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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

1 de enero de 2015

MARÍA MADRE DE DIOS (THEOTOKOS). SOLEMNIDAD 01 de Enero

ROMA, 01 Ene. 15 / 12:01 am (ACI).- Un nuevo año comienza y la Iglesia, cada 1 de enero, lo inicia celebrando la Solemnidad de “María, Madre de Dios” para pedir la protección de aquella que tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador. 
Conoce aquí cómo es que surge este título en honor a la Virgen y lo que hicieron los primeros cristianos para defenderlo.
La Fiesta de “María, Madre de Dios” (Theotokos) es la más antigua que se conoce en Occidente. En las Catacumbas o antiquísimos subterráneos de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, se encuentran pinturas con esta inscripción.
Según un antiguo testimonio escrito en el siglo III, los cristianos de Egipto se dirigían a María con la siguiente oración: 
  • "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita" (Liturgia de las Horas).
En el Siglo IV el término Theotokos se usaba con frecuencia en Oriente y Occidente porque ya había entrado a formar parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.
Sin embargo, en el siglo V, el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”.
Nestorio había caído en un error debido a su dificultad para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas – divina y humana – presentes en él.
EL CONCILIO DE ÉFESO
Los obispos, por su parte, reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo. A su vez declararon: 
  • "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".
Concilio de Éfeso
III concilio ecuménico
de la Iglesia católica

Inicio22 de junio de 431
Término16 de julio de 431
Aceptado porIglesia católicaIglesia ortodoxa e Iglesia copta
Convocado porEmperador Teodosio II
Presidido porPatriarca Cirilo de Alejandría
Asistencia200 - 250
Temas de discusiónNestorianismo
Cánones8
Cronología
Concilio de Constantinopla IConcilio de ÉfesoConcilio de Calcedonia
Luego, acompañados por el pueblo y portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: 
  • "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".
San Juan Pablo II
Papa de la Iglesia católica
16 de octubre de 1978-2 de abril de 2005
JohannesPaul2-portrait.jpg
Juan Pablo II en 1993.
Ordenación1 de noviembre de 1946
por Adam Stefan Sapieha
Consagración episcopal28 de septiembre de 1958
por Eugeniusz Baziak
Proclamación cardenalicia26 de junio de 1967
por Pablo VI
SecretarioStanisław Dziwisz
PredecesorJuan Pablo I
SucesorBenedicto XVI
Cardenales creadosVéase categoría
Información personal
Nombre secularKarol Józef Wojtyła
NacimientoBandera de Polonia WadowicePolonia
18 de mayo de 1920
FallecimientoFlag of the Vatican City.svg Ciudad del Vaticano
2 de abril de 2005
(84 años)
PadresKarol Wojtyła
Emilia Kaczorowska
Santidad
Beatificación1 de mayo de 2011
por Benedicto XVI
Canonización27 de abril de 2014
por Francisco
Festividad22 de octubre
PatronazgoJornada Mundial de la Juventud,1 familias,2

FirmaFirma de San Juan Pablo II
John paul 2 coa.svg
Totus tuus, Maria, ego sum
Ficha en catholic-hierarchy.org
San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, reflexionó sobre las objeciones planteadas por Nestorio para que se comprenda mejor el título “María, Madre de Dios”.
“La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: 
- ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? 
La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: 
  • la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”, dijo el Pontífice.
“El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”, añadió.
Asimismo, señaló que la maternidad de María 
  • no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. 
Además, 
  • “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, enfatizó San Juan Pablo II.
Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino también nuestra porque así lo quiso Jesucristo en la cruz
Por ello, al comenzar el nuevo año, pidámosle a María que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo
La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer Fiesta Mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma.
La Iglesia de Santa María Antigua, situada en el Foro de Roma
La antigüedad de la celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” (Theotókos) que han sido encontradas en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones.
Reabre sus puertas tras ocho años de labores de reparación, en la que arquitectos y restauradores han devuelto el esplendor a uno de los testimonios más extraordinarios de la cristiandad y el arte bizantino de la Edad Media.
Más adelante, el rito romano celebraba el 1º de enero la octava de Navidad, conmemorando la circuncisión del Niño Jesús. Tras desaparecer la antigua fiesta mariana, en 1931, el Papa Pío XI, con ocasión del XV centenario del concilio de Éfeso (431), instituyó la Fiesta Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo de este Concilio, en el que se proclamó solemnemente a Santa María como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario –luego del Concilio Vaticano II– se trasladó la fiesta al 1 de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios.
De esta manera, esta Fiesta Mariana encuentra un marco litúrgico más adecuado en el tiempo de la Navidad del Señor; y al mismo tiempo, todos los católicos empezamos el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María.
Asimismo, San Cirilo de Alejandría resaltó: 
  • “Se dirá: ¿la Virgen es madre de la divinidad? A eso respondemos: el Verbo viviente, subsistente, fue engendrado por la misma substancia de Dios Padre, existe desde toda la eternidad... Pero en el tiempo él se hizo carne, por eso se puede decir que nació de mujer”.
San Cirilo de Alejandría
Patriarca de la Iglesia ortodoxa
Cyril of Alexandria.jpg
IglesiaIglesia ortodoxa de Alejandría
PredecesorTeófilo I
SucesorDióscoro I
Información personal
TítulosPatriarca de Alejandría
Nacimientoc. 370-373
AlejandríaImperio romano de Oriente
Fallecimientoc. 444
Santidad
Festividad27 de junio Novus Ordo
9 de febrero Vetus Ordo
18 de enero y 9 de junioBizantino
Atributosvestimentas obispo griego
Venerado enIglesia coptaIglesia católica,Iglesia ortodoxa
PatronazgoAlejandría
MADRE DEL NIÑO DIOS
  • “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”
María Madre de Dios de Vladimir
Es desde ese fiat, hágase que Santa María respondió firme y amorosamente al Plan de Dios; gracias a su entrega generosa Dios mismo se pudo encarnar para traernos la Reconciliación, que nos libra de las heridas del pecado.
La doncella de Nazareth, la llena de gracia, al asumir en su vientre al Niño Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, se convierte en la Madre de Dios, dando todo de sí para su Hijo; vemos pues que todo en ella apunta a su Hijo Jesús.
Es por ello, que María es modelo para todo cristiano que busca día a día alcanzar su santificación. En nuestra Madre Santa María encontramos la guía segura que nos introduce en la vida del Señor Jesús, ayudándonos a conformarnos con Él y poder decir como el Apóstol “vivo yo más no yo, es Cristo quien vive en mí”.

JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERALMiércoles 27 de noviembre de 1996
MARÍA, MADRE DE DIOS
(Lectura: 
evangelio de san Lucas, capítulo 1, 
versículos 34-35)

1. La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso.

En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la "Madre de Jesús" y se afirma que él es Dios (Jn 20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 22­23).

Ya en el siglo III, como se deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a María con esta oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita" (Liturgia de las Horas)En este antiguo testimonio aparece por primera vez de forma explícita la expresión Theotokos, "Madre de Dios".

En la mitología pagana a menudo alguna diosa era presentada como madre de algún dios. Por ejemplo, Zeus, dios supremo, tenía por madre a la diosa Rea. Ese contexto facilitó, tal vez, en los cristianos el uso del título Theotokos, "Madre de Dios", para la madre de Jesús. Con todo, conviene notar que este título no existía, sino que fue creado por los cristianos para expresar una fe que no tenía nada que ver con la mitología pagana, la fe en la concepción virginal, en el seno de María, de Aquel que era desde siempre el Verbo eterno de Dios.

2. En el siglo IV, el termino Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia.

Por ello se comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando Nestorio puso en duda la legitimidad del título "Madre de Dios". En efecto, al pretender considerar a María sólo como madre del hombre Jesús, sostenía que sólo era correcta doctrinalmente la expresión "Madre de Cristo". Lo que indujo a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas ―divina y humana― presentes en él.

El concilio de Éfeso, en el año 431, condenó sus tesis y, al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de Dios.

3. Las dificultades y las objeciones planteadas por Nestorio nos brindan la ocasión de hacer algunas reflexiones útiles para comprender e interpretar correctamente ese titulo. La expresión Theotokos, que literalmente significa "la que ha engendrado a Dios", a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz.

Así pues, al proclamar a María "Madre de Dios", la Iglesia desea afirmar que ella es la "Madre del Verbo encarnado, que es Dios". Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana.

La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre de Dios.

4. Cuando proclama a María "Madre de Dios", la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y en la Madre. Esta unión aparece ya en el concilio de Éfeso; con la definición de la maternidad divina de María los padres querían poner de relieve su fe en la divinidad de Cristo. A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre la oportunidad de reconocer a María ese título, los cristianos de todos los tiempos, interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y de su amor a la Virgen.

En la Theotokos la Iglesia, por una parte, encuentra la garantía de la realidad de la Encarnación, porque, como afirma san Agustín, "si la Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (...) y serían ficticias también las cicatrices de la resurrección" (Tract. in Ev. Ioannis, 8, 6­7). Y, por otra, contempla con asombro y celebra con veneración la inmensa grandeza que confirió a María Aquel que quiso ser hijo suyo. La expresión "Madre de Dios" nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina. Pero ese título, a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación. En efecto, Dios trata a María como persona libre y responsable y no realiza la encarnación de su Hijo sino después de haber obtenido su consentimiento.

Siguiendo el ejemplo de los antiguos cristianos de Egipto, los fieles se encomiendan a Aquella que, siendo Madre de Dios, puede obtener de su Hijo divino las gracias de la liberación de los peligros y de la salvación.

Saludos
Queridos hermanos y hermanas:
Saludo con agrado a todas las personas de lengua española presentes en esta audiencia, en particular, a los peregrinos venidos desde España, México, Guatemala, Perú y Argentina. Os invito a acogeros bajo la protección de aquella que por ser Madre de Dios puede obtener de su divino Hijo la gracia de la liberación de todo peligro y la salvación eterna.

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. (Lucas 2, 16-21)
HIJA DE SU HIJO
Hoy celebra la Iglesia la solemnidad de María Madre de Dios. En la segunda lectura san Pablo expresa así este misterio:
“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.
Con estas palabras la divina maternidad de María viene inmersa en el corazón del misterio cristiano. Nuestra misma adopción como hijos de Dios está unida, como se ve, a ella. Los Padres que en el concilio de Éfeso, del 431, definieron a María como Theotókos, generadora de Dios; no se equivocaban por lo tanto cuando le atribuían a este título una importancia decisiva para todo el pensamiento cristiano. Ello nos habla al mismo tiempo de Jesús, de Dios y de María.
Nos habla, ante todo, de Jesús; y es, más bien, el camino mejor para descubrir el verdadero sentido de la Navidad, de la que hoy se celebra la octava. En el comienzo Madre de Dios fue un título que se refería más a Jesús que a la Virgen. De Jesús, este título nos prueba ante todo que él es verdadero hombre: “¿Por qué decimos que Cristo es hombre, si no es porque es nacido de María que es una criatura humana?”, decía Tertuliano. No sólo nos dice que es hombre en cuanto a la esencia, sino también en cuanto a la existencia, porque ha querido compartir del hombre no sólo genéricamente la naturaleza sino también la experiencia. Ha vivido la vicisitud humana en todo su ser concreto.
El aspecto más difícil de admitir de esta imitación del hombre por parte de Cristo fue, al inicio, precisamente ser concebido y nacer por una mujer. A un hereje gnóstico, que se impresionaba ante la idea de un Dios “cuajado en el útero, parido entre dolores, lavado, vendado”, le respondía Tertuliano: “Es que Cristo ha amado al hombre y junto con el hombre ha amado también su modo de venir al mundo. Este objeto natural de veneración, que es el nacimiento de un hombre y el dolor de una mujer en el parto, tú lo desprecias; y sin embargo ¿tú cómo has nacido?”
De Jesús, el título de Madre de Dios prueba, en segundo lugar, que es verdadero Dios. Sólo si Jesús es contemplado no como un simple hombre es posible llamar a María “Madre de Dios”. De otro modo, se le podría llamar Madre de Jesús o de Cristo; pero, no de Dios. El título “Madre de Dios” es como un espía o un centinela: vela sobre el título “Dios”, dado a Jesús, a fin de que no sea vaciado de contenido o agotado. El título “Madre de Dios” no se justifica más y llega a ser, por el contrario, blasfemo, apenas se deja de reconocer en Jesús al Dios hecho hombre.
En fin, de Jesús, el título “Madre de Dios” certifica que él es Dios y hombre en una sola persona. Más bien éste es el fin por el que fue patrocinado por los Padres en el concilio de Éfeso. Este título nos habla de la unidad profunda entre Dios y el hombre realizada en Jesús; de cómo Dios se haya unido al hombre y lo haya incorporado a sí en la unidad más profunda que exista en el mundo, la unidad de la persona. El seno de María –decían los Padres– ha sido el “tálamo” en el que han tenido lugar las nupcias de Dios con la humanidad, el “laboratorio” en el que se realizó la unión de Dios y del hombre.
Si en Jesús humanidad y divinidad hubieren estado unidas –como pensaban los herejes condenados en Éfeso– con una unión sólo moral y no personal, María no podría ser llamada más Madre de Dios, sino sólo Madre de Cristo. “Los Padres –escribe san Cirilo de Alejandría– no dudaron en llamar a la santísima Virgen Madre de Dios, ciertamente no porque la naturaleza del Verbo o la divinidad haya tenido origen a través de ella, sino porque nació de ella el santo cuerpo, dotado de un alma racional, al que el Verbo se ha unido hasta formar con él una sola persona”. María es aquella por la que Dios se ha anclado a la tierra y a la humanidad; la que, con su divina y humanísima maternidad, ha hecho para siempre de Dios al Emmanuel, el Dios –con– nosotros. Ha hecho de Cristo a nuestro hermano.
El título “Madre de Dios”, más que de Cristo, nos habla de Dios. Ante todo nos habla de la humildad de Dios. ¡Dios ha querido tener una Madre! Y especular que en el desarrollo del pensamiento humano hemos llegado a un punto en que hay pensadores que encuentran hasta extraño y casi ofensivo para un ser humano el hecho de haber tenido a una madre, porque esto significa depender radicalmente de alguien, no haber sido hecho de por sí, no poder proyectar enteramente la propia existencia por sí solos.
El hombre, desde siempre, busca a Dios en lo alto. Busca construir, con sus esfuerzos ascéticos o intelectuales, una especie de pirámide, pensando que en el vértice de ella encontrará a Dios o su equivalente, que en algunas religiones es la Nada. Y no se da cuenta que Dios ha descendido y ha pasado de un extremo a otro la pirámide; se ha puesto él mismo en la base, para llevar sobre sí a todo y a todos. Dios se hace presente silenciosamente en las entrañas de una mujer.
¡Qué contraste con el dios de los filósofos, qué ducha fría para el orgullo humano y qué invitación a la humildad! Dios desciende en el corazón mismo de la materia, porque madre, mater, proviene de materia, en el sentido más noble del término, que indica concreción y realidad, o también metro, medida. El Dios, que se hace carne en el seno de una mujer, es el mismo que se hace presente después en el corazón de la materia del mundo y en la Eucaristía. Es una única economía y un único estilo. San Ireneo tiene razón al decir que si no se entiende el nacimiento de Dios desde María no se puede ni siquiera entender la Eucaristía.
Escogiendo esta vía materna para manifestarse a nosotros, Dios ha revelado la dignidad de la mujer en cuanto tal. “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”, nos ha dicho san Pablo (Gálatas 4, 4). Si él hubiese dicho: “nacido de María” se habría tratado sólo de un detalle biográfico; diciendo “nacido de mujer” ha dado a su afirmación una capacidad universal e inmensa. Es la mujer misma, cada mujer, la que ha estado elevada, en María, a tan increíble excelencia. María es aquí la mujer. Hoy se habla tanto de la promoción de la mujer, que es uno de los signos de los tiempos más bellos y alentadores. Pero, ¡con qué retraso estamos respecto a Dios! Él nos ha precedido a todos, ha conferido a la mujer un honor tal de hacernos enmudecer a todos.
El título “Madre de Dios” nos habla, en fin, naturalmente de María. María es la única en el universo, se puede decir, a la que, dirigida a Jesús, se le dice lo que a él le manifiesta el Padre celestial: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” (Lucas 3, 22). San Ignacio de Antioquía dice con toda sencillez que Jesús es “de Dios y de María”. Casi al igual como nosotros decimos de un hombre que es hijo de tal y de cual. Dante Alghieri ha encerrado la doble paradoja de María, que es “Virgen y Madre” y “madre e hija”, en un solo verso: “¡Virgen Madre, hija de tu Hijo!”
El título “Madre de Dios” basta por sí solo para fundamentar la grandeza de María y para justificar el honor tributado a ella. Tal vez se nos ha echado en cara a los católicos el exagerar con el honor y con la importancia atribuidos a María; y a veces es necesario reconocer que el reproche era justificado, al menos por el modo con que ello ocurría. Pero, no se piensa nunca en lo que ha hecho Dios. Dios se ha ido de tal manera hacia adelante en honrar a María haciéndola Madre de Dios, que nadie puede expresar ya más, incluso si tuviese –dice el mismo Lutero– tantas lenguas cuantas son las hojas de la hierba: “Llamándola Madre de Dios se ha incluido todo su honor; nadie puede decir de ella o a ella algo más grande incluso si tuviese tantas lenguas cuantas son las hojas de la hierba, las estrellas del cielo y la arena del mar. También nuestro corazón debe reflexionar qué significa ser Madre de Dios”.
El título Madre de Dios pone a María en una relación única con cada una de las personas de la Trinidad. San Francisco de Asís, en una oración, lo expresaba así: “Santa María Virgen, no hay ninguna semejante a ti, nacida en el mundo, entre las mujeres, hija del santísimo Señor nuestro Jesucristo, esposa del Espíritu Santo… ruega por nosotros a tu santísimo querido Hijo, Señor y Maestro”.
El título de “Madre de Dios” es también hoy el punto de encuentro y la base común para todos los cristianos, del que volver a partir para reencontrar el entendimiento en torno al puesto de María en la fe. Es el único título ecuménico, no sólo de derecho, porque está definido en un concilio Ecuménico, sino también de hecho porque está reconocido por todas las Iglesias. Hemos escuchado lo que pensaba Lutero. En otra ocasión, él escribió: “El artículo que afirma que María es Madre de Dios está vigente en la Iglesia desde los inicios y el concilio de Éfeso no lo ha definido como nuevo, porque era ya una verdad sostenida en el Evangelio y en la Sagrada Escritura… Las palabras de Lucas 1, 32 y de Gálatas 4, 4 sostienen con mucha firmeza que María es verdaderamente la Madre de Dios”. “Nosotros creemos, enseñamos y confesamos –se lee en una fórmula de fe compuesta después de su muerte– que María es justamente llamada Madre de Dios y lo es verdaderamente”.
Madre de Dios, Theotókos, es por lo tanto el título al que necesariamente hay que volver, distinguiéndolo de toda la infinita serie de otros nombres y títulos marianos. Si se tomase esto en serio por todas las Iglesias y valorado de hecho, más que reconocido de derecho en sede dogmática, bastaría para crear una fundamental unidad en torno a María y ella, más que ocasión de división entre los cristianos, llegaría a ser, después del Espíritu Santo, el más importante factor de unidad ecuménica, la que ayuda maternalmente a “reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (cfr. Juan 11, 52).
Durante el desarrollo del concilio de Éfeso, hubo un obispo que, durante una homilía, se dirigió a los Padres conciliares con estas palabras: “No le privamos a la Virgen, Madre de Dios, del honor que le confirió el misterio de la Encarnación. ¿No es absurdo, oh queridos, glorificar, junto con los altares de Cristo, a la cruz ignominiosa que le sostiene y hacerla resplandecer en el rostro a la Iglesia, y privar después del honor de ser Madre de Dios a aquella que en vistas a tan gran beneficio amparó a la divinidad?”
Después de haber reflexionado sobre la extraordinaria grandeza que el título “Madre de Dios” le confiere a María, se entiende cómo Dante pueda decir en su estupenda oración a la Virgen:
“Mujer, eres tan grande y tanto vales
que cuál vuelo gratifica y a ti no afecta
en la distancia, quieres volar sin alas”.
Este título está creado para infundirnos confianza en la intercesión de María. El más antiguo texto cristiano en que María viene llamada Madre de Dios (mucho antes que en el concilio de Éfeso) es la oración por excelencia de la confianza en María, el Sub tuum praesidium. Con ella queremos concluir nuestra reflexión de hoy: “Bajo tu protección, santa Madre de Dios, nos refugiamos; no desprecies nuestra súplicas a los que nos encontramos en la tribulación, sino que líbranos siempre de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita”.
Padre Raniero Cantalamessa
Fuente:
https://www.aciprensa.com/Maria/madredios/introduccion.htm
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/1996/documents/hf_jp-ii_aud_19961127_sp.html
http://misionmas.wordpress.com/2015/01/01/maria-santisima-madre-de-dios-padre-raniero-cantalamessa/

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