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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

8 de octubre de 2012

LA ASISTENCIA SOCIAL DE LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA

 
Frecuentemente los medios de comunicación insisten en presentarnos una visión oscurantista de la Edad Media, exagerando los errores, divulgando mentiras y pasando de puntillas por sus logros más sobresalientes, como la belleza alcanzada por las catedrales góticas o el impulso que para la cultura supuso el nacimiento de las universidades. En este sentido, seguramente una de las realidades más relevantes, y a la vez más olvidadas de aquellos siglos, sea la labor de asistencia social desarrollada por la Iglesia. 

En el Medievo la pobreza era un mal de una abrumadora presencia. Amplios sectores de la sociedad vivían en una situación de precariedad económica. Una mala cosecha, la enfermedad o la muerte de un miembro de la familia podían ser factores determinantes para caer en la indigencia.
Desde la época de los Apóstoles la Iglesia se sintió impulsada por la fuerza del mandamiento de la caridad, poniéndolo en práctica de diferentes maneras, comenzando por el difícil período de las persecuciones romanas. A partir del siglo IV el cristianismo se convierte en la religión dominante, y, tras la caída del Imperio Romano (siglo V), ayudará a construir una nueva civilización, fundada en los valores del Evangelio. Entramos así en la Edad Media (siglos V-XV), un tiempo en el que la Iglesia, además de llevar a cabo su labor espiritual, asumió la inmensa tarea de auxiliar el sufrimiento humano, ayudando a los más necesitados. 

San Jerónimo
La beneficencia, fruto del ideal cristiano del amor fraterno, se concretó principalmente en la creación de hospitales. Estos centros no tenían las mismas características y funciones que hoy en día. Los hospitales medievales ofrecían cuidados materiales y asistencia espiritual. En ellos, según las circunstancias, se podían realizar una o varias funciones: atender enfermos, recoger ancianos, niños y pobres, y dar hospedaje temporal a peregrinos y viajeros. Los hospitales medievales o bien eran fundaciones eclesiásticas o estaban atendidos, en distinta medida, por miembros del clero.
En la Francia del Medievo los hospitales eran a menudo denominados «casas de Dios» (hôtels-Dieu). Una de estas instituciones fue el Hôtel-Dieu de París, adyacente a la catedral de Notre Dame, fundado hacia el año 650 por el obispo Landerico. Al igual que otros hospitales instituidos en la Edad Media, el Hôtel-Dieu parisino ha sabido perdurar hasta la actualidad.
El mayor nivel se alcanzó en el Imperio bizantino, donde se desarrollaron sofisticados centros hospitalarios, «los xenones», que contaron con una dotación y nivel científico superior a los del Occidente cristiano.

Con motivo de las cruzadas (1096-1291) nacieron en Tierra Santa distintas órdenes militares que desplegaron una importante labor hospitalaria. Destacaron en este ámbito los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, los Caballeros de San Lázaro y los Caballeros Teutónicos. La tarea asistencial de estas órdenes se extendió desde Palestina a Europa, donde establecieron numerosos hospitales. En el caso de los Caballeros de San Juan del Hospital, su obra ha perdurando hasta nuestros días a través de su directa heredera, la Orden de Malta. 
La lepra, enfermedad maldita, que desde la Antigüedad implicaba la segregación del resto de la comunidad, fue un problema asumido desde muy pronto por la Iglesia. Las leproserías fueron evolucionando y terminaron conociéndose como casas de San Lázaro o lazaretos. El primer centro de leprosos del que tenemos noticia es el que fundó San Gregorio de Tours en el siglo VI. A las afueras de Jerusalén, durante las cruzadas, se abrió una casa para enfermos de lepra, atendidos por una comunidad monástica. Este fue el origen de la ya citada Orden de San Lázaro, que mantendrá múltiples centros para leprosos en Europa. 
Junto a las ya citadas organizaciones, entre los siglos XI-XV fueron naciendo otras órdenes dedicadas al cuidado de los enfermos, como la de San Antonio (1095) y la del Espíritu Santo (1198). Un caso particular fue el protagonizado por los trinitarios y los mercedarios, creados en 1198 y 1218, respectivamente, con la misión de rescatar a los cristianos que caían cautivos en manos de los musulmanes. Asimismo, también los frailes mendicantes, dominicos y franciscanos, estuvieron vinculados con distintas obras benéficas

Además, el espíritu cristiano que dominó en aquella época, influyó poderosamente sobre las más importantes instituciones civiles –reyes, municipios, gremios– y grupos sociales, dando como fruto en todos los ambientes distintas iniciativas a favor de la justicia social y en apoyo de la beneficencia.
Entre todas las obras sociales emprendidas en la Iglesia durante la Edad Media, podemos destacar la desarrollada por los monjes. Los monasterios medievales constituyeron importantes centros de espiritualidad y cultura. Entre sus claustros se formaron escuelas y bibliotecas, y los monjes copiaron, pacientemente a mano, los textos de los autores griegos y latinos, salvando así el legado cultural del mundo clásico. Sin embargo, es mucho menos conocido el trabajo realizado por los centros monásticos en favor de los enfermos y demás personas necesitadas. 

Desde los primeros siglos del Medievo, prácticamente todas las reglas monásticas incluyeron las tareas de la hospitalidad. En la Regula monachorum de San Isidoro de Sevilla (s. VII), el abad era el máximo responsable de la hospitalidad, siendo esta función especialmente recordada en la ceremonia de su consagración (1). En el caso de los cenobios fundados por San Fructuoso (s. VII), en la comarca española del Bierzo, los que aspiraban a ingresar en la comunidad debían servir durante un año en la hospedería «haciendo las camas de los huéspedes y peregrinos, calentándoles el agua para los pies, acarreando sobre sus espaldas cada día las cargas de leña,y todo ello en actitud de servicio y de humildad» (2). 
San Benito (480-547), principal impulsor del monacato en Europa Occidental, prescribió una serie de normas para seguirse con los que se acogieran al amparo de un monasterio: «Una vez que ha sido anunciada la llegada de un huésped, irán a su encuentro el superior y los hermanos con todas las delicadezas de la caridad. (…) El abad dará el aguamanos a los huéspedes, y tanto él como la comunidad entera lavarán los pies a todos los huéspedes, (…). Pero, sobre todo, se les dará una acogida especial a los pobres y extranjeros, colmándoles de atenciones, porque en ellos se recibe a Cristo de una manera particular (…)» (3). San Benito ordena que la hospedería de los monasterios esté confiada a un monje «cuya alma esté poseída por el temor de Dios», que deberá tener siempre preparadas un número de camas suficientes. Igualmente, se indica que la hospedería disponga de una cocina en la que trabajarán «dos hermanos que cumplan bien ese oficio» (4).
Por su parte, los canónigos regulares –peculiar variante del monacato– encomendaban la atención directa de los hospitales a personal laico. En España podemos destacar los hospitales, ligados a comunidades y colegiatas de canónigos, situados a lo largo del camino de Santiago, como los de Roncesvalles, Pamplona, San Juan de Ortega (Burgos) y San Isidoro de León.

Los hospitales monásticos estaban normalmente ubicados en un edificio anexo. El hecho de que algunos monasterios conservaran escritos de autores grecorromanos sobre Medicina permitió que ciertos monjes adquirieran conocimientos en esta ciencia propios de los profesionales de la época. Con todo, lo que la Medicina podía ofrecer era muy limitado. Los tratamientos se basaban en el reposo, el calor, la dieta, las hierbas, las purgas y las sangrías. 
Son abundantes y, muchas veces sorprendentes, los testimonios que conservamos acerca de la generosidad mostrada por los monjes a lo lago de los diez siglos de Edad Media. Realmente, al recordarlos entendemos bien el dicho de que «los bienes de la Iglesia son los bienes de los pobres». 

Veamos algunos ejemplos. En el año 817, durante el sínodo reunido en Aquisgrán (Alemania), los abades decidieron que debía entregarse a los pobres la décima parte de todos los donativos recibidos por los monasterios (5). Por su parte, los monjes de Afflighem (Bélgica), en el 1110, establecieron el reparto del diezmo de todos sus campos y posesiones (6). En la gran abadía de Cluny (Francia), el abad Odilón (962-1049), para remediar en lo posible el hambre del año 1006, adoptó la extraordinaria medida de vender los vasos sagrados y joyas de su iglesia, «juzgando indigno rehusar estos objetos a los pobres, siendo así que la sangre de Cristo había sido derramada por ellos» (7). Hubo algunos años que en Cluny se llegaron a alimentar hasta 17.000 indigentes (8). La abadía de Saint-Riquier (Francia) mantenía diariamente a 300 menesterosos y 150 viudas (9). En Stavelot (Bélgica), el abad San Popón (978-1048) ordenó que se alimentara cada primer día de mes a 300 pobres (10). A principios del siglo XIV Jacques de Therines escribía así sobre los monjes cistercienses: «La Orden del Cister brilla por su hospitalidad y la abundancia de sus limosnas, hasta el punto que se puede decir que los bienes de la Orden son propiedad de todo el mundo. Los monjes no comen solos un bocado de pan, alegres de repartirlo con el peregrino y el pobre (…)» (11). 
Incluso, nos han llegado detalles acerca de los alimentos y los repartos de comida a los hambrientos, como se puede leer en los escritos del monje Cesário (1170-1240), perteneciente al monasterio alemán de Heisterbach: «Los días en que se podía comer carne, hasta la época de la siega, se mataba un buey y luego se le cocía en tres calderos con legumbres y se le distribuía a los pobres (…). Después se hizo otro tanto con los carneros. Los días de vigilia no se daban más que legumbres. Las limosnas de pan eran tales, que el abad temía que iba a faltar el grano antes de la recolección (…)» (12).
Luis A. Somarriba,
Santander, 30 de septiembre del 2012.
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