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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

12 de noviembre de 2016

EL DON DE LA GRATITUD, LA CAPACIDAD DE AGRADECER. ¿HAS APRENDIDO A DAR LAS GRACIAS? -LA CLAVE DE LA FELICIDAD- ¡Gracias a Dios por todo!.

EL DON NO PEDIDO

Y la paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones: 
a ella habéis sido llamados... Y sed agradecidos
(Co 3)
San Pablo pide para los primeros cristianos de Colosas que la paz de Cristo, esa que da el verdadero sosiego al alma, se adueñe, se apodere por completo de sus corazones. Y enseguida les recomienda: sed agradecidos.

No son muchas las personas que viven la espléndida virtud de la gratitud. De los leprosos que curó el Señor, solo el diez por ciento agradeció a Jesús tan inmenso favor.

El Maestro quedó sorprendido por la ausencia de los otros nueve, que estarían celebrando por su cuenta la curación, o se habrían marchado a sus respectivos pueblos o aldeas. ¿No son diez los que han quedado limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están?, preguntó. Y, con manifiesta pena, dijo: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino solo este extranjero?

¡Cuántas veces, quizá, el Señor ha preguntado por nosotros!: ¿dónde están?, ¿dónde está...? Mucho hemos de agradecer.

Leí hace algún tiempo una historia que refleja un poco la necesidad de esta virtud. En líneas generales, la historia podría ser esta:

Había una vez una familia muy pobre, y con muchos problemas...; en verdad, la familia era un auténtico desastre. Pero en el Cielo buscaron y encontraron muy buenos intercesores. Lo primero que hicieron estos fue ir a ver a la Virgen María. Estaban seguros de que, si la unían a su causa, todo estaba resuelto. La Madre de Dios no lo dudó un instante... Y enseguida, un Ángel se encargó de la familia.

Aquellas personas cambiaron de la noche a la mañana. Tuvieron abundantes bienes, los hijos dejaron la droga... El cambio llegó incluso a las costumbres religiosas, y así, empezaron a ir a Misa los domingos y se convirtieron en generosos colaboradores de diversas instituciones humanitarias. Pero no eran felices. En aquella familia había de todo, pero no la felicidad verdadera. Algo no funcionaba bien.

Llegaba a su fin la vida del pater familias y el Ángel se hizo presente. ¿Has sido feliz?, preguntó al padre. ¿Son felices los tuyos?

—No –contestó, desolado, el anciano–. Tenemos de todo –dijo–. Estamos, sin duda alguna, incomparablemente mejor que en aquella época de desastres. Como sabes, hasta nos hemos vuelto piadosos, damos limosnas a los necesitados... Pero en esta casa no hay felicidad. ¿Por qué? ¿Me lo podrías decir, aunque sea ahora, al final de mi vida?

—Una vez te dije –contestó el Ángel– que existe un don estrechamente ligado a la felicidad, y sin el cual esta no puede existir. Pero tú no lo has pedido nunca en todos estos años, y yo no te lo he podido dar. El Señor me puso como condición daros solo lo que pidierais.

—Un don, pero ¿qué don? –contestó el buen hombre–. No recuerdo... ¿Qué puede dar la felicidad si no es el dinero, la salud, la cultura o las diversiones...? Ni siquiera en la solidaridad con los que sufren hemos encontrado ese sentimiento. Ahora que todo ha terminado, dime, por favor, qué me ha faltado pedirte.

—Lo único que no me has pedido –repuso el enviado– es lo más importante. Y es el don de la gratitud, la capacidad de agradecer, de reconocer que todo lo que tienes te ha sido dado. Posees muchas cosas, e incluso repartes algo de tus bienes; por lo tanto, has aprendido a dar. Pero no has aprendido a dar las gracias. Y sin gratitud no hay felicidad; sin gratitud no se disfruta de lo que se tiene; sin gratitud no eres consciente de que todo es un regalo, un don del Cielo. Piensas que es algo que te mereces, que la vida o Dios te deben. Y en lugar de pensar en lo que ya posees, solo piensas en lo que todavía te falta. Por no ser agradecido no disfrutas de lo mucho que tienes. Lo siento. Lo único que no me has pedido era la clave de la felicidad.

Con frecuencia vivimos pendientes de lo que nos falta y nos fijamos poco en lo que tenemos, y quizá por eso lo apreciamos menos y somos poco agradecidos. No nos damos cuenta de que tenemos sobrados bienes y dones para ser felices, que vienen de Dios. ¿Cuántas veces hemos dado gracias por poder oír y hablar, o andar, asistir a un concierto, contemplar un paisaje, ver los colores cambiantes de los árboles en otoño o la sonrisa de un niño pequeño...? Y en lo sobrenatural, ¿hemos pensado alguna vez con detenimiento en la maravilla de una Comunión, de una Misa, de que se nos puedan perdonar los pecados...?

Muchos dones del Señor son claros y visibles; otros, a veces más valiosos, han pasado ocultos: peligros del alma y del cuerpo de los que nos ha librado el Ángel Custodio; personas a las que hemos conocido y que tendrán una importancia decisiva en nuestra vida; gracias y ayudas que nos han pasado inadvertidas; incluso acontecimientos que quizá hemos interpretado como algo negativo. Nuestra vida entera es un bien inmerecido, un don divino, un regalo. Cada día es un regalo de Dios.

San Juan Crisóstomo, que sufrió persecución, exilio y múltiples dificultades, repetía con frecuencia, como algo bien sabido: «¡Gracias a Dios por todo!». Todo es para bien. A un amigo escribía: «Me has llenado de valor y de alegría cuando, después de anunciarme tan malas noticias, has añadido esas palabras que deberíamos tener todos siempre en los labios: ¡Gracias a Dios por todo! Estas palabras son un terrible golpe para el Demonio. En cualquier peligro que nos encontremos, nos proporcionan seguridad. Basta pronunciarlas para disipar las nubes de la tristeza. No dejes de repetirlas y de recomendarlas a los demás».

Murió pocos meses más tarde de escribir estas líneas. Antes se despidió de sus amigos repitiendo esas palabras a las que tenía tanto aprecio: «¡Gracias a vosotros y a Dios por todo!».

La persona ingrata queda incapacitada para hacer algo grande en la vida. «Es imposible –afirmaba santa Teresa de Jesús– tener ánimo para cosas grandes quien no entiende estar favorecido de Dios».

Vivamos con la alegría de estar llenos de regalos; no dejemos de apreciarlos. Agradezcamos todo al Señor, lo grande y lo pequeño. «¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? –Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús, ante lo favorable y ante lo adverso: “¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno!...”. ¡Qué bueno eres con todos! Señor, ¡qué bueno has sido conmigo!

Cfr. El día que cambió mi vida
Fuente:
http://www.hablarcondios.org/meditacionperiodica.asp

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