, el «moriturus» pueda defenderse; así no se sostiene el Estado de Derecho ni se fundamenta un orden justo. 
  • Han sido derrotados los grandes esfuerzos que la humanidad debe llevar a cabo en todas partes en defensa de una ecología ambiental, pues ésta no será posible sin una ecología humana.
Podemos ahondar todavía más. Las legislaciones favorecedoras del aborto ponen en cuestión el carácter de «humano» de ese nuevo ser vivo desde el momento en que es concebido o gestado. En esas legislaciones, ese ser vivo es una «cosa», un «algo», no un «alguien», un «quien», al que no se le puede sustraer la condición de ser personal, inherente a todo ser humano: ponen en juego el primado de la persona, a la que se la supedita a otros intereses por encima de la persona. Con ello queda gravemente cuestionado no sólo el derecho fundamental del hombre a la vida, sino también a ser por sí y en sí persona, el derecho de la persona misma. 

A partir de ahí ya no se sabe quién es el sujeto del derecho fundamental del hombre a la vida: ¿El ser humano «en cuanto tal» o el que deciden los legisladores, las mayorías parlamentarias, el poder, en suma? Si esto fuera así, lo mismo que lo otorgan podrían retirarlo. ¿A dónde podríamos ir a parar metidos en esta dinámica? Aquí hay una cuestión de fondo gravísima: quién, cómo y cuándo se es hombre. ¿Quién lo decide? ¿O es que está en manos del hombre –del poder y del más fuerte– el decidir cuándo se es persona? ¿Es que se puede decidir, o hay que respetar la verdad de lo que es y reconocer lo que es? Uno de los asuntos más graves y delicados de la actual situación es la desaparición de un concepto de persona y de la centralidad de la persona que no esté sometido a las decisiones cambiantes y de poder sobre la persona, a la «dictadura del relativismo», en suma. Además, cuando una sociedad se rige no por el bien y valor de la persona, sino por otros intereses por encima del valor de la persona, esa sociedad se desmorona.

El tema del aborto, pues, no es una cuestión puntual, ni siquiera una simple cuestión moral de algunos sectores de la población. Se trata de una cuestión base, muy envolvente y abarcadora de muchos aspectos, que apunta a las grandes, fundamentales e imprescindibles bases que sustentan la sociedad, también la sociedad democrática. Apostemos, pues, por el hombre, digamos «Sí» al hombre y «No» al aborto. 

Ayudemos a las madres, con una maternidad no deseada, con todos los mejores y posibles medios a nuestro alcance. Provoquemos un movimiento de reflexión y serenidad para que los problemas que se plantean en torno al aborto encuentren un camino ético, justo y social. Lo necesitamos siempre, pero aún más, si cabe, en estos momentos. 
Antonio Cañizares Cardenal
© La Razón
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=25309

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