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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

25 de noviembre de 2013

BUSCANDO LA FELICIDAD

Juan Manuel de Prada, es un escritor, crítico literario y articulista español
En sus artículos, De Prada expone generalmente un discurso tradicionalista y conservador, y defiende apasionadamente los puntos de vista de la Iglesia Católica en cuestiones polémicas tales como el aborto, la eutanasia y el matrimonio homosexual
Se muestra crítico con el liberalismo y con la alienación del individuo en el contexto de la posmodernidad y el capitalismo.
Si tuviera que elegir la 'idea' que más daño ha hecho a las personas citaría, sin duda alguna, aquella utópica proclama de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en la que se menciona, entre los derechos inalienables del hombre, «la búsqueda de la felicidad» (the pursuit of happiness). 
La idea que subyace en la proclama es especialmente malvada, pues debe notarse que no consagra el 'derecho a la felicidad' (que sería un pronunciamiento vacuo o descaradamente cínico), sino a su 'búsqueda', que es tanto como introducir en la vida un veneno y una desazón constantes, como la propia elección del término pursuit sugiere. La gente, sin embargo, suele repetir que tiene un ilusorio 'derecho a ser feliz' (algo tan absurdo como decir que se tiene derecho a ser listo o a gustar a las mujeres), donde se prueba la capacidad de sugestión que tiene la malvada proclama, que lo único que 'consagra' es el derecho a tirarse toda la vida como un zascandil detrás de una entelequia, como Aquiles se tiraba toda la vida detrás de la tortuga, en la paradoja de Zenón de Elea.
No intentaremos aquí definir un término tan brumoso como felicidad, que en su acepción moderna tiene además un inequívoco tufillo azufroso. 
Nos interesa mucho más el sentido del sintagma 'derecho a la búsqueda de la felicidad', que vendría a ser algo así como un sedicente derecho a elaborar un proyecto vital que nos permita aproximarnos lo máximo posible a un ideal que previamente hemos concebido; y que, por supuesto, será un ideal quimérico, dado el elevado concepto que tenemos sobre nosotros mismos.
El 'derecho a la búsqueda de la felicidad' sería, en definitiva, el derecho a confeccionar nuestra biografía al margen de la realidad y al dictado de nuestros deseos y apetencias; y siempre, por supuesto, considerando que nos merecemos mucho más de lo que tenemos. ¡Derecho a soñar!, diría un sensiblero.
Y, empachados de sueños y sensiblerías, malogramos nuestras vidas.
Este 'derecho', que hoy nos parece algo tan consabido como el aire que respiramos, se trata sin embargo de una relativa novedad en la historia humana. 
Durante mucho tiempo, la gente venía al mundo aceptando que su biografía se habría de desarrollar dentro de unas coordenadas establecidas: se nacía en un lugar en el que probablemente también se moriría; con frecuencia se heredaba un oficio familiar, se concertaban los matrimonios, etcétera. Dependiendo, sin embargo, del grado de atención que la comunidad mostrase a los carismas personales de sus miembros, podía ocurrir que el hijo del carpintero terminase siendo poeta, o casándose con una mujer distinta a la que sus padres en principio le habían asignado; pero solo si en verdad tenía dotes de poeta, o solo si en verdad esa mujer le convenía más, por conformidad de caracteres y concordancia de intereses vitales.
En nuestra época, por el contario, una persona sin dotes poéticas puede concluir que quiere ser poeta, haciendo uso de su 'derecho a ser feliz'. 
De nada servirá que sus dotes poéticas sean escasas, o incluso nulas; tratará de imponer su deseo de ser poeta contra viento y marea. Aunque no sepa medir un verso, aunque carezca de sensibilidad estética, se empeñará en ser poeta.

  • A los veinte años, tal propósito quimérico le hará descuidar sus estudios, desdeñar trabajos que considera indignos de su vocación, o aceptarlos de mala gana. 
  • A los treinta años, este propósito quimérico la habrá empujado a enfrentarse con su familia, a desgraciar su noviazgo, a pasar estrecheces sin cuento, a reconcomerse de envidia, viendo que otros que tenían idéntico propósito al suyo han alcanzado el reconocimiento.
  • A los cuarenta años, aquella persona que quería ser poeta careciendo de dotes ya sabe que nunca alcanzará a serlo, o no al menos en el grado de reconocimiento que había soñado para sí: para entonces, si es de buena índole, la depresión le hincará sus garras; si su índole es revirada, el resentimiento irá conquistando, por irradiación concéntrica, todos los estratos de su alma, hasta convertirla en un saco de pus; y, en uno u otro caso, su fracaso no hará sino contagiar de amargura a quienes la rodean. 
He conocido a demasiadas personas a las que el afán por construir su propia biografía ha conducido a crueles callejones sin salida; y yo mismo he padecido las consecuencias de pretender quimeras que no se fundan sino en deseos desnortados. 

Creo que no hay ningún daño comparable al que ocasiona este quimérico 'derecho a la búsqueda de la felicidad', que es el disfraz engatusador bajo el que se oculta -llenándonos la cabeza de pájaros- la condena perpetua a la infelicidad.

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