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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

9 de noviembre de 2011

EL EMPERADOR CONSTANTINO Y LA CRISTIANIZACIÓN DEL IMPERIO ROMANO. EL TRIUNFO DE LA CRUZ.

Desde su fundación, por Jesucristo, la Iglesia católica sufrió persecuciones, primero por parte de las autoridades judías, en Palestina, y posteriormente, desde el año 64, de los emperadores romanos. Durante dos siglos y medio el cristianismo fue declarado como una religión ilícita (christianos esse non licet) en el Imperio romano, y sus fieles podían ser condenados a muerte. De hecho fueron innumerables los que murieron como mártires de su fe en este período. Pero la perseverancia de estos primeros cristianos –la mayor parte de los cuales no llegaron a ver el final del túnel– tuvo su recompensa, y la cruz logró triunfar sobre el mayor poder de la Antigüedad, Roma. 

Apenas diez años después de la última gran persecución, la de Diocleciano (303), que fue la más sanguinaria, la situación cambió súbitamente, dando un giro de 180 grados, gracias a un nuevo emperador, Constantino, para muchos cristianos auténtico instrumento de Dios. Constantino era hijo de Constancio Cloro, el cual como gobernante en las Galia y Britania, en tiempos de Diocleciano, había protegido a los cristianos. Por lo que parece, las creencias religiosas de Constantino evolucionaron hacia el monoteísmo, que se concretó en el culto al Sol Invictus. Dicha creencia en una única divinidad no fue el punto final de aquella evolución. Como muchos romanos, Constantino había conocido de cerca el cristianismo: fue testigo de la persecución del 303, y, seguramente, pudo apreciar la coherencia de vida, las virtudes y el ejemplo valiente de personas de su entorno, fieles seguidores de Cristo. Es razonable que, en este ambiente, en su afán de búsqueda, se planteara la posibilidad de que el Dios de los cristianos fuera el único y verdadero Dios. 

Las dudas de Constantino se disiparon a partir del 312. Ese año logró vencer en la guerra civil a su enemigo, Majencio. Lactancio y Eusebio de Cesarea, historiadores coetáneos de Constantino, nos hablan de unos hechos extraordinarios, que Eusebio asegura fueron relatados por el propio emperador. Según esta historia, en vísperas de la batalla final, el emperador y su ejército fueron testigos de cierto resplandor en el sol, como si fuera una cruz. La visión estuvo acompañada por unas palabras: «con éste vence», o «con este signo vencerás» (in hoc signo vinces). Después, Constantino tuvo un sueño en el que se le indicaba que fabricara una imitación del signo observado en el cielo. Entonces, el emperador ordenó realizar un estandarte donde figuraba el monograma de Cristo, formado al superponer las dos letras con las que comienza el nombre de Cristo en lengua griega, la ji (Χ) y la rho (Ρ) (1). Lactancio difiere, señalando que el citado monograma estaba constituido por una ji o una cruz cuya extremidad superior se había curvado para formar una rho. También, según Lactancio, el emperador hizo grabar este monograma en los escudos de los soldados (2). Con estos símbolos cristianos Constantino se enfrentó a su enemigo Majencio –quien acudió al combate después de consultar los libros sibilinos–, venciéndole a las afueras de Roma, en la batalla del Puente Milvio, el 28 de octubre del 312. Cuando, poco después, el triunfador entraba en Roma, evitó subir al Capitolio para ofrecer un sacrificio de agradecimiento, como era tradicional. Unos meses más tarde, Constantino y Licinio, coemperador de la parte oriental del Imperio, se reunieron en Milán y acordaron publicar el conocido como Edicto de Milán (313), por el cual se concedía plena libertad al cristianismo. La Iglesia adquiría así categoría legal, colocándose en pie de igualdad con la religión oficial romana. 

Además de su experiencia de búsqueda personal, es muy posible que, a la hora de considerar positivamente el cristianismo, Constantino, como buen político, sopesara las ventajas que la vitalidad y fuerza de la nueva fe podían suponer para la sociedad y el Estado, ayudando a regenerar el decadente Imperio romano. En este sentido, es preciso aclarar que los dioses grecorromanos hacía tiempo que ya no satisfacían a los individuos con auténtica sed espiritual. El paganismo estaba en crisis. De ahí, en parte, la expansión del cristianismo, el cual, en opinión de algún autor, podía suponer, hacia el 300-312, un 10 % de la población del Imperio (3). 

Otro factor que, sin duda, debió ayudar en algún momento del proceso que llevó a Constantino a reconocer y aceptar el cristianismo, fue la influencia de su madre, la emperatriz Sta. Elena, mujer recordada por su peregrinación a Palestina, donde encontró la Santa Cruz. 

La conversión de Constantino fue algo gradual, pero, aun cuando llegó al convencimiento de que la fe cristiana era la verdadera, el emperador fue posponiendo el momento de su bautismo, al que sólo accedió poco antes de morir, en el 337. Además, a lo largo de su reinado mantuvo el cargo de pontifex maximus, es decir, sumo sacerdote de la religión pagana. 

Desde el Edicto de Milán la actitud de Constantino será cada vez más favorable a la Iglesia. No obstante, podemos distinguir dos etapas separadas por el año 324, fecha en la que derrota a Licinio. En el primer período el emperador mantiene una postura respetuosa con la religión tradicional. Pero a partir del 324 la balanza se inclinará inequívocamente en favor del cristianismo, marcando distancias frente al paganismo. 

El ejemplo del emperador, cada vez más comprometido con la Iglesia, provocará un gran impacto en la sociedad. El cristianismo, en cierto modo, se pone de moda, las conversiones se multiplican y aquella fe que hasta hacía poco estaba proscrita empieza a transformarse en un fenómeno de masas. Paralelamente a esta movilización de la sociedad en la dirección de los valores del Evangelio, Constantino pondrá en marcha toda una serie de medidas legales que promoverán el cambio, la cristianización de la sociedad. Dichas medidas tendrán continuidad en los siguientes reinados. Se inicia, de este modo, un proceso irreversible, en el que, en menos de un siglo, se pasará de la conversión de Constantino a la cristianización del Imperio romano. 

Para comprender mejor la magnitud del cambio es preciso recordar algunas de las realidades sociales precristianas que más chocaban con los valores de la Iglesia: el abusivo poder del padre en la familia, la aceptación del infanticidio y del aborto, los desórdenes en la práctica de la sexualidad, el divorcio, la esclavitud, la crueldad e inmoralidad de ciertos espectáculos, etc. En el caso, por ejemplo, del paterfamilias o jefe de la familia, el Derecho Romano le otorgaba una potestad perpetua sobre la mujer, los hijos y los esclavos que, para los hijos, no desaparecía cuando éstos alcanzaban la madurez o se casaban y tenían descendencia. Sólo la muerte del padre hacía plenamente independientes a los hijos. El paterfamilias podía castigar, exponer, vender y aun matar al hijo. Los esclavos tenían el tratamiento de cosas, no podían contraer matrimonio civil, y el amo podía venderlos, arrendarlos, exponerlos e incluso darles muerte (4). Por otra parte, las leyes romanas no penalizaban la muerte de los recién nacidos ni les protegían contra esa eventualidad. El romano Séneca (4-65 d. C.), filósofo estoico, defendía la práctica del infanticidio: «a los perros locos les golpeamos en la cabeza, (…), a la progenie antinatural la destruimos, y asfixiamos a los niños que al nacer son débiles o anormales» (5). En ocasiones el infanticidio podía provocarse cuando nacían más niñas de las deseadas. 

Es cierto que, desde el siglo I d. C., determinados aspectos de algunas de estas costumbres y leyes se habían suavizado; sin embargo, los cambios realmente significativos e importantes tendrán lugar con Constantino y sus sucesores. 

Como ya hemos dicho, desde el Edicto de Milán (313) el trato de favor de Constantino hacia la Iglesia fue en aumento. Con dinero del Estado se construyeron basílicas en diferentes lugares, empezando por la del Vaticano, sobre la tumba de San Pedro (324), fueron otorgadas exenciones tributarias al clero, los obispos recibieron derechos jurisdiccionales, muchos cargos oficiales recayeron en cristianos, y el domingo se convirtió en el día festivo de la semana. Además, el emperador se rodeó generalmente de consejeros cristianos, como el obispo Osio de Córdoba. El interés del monarca por los asuntos eclesiásticos le llevará a propiciar la convocatoria del primer concilio ecuménico, el de Nicea (325), en el cual Constantino estuvo presente, y donde se condenó la herejía arriana. De todas formas, estas intervenciones imperiales en los asuntos de la Iglesia, si bien en muchas ocasiones supusieron una ayuda, en otros casos se convirtieron en intromisiones que provocaron serios perjuicios. 

Además de su ejemplo, otra importante contribución de Constantino a la cristianización se centró en la promulgación de una serie de leyes que coincidían con la moral de la Iglesia. En primer lugar esta legislación se ocupó de los elementos más débiles: los niños, las mujeres y los esclavos. Así, en el 315, se publicó una ley para evitar el uso del derecho del padre sobre la vida y la muerte de los hijos, y, en el 318, otra que consideraba un crimen el infanticidio. Se atendió la situación de los esclavos, facilitando su liberación y dignificando su condición. Por otro lado, el nuevo marco legal que reconocía a la Iglesia el derecho a recibir legados y donaciones o las ya citadas exenciones tributarias permitieron forjar un rico patrimonio que, desde muy pronto, sirvió a la Iglesia para desarrollar una inestimable labor asistencial con los grupos más necesitados de la sociedad. Dicha práctica de la caridad resultó de vital importancia en una época en que, como consecuencia de la crisis del Bajo Imperio, se estaban arruinando las instituciones urbanas de ayuda alimentaria. Desde entonces se estableció una costumbre secular: los ricos donan bienes a la Iglesia y ésta los canaliza para atender las carencias de los pobres. Además, fueron tomadas medidas contra el adulterio, el rapto o la prostitución, y se restringió severamente el divorcio. También se dictaron leyes contra las luchas de gladiadores y otros espectáculos cruentos, se prohibió aplicar la pena de muerte en la cruz y quedaron suprimidos algunos santuarios paganos cuyas prácticas resultaban escandalosas y ofensivas a la moral cristiana. 

La influencia de la Iglesia en la sociedad también se ejerció, cada vez más, a través de las normas elaboradas por papas, obispos y concilios. En el tema del aborto, costumbre muy arraigada en el mundo grecorromano, y repetidamente denunciada como crimen por el cristianismo, el concilio regional de Ancira, reunido en el 314 –es decir, al año siguiente del edicto de Milán–, emitió una rotunda condena de las prácticas abortivas. En posteriores ocasiones la Iglesia volverá a recordar a través de sus cánones el rechazo a la muerte deliberada de los no nacidos. El influjo de la Iglesia, en esta y otras cuestiones, alcanzará hasta los pueblos bárbaros, que entre los años 406 y 476 invaden y destruyen el Imperio romano occidental. Los visigodos –uno de estos pueblos, finalmente asentado en Hispania–, en la Lex Romana Visigotorum, publicada el 506, llegaban a castigar el aborto con la pena máxima (6). 

Muerto Constantino, en el 337, continuó el proceso de cristianización del Imperio. La sociedad se fue haciendo mayoritariamente cristiana, sobre todo en las ciudades. En la segunda mitad del siglo IV las zonas rurales eran las que más se apartaban de la influencia de la Iglesia. Precisamente es en este momento cuando se acuña el término «pagano» (de latín pagus: aldea) para referirse a los que siguen una religión que no es ni la cristiana ni la judía. La evangelización de las zonas rurales será desde entonces un nuevo reto asumido por la Iglesia. En esta tarea destacarán, entre otros, San Martín de Tours (316-397), que llevó a cabo su labor en el centro de las Galias (Francia), siendo en adelante uno de los santos más populares. 

A medida que los fieles de la Iglesia crecían imponiéndose numéricamente, los sucesores de Constantino, todos cristianos, a excepción de Juliano el Apóstata (361-363), continuaron la tarea iniciada por el vencedor del Puente Milvio, adoptando medidas que favorecían la nueva religión. El Estado se decidió por la fe del Crucificado, y ello no sólo por haber conseguido bautizar a los emperadores y convertirse en una realidad dominante. Se necesitaba el cristianismo para erigirlo en el alma y el soporte ideológico del Imperio. El paganismo, cada vez más abandonado por el pueblo, hacía tiempo que había dejado de servir, convirtiéndose en un lastre del que era necesario deshacerse. Desde mediados del siglo IV diferentes leyes perseguirán el destierro de la antigua religión. El emperador Graciano (375-383) hizo retirar el último símbolo pagano del Estado, el altar de la Victoria, que presidía las sesiones del Senado. Su sucesor, Teodosio (primero emperador de la parte oriental y luego de todo el Imperio), publicó el Edicto de Tesalónica (380), que declaraba el cristianismo católico como religión oficial del Imperio romano, ordenando, pocos años después, el cierre de los templos del viejo culto (386) y estableciendo la prohibición sobre todo tipo de sacrificios y prácticas paganas (391). 

La conversión de Constantino abrió una nueva etapa histórica para la Iglesia. Terminaban los tiempos de la cristiandad primitiva: un cristianismo centrado en pequeñas comunidades de hombres y mujeres que buscaban la santidad, viviendo con rigor el mensaje de Cristo, en medio de un ambiente totalmente adverso. El siglo IV presenció el bautismo de las multitudes. Es evidente que en el nuevo contexto aumentó la cantidad pero no la calidad. La sociedad que se configura a partir de la época constantiniana incluirá distintos grados de interiorización y puesta en práctica de las enseñanzas evangélicas, según cada bautizado, pudiendo encontrarse un amplio abanico de casos, desde los que se aplicaban en un cristianismo ejemplar hasta los que se conformaban con los niveles más superficiales. 

Esta sociedad cristiana, nacida en los últimos tiempos del Imperio romano, se transmitirá a la Edad Media y será compartida por toda Europa y parte de América hasta por lo menos el siglo XVIII. En una valoración, muy general, podemos encontrar algunos aspectos negativos. De un lado, la peligrosa relación entre política y religión, y, de otro, el clericalismo, una mentalidad que acostumbró durante siglos a establecer una equivocada división: los que podían luchar por alcanzar la santidad (los clérigos), y el resto de los bautizados (los laicos), una segunda división con un objetivo más elemental, conseguir la salvación eterna. Tal separación no existía entre los primeros cristianos, donde todos, laicos y clérigos, cada cual en sus circunstancias, luchaban por alcanzar el ideal de perfección, la santidad. Sin embargo, esta larga era de predominio cristiano, iniciada en el siglo IV, también admite otras consideraciones. Gracias al apoyo del poder político la Iglesia pudo extenderse más fácilmente, transmitiendo a la civilización occidental sus esencias, unos valores que, sin duda, han hecho del mundo un lugar mucho mejor. 

Luis Alonso Somarriba
Arvo.net, octubre 2011 
Santander, octubre del 2011. 


NOTAS: 
(1) EUSEBIO, Vita Constantini I, 28-31. 
(2) LACTANCIO, De mortibus persecutorum, XLIV, 4-6. 
(3) GARCÍA MORENO, Luis A., La Antigüedad Clásica. El Imperio Romano, tomo II** de la Historia Universal de EUNSA, Pamplona, 1984, p. 503. 
(4) SAMPER, Francisco: Derecho Romano, Pamplona, 1974, pp. 183-194. 
(5) SÉNECA, De la ira I, 15. 
(6) El aborto no fue considerado delito en Roma. Sólo en los reinados de Septimio Severo (193-211) y Caracalla (211-217) tuvo lugar un intento de castigar el aborto, si bien lo que se intentaba proteger no era la vida del feto sino el derecho del padre a su descendencia.

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