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"Soy un hombre de armas, un soldado, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

23 de julio de 2012

LA ADORACIÓN FUERA DE LA SANTA MISA


La adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. La adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica.
Benedicto XVI; Discurso a la Curia Romana, n.66 - 22/12/2005
El concilio Vaticano II, de feliz memoria, ha dicho con acertada precisión que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. De hecho, en toda la historia de la Iglesia, uno de los elementos que nunca se ha puesto en discusión y siempre ha estado presente en todas partes es la Celebración Eucarística. En los primeros siglos de la Iglesia dicha celebración se hacía incluso entre ambientes heréticos; es más, las disputas dogmáticas de dichas épocas se refirieron a toda una variedad de temas, pero no se tocó la Eucaristía.
La Celebración Eucarística, dada su centralidad en el espectro del camino cristiano, implica diversos aspectos y dimensiones que deben ser tenidos en cuenta a la hora de hacer una exposición histórica y doctrinal. En este artículo, de modo brevísimo, contemplaremos el recorrido histórico de la adoración del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo que son ofrecidos en la Eucaristía.

Es preciso decir que tal culto y adoración a las especies eucarísticas no existían en la época apostólica y patrística. En cambio, jamás se cuestionó la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino que se ofrecían en la Santa Oblación. A propósito de esto, los testimonios más antiguos nos vienen de los escritos de San Justino y de las cartas de San Ignacio de Antioquía. Ambos Padres son suficientemente claros acerca de la singular naturaleza que adquieren las ofrendas después de la acción de gracias recitada por el obispo en la celebración comunitaria. Sin embargo, no existe vestigio de algún culto existente específicamente a las especies; dicha devoción estaba dirigida, más bien, a la propia Eucaristía. Recordemos, por ejemplo, las actas de aquellos mártires africanos que fueron ajusticiados por las autoridades romanas por haber sido hallados celebrando la Eucaristía en una casa: una de las mártires responde al juez que “sin la Eucaristía no pueden vivir”, mientras que otra afirma que “porque soy cristiana, voy a la Eucaristía”; casi que una nota distintiva del cristiano es participar en este Santo Memorial del Misterio de Cristo.

Un testimonio de particular importancia para lo que nos compete proviene de la Traditio apostolica atribuida al presbítero romano y antipapa Hipólito. En ella se ofrece la posibilidad a los cristianos que toman parte en los Santos Misterios de llevar a sus casas y conservar un poco del pan eucarístico, con tal que no sea usado a la manera del pan común ni se deje a merced de los ratones, sino que se reserve en un lugar digno de la casa. Aunque aún no se nos dice nada de un culto particular al pan consagrado, la posibilidad de llevarlo a casa sí que debió propiciar alguna primitiva forma de devoción particular, aunque la misma Traditio advierte que esta posibilidad de llevar el Cuerpo de Cristo a las casas tenía la finalidad de poder consumir un poco de él cada vez que el cristiano sintiera necesidad.

Virgen Eucarística, óleo de Jean-Auguste Dominique Ingres. Museo de Orsay, París (Francia).

Ya en la edad de oro de la patrística, es decir, entre finales del siglo III e inicios del V, las definiciones sobre la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas son aún más claras. Sobre el culto público a éstas, aún sigue siendo incipiente. Al parecer, la posibilidad de llevarlas a casa ya no existía, dado que las Constituciones Apostólicas, que datan de estas épocas, nos hablan que lo que no se consumió de las mismas en la Eucaristía era llevado a un sitio aparte del aula de oración del templo, adonde los laicos no tenían acceso. Algunos estudiosos piensan que podía tratarse de alguna capilla diferenciada, al estilo de nuestras actuales “capillas del sagrario”, que vemos en catedrales y en algunas iglesias parroquiales de vieja o reciente construcción; otros, en cambio, sostienen que, simplemente, se trataba de algún sitio equivalente a nuestra“sacristía”, en donde se preparaban los ministros del altar y adonde no se admitían a los laicos. El hecho de ser reservado en un sitio diferenciado del templo es ya un signo de la reverencia tributada a las especies, pero el hecho de que no pudiesen acceder los laicos a la reserva nos indica que aún no existía un culto público devocional dirigido al Cuerpo y la Sangre de Cristo.

A partir de finales del siglo V, empieza observarse un desplazamiento de la reserva eucarística desde aquella “capilla diferenciada” al presbiterio mismo. Algunas de las basílicas romanas de la época que aún se nos conserva presentan una pequeña puertecita en uno de los costados del arco de triunfo que separa el presbiterio del cuerpo del templo: he ahí el inicio de los sagrarios. En otros lugares, en cambio, se empieza a colgar sobre el altar, ya desde el techo del templo, ya desde el ciborio que en algunas ocasiones lo cubría, una paloma de oro o plata en cuyo pecho se guardaban las especies eucarísticas. Este desplazamiento puede deberse a un aumento en la toma de conciencia de la debida reverencia al Cuerpo de Cristo tras el Sacrificio Eucarístico, o también a una cuestión más práctica de facilitar a los ministros sagrados el tomar el pan eucarístico para usar, si fuera necesario, en la celebración misma o salir de allí a llevar la comunión a los enfermos.

Adoración del Corpus Christi. Óleo de Jerónimo Jacinto Espinosa, Museo del Patriarca, Valencia (España).

Ya bien entrada la Edad Media, y sobre todo durante el “renacimiento carolingio”, la reflexión teológica, que en aquellas épocas estaba orientada por las grandes abadías que vivían según la regla de San Benito, se dirigió de lleno a dilucidar el problema de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Aunque en la edad de los Padres de la Iglesia no existía ninguna duda al respecto, es preciso comprender que las herejías cristológicas que motivaron las grandes definiciones dogmáticas de los siglos IV y V perduraron mucho más en el ambiente de Occidente que de Oriente, debido sobre todo a las invasiones bárbaras que erosionaron el Imperio romano de Occidente. En la Edad Media aún existían no solo grupos de base sino teólogos que sostenían tales posturas, por lo que, inevitablemente, se puso en cuestión este dato que hasta entonces había sido recibido tranquilamente de los Padres.

Sobre el desarrollo de las controversias eucarísticas existe bastante documentación. Bástenos aquí subrayar algunas de las consecuencias en la piedad popular. Lo primero que diremos es que los cristianos ya no comulgaban: la época propició un “santo terror” a recibir el sacramento indignamente, por lo que se conformaban con mirarlo de lejos. La actual exclamación que decimos antes de la comunión en el rito romano: Señor, yo no soy digno… viene de estas épocas en las que la gente realmente se sentía indigna de recibir la comunión. La gente, que ya bien lejos estaba de la liturgia debido a la barrera del idioma, ahora entraba a los templos con el solo fin de “mirar el cuerpo” y así, se estaba de templo de templo a veces, buscando tan solo mirar al Santísimo; es esta la razón del levantamiento del Cuerpo de Cristo después de las palabras de la consagración, que buscaba, precisamente, satisfacer la devoción de las masas. Poco a poco, también los presbíteros empezaron a alzar el cáliz, para lo cual inicialmente había que pagar un estipendio, razón por la cual dicha elevación solo era vista en las capillas de los castillos feudales; pasando el tiempo, la elevación del cáliz se hizo costumbre general, sin que se pagara nada. También de estas épocas datan los más relevantes “milagros eucarísticos”, que fueron usados como argumento por los teólogos que defendían la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Las primeras procesiones con el copón, y también la primera fiesta local de “Corpus Christi” son de este período.

Milagro eucarístico de Lanciano, Italia.

Todo esto sería recibido, asumido y aumentado por la edad moderna. El movimiento espiritual conocido como devotio moderna favoreció bastante la oración personal ante el Santísimo. Sumemos a esto que la Reforma protestante negaba la presencia de Cristo en el pan una vez acabada la Eucaristía, lo que motivó las definiciones dogmáticas del concilio de Trento respecto a la transubstanciación y a la permanencia de la presencia de Cristo en las ofrendas eucarísticas. Esto exacerbó el culto público al Santísimo: majestuosos expositorios se construyeron, hermosísimas custodias se moldearon, las procesiones se hicieron más frecuentes y concurridas cada vez, lo mismo que más elaboradas. También se hace popular la “exposición del Santísimo Sacramento” y muchas oraciones y novenas en su honor se componen. También surge la costumbre de celebrar la Misa solemne ante el Santísimo expuesto, sobre todo con ocasión de las “cuarenta horas” en las que se exponía en ocasiones especiales. También ocurre un nuevo traslado de la reserva eucarística, esta vez sobre el altar mismo, ocupando el centro de orientación del templo y desplazando al altar de esta función.

Prácticamente este panorama perduró hasta el siglo XX. Este siglo ve surgir los“congresos eucarísticos” que promueven el mejor conocimiento y adoración de Cristo presente en el pan consagrado. Pero el movimiento litúrgico, también desarrollándose en este tiempo, considera que dicha “devoción” bien podría situarse mejor y mejorarse. Aunque tenía un desarrollo ritual bastante definido, la exposición del Santísimo aún no figuraba en el Ritual romano, es decir, aún no era objeto de discernimiento y de regulación unificada (existían diversas instrucciones y respuestas dispersas de la Sagrado Congregación de Ritos); además, la “Misa ante el Santísimo” se consideraba un abuso que atentaba contra la real naturaleza de la Eucaristía: es un sacrificio ofrecido al Padre, y no al Hijo (quien es la ofrenda misma), como se da a entender al celebrar la Misa delante del ostensorio.

Con la llegada de la reforma litúrgica de 1969, empiezan a tener eco los reclamos del movimiento litúrgico. Se prohíbe la “Misa ante el Santísimo”, y se publica el Ritual para el culto eucarístico extra missan que regula lo relacionado con las exposiciones y procesiones con el Santísimo y los congresos eucarísticos. También se promueve el traslado de la reserva a “capillas del Santísimo”, distintas del aula de la iglesia y del presbiterio, en donde los fieles puedan tributar su devoción al Amor de los amores.

Misa de Bolsena. Fresco de Raffaello Sanzio, estancias de Heliodoro, Museos Vaticanos, Roma (Italia).
Dairon

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