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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

18 de noviembre de 2012

¿QUIÉN ES MÁS BOBO?. EL ATEO O EL AGNÓSTICO

La vida de cada uno es un camino personal
¿Quién es más bobo -nos preguntábamos un alumno de primero de Bachillerato y yo-, el ateo que niega la existencia de Dios o el agnóstico que simplemente vive como si Dios no existiera "porque nadie se lo ha presentado"?

Yo siempre había pensado que el ateísmo sólo es explicable por una especie de espejismo que ha conducido al error a muchas generaciones en los últimos siglos. Pero en sí mismo el planteamiento ateo es absolutamente acientífico e irracional. Si prescindimos de los justificantes culturales históricos que han permitido que tantas personas inteligentes incurran en esa estupidez, lo cierto es que el ateísmo no tiene dónde sostenerse. Negar la existencia de cualquier cosa por el solo hecho de que yo no la conozca, es ya signo de estupidez. La mayor parte de las herejías lo son no por lo que afirman, sino por lo que niegan. La negación tiene algo de absoluto y, por tanto, de arriesgado. La afirmación es lo propio de los hombres, que vamos conociendo el mundo de forma paulatina y progresiva. Podemos errar, pero es más fácil que el error sea de apreciación o de matiz.

Cuando lo que negamos es la misma existencia de Dios, no me cabe duda de que ya en eso mismo se manifiesta la soberbia en grado sumo. Nos situamos en el centro del Universo y somos quienes decidimos qué es lo que existe y lo que no.

Siempre he sentido cierta estima por los agnósticos. Me agradaron mucho las palabras del Papa, pronunciadas hace unos meses, en las que afirmaba que muchos agnósticos pueden estar más cerca de Dios que tantos católicos tibios que no se esfuerzan en vivir las exigencias de la Fe y de su condición de hijos de Dios. El agnóstico, en efecto, es suficientemente sensato como para no negar la existencia de nada por el simple hecho de no conocerlo; admite que la Fe puede suponer un gran regalo en la vida de la persona e incluso facilitar mucho la existencia, pero asegura sinceramente que ese regalo no le ha sido concedido.

¿Quién es más bobo?
Después de todo lo que hemos dicho, es difícil saber quién es más bobo.
La pereza y la comodidad, en ocasiones, son comunes en los agnósticos y en los católicos tibios 

El ateo puede serlo con una cierta justificación intelectual, embebido en las doctrinas filosóficas del siglo XIX.

El agnóstico parece actuar con gran serenidad y un cierto señorío. No incurre en la estupidez indicada, pero corre también el peligro de usar esa actitud para enmascarar la comodidad y vivir con una moral hecha a la medida de sus gustos.

El católico tibio -y entre ellos cabe incluir a los llamados católicos no practicantes- pueden ser también víctimas de la misma comodidad vital, pero están instalados en una contradicción, puesto que si es cierto lo que afirman -ser católicos- deberían estar en una en proceso de continua conversión.

En definitiva, podemos decir que el menos tonto es el creyente o el que -aun sin haber recibido la Fe- está en búsqueda constante de la verdad. El agnóstico buscará esa verdad en los caminos del mundo y de la conciencia moral; el creyente , en cambio, no sólo en esos caminos que podemos denominar naturales o comunes a todos los hombres sino también en las fuentes de la Revelación.

Precisamente porque la vida tiene estructura de camino, es necesario haber intentado recorrer algunas etapas, descubrir los ámbitos de la realidad, estar abiertos a los valores que la inteligencia naturalmente reconoce de manera espontánea.
El principio del camino es el deseo de Dios; el final está simbolizado por la montaña

Hablando de manera simbólica, si no se ha subido ninguna montaña es difícil justificar la actitud del que se define "agnóstico" acerca de lo que hay o no hay al otro lado.

En definitiva, el deseo de Dios es el principio del camino. Es Él quien lo pone en el corazón. 
A veces no lo sabemos interpretar y lo confundimos con otros sentimientos o ideas; sin embargo, es ese deseo de Dios el que nos pone en movimiento a todos: a los creyentes para seguir siéndolo; y a los que no creen, para ponerse en condiciones de recibir la Fe.

Si el principio del camino es el deseo de Dios; el final del camino está simbólicamente representado por la montaña. Allí arriba, en la cumbre, termina el camino. Ya no se puede subir más alto. Ya sólo está el Cielo y todo el panorama del mundo que se extiende a nuestros pies.
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