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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

6 de mayo de 2012

TRES HORAS EN EL PURGATORIO. UNA HISTORIA SOBRE FRAY DANIELE COMPAÑERO INSEPARABLE DEL PADRE PIO DE PIETRELCINA

Las almas que están en el Purgatorio siempre desean ir lo más pronto a Dios, se siente amadas por nuestro Padre Dios, desean la presencia de Jesucristo, algo que les haría olvidar los sufrimientos que padecen. Pero han de esperar todo el tiempo que Dios haya determinado hasta quedar totalmente purificadas todas las almas que están el Purgatorio.



Hay personas que dicen que pasarán al Purgatorio antes de ir al cielo. Pues nada manchado puede entrar el Reino de Dios. Se le podría preguntar, ¿Quieres pasar de aquí al Purgatorio cuando no puedes soportar los sufrimientos que Dios te permite tener con las enfermedades, adversidades ahora que puedes? ¿Y te quejas mucho?
Ya quisieran las almas del purgatorio sufrir tus enfermedades, lo llevarían mucho mejor, pues existe una gran diferencia.

Pero seria mejor que el Purgatorio lo debemos pasar en la tierra. 
Fray Daniele también pensaba que después de morir pasaría un tiempo en el Purgatorio, pero el Señor le llevó allí en vida para hacerle reflexionar.

Una cosa es pensar, pero otra es vivirla, sentir en su propio ser los padecimientos, las penas del Purgatorio. Después de que en su cuerpo sintió el gran rigor de las penas del Purgatorio, y cuando volvió en sí, determinó servir de un modo más perfecto a Dios y pasar su purgatorio en vida. Y esto es lo que debemos hacer todo.
Porque la experiencia de Fray Daniele, nos hace saber que un momento en el Purgatorio es mucho tiempo; una hora en el Purgatorio parece una eternidad.

Vivamos en gracia de Dios, pidamos a Dios ahora que podemos que nos de fortaleza para no sucumbir en nuestros dolores. Por muy terrible que nos parezca todo tipo de dolores, de persecuciones, de adversidades, de incomprensiones, todo eso es nada ante la eternidad feliz que Dios tiene preparado para sus fieles, para sus hijos. Soportémoslo todo como lo hizo con infinita perfección nuestro Santísimo Señor Jesucristo y la Santísima Virgen María.
SOL DE FATIMA publica el testimonio de Fray Daniele, compañero inseparable del P. Pío. Este interesante relato sobre la experiencia del Fray Daniele y el purgatorio y posterior resurrección, está tomado del libro «Omagio a Fray Daniele».

Traducción del italiano del libro «Omagio a Fra'Daniele, capuchino». Autor, Padre Remigio Fiore, capuchino y sobrino de Fray Daniele,

Aprobación eclesiástica de Monseñor Serafino Spreafico, Obispo Capuchino, 29 de julio de 1998. «Convento de Santa María de las Gracias», San Giovanni Rotondo Foggia).
Fray Daniele y el purgatorio Relato de Fray Daniele Soy un simple hermano lego capuchino.

He desenvuelto mi vida haciendo el trabajo que me correspondía; de portero, sacristán, pedir limosnas y cocinero. Con frecuencia me iba con la mochila en la espalda a pedir limosnas de puerta en puerta. Hacía la compra todos los días para el convento. Todos me conocían y me querían bien.
Siempre que compraba alguna cosa me hacían descuentos, y aquellas pocas liras que recogía, en vez de entregárselas al superior, las conservaba para la correspondencia, para mis pequeñas necesidades y también para ayudar a los militares que llamaban a la puerta del convento.

Inmediatamente después de la guerra, me encontraba en San Giovanni Rotondo, mi pueblo nativo, en el mismo convento del P. Pío. Un poco tiempo después comencé con algunos dolores en el aparato digestivo y me fui a una consulta médica, y el médico me diagnosticó un mal incurable: un tumor.

Pensando ya en la muerte, fui a referírselo todo al Padre Pío, el que -después de haberme escuchado- bruscamente me dijo: «Opérate.»

Permanecí confuso y reaccionando le dije: «Padre, no me vale la pena. El médico no me ha dado ninguna esperanza. Ahora sé que debo morir.»
«No importa lo que te ha dicho el médico: opérate, pero en Roma en tal clínica y con tal profesor.»

El P. me dijo esto con tal fuerza y con tanta seguridad que le contesté:

«Si Padre, lo haré». Entonces él me miró con dulzura y, conmovido, añadió:

«No temas, yo estaré siempre contigo».

A la mañana siguiente salí ya en viaje para roma, y estando sentado en el tren. Advertí al lado mío una presencia misteriosa: era el Padre Pío que mantenía la promesa de estar conmigo.

Cuando llegué a Roma supe que la clínica era «Regina Elena», y que el profesor se llamaba Ricardo Moretti. Hacia el atardecer ingresé en la clínica. Parecía que todos me esperaban, como si alguno hubiera anunciado mi llegada, y me acogieron inmediatamente.

A las 7 de la mañana estaba ya en la sala de operaciones. Me prepararon la intervención. A pesar de la anestesia, permanecí despierto y me encomendé al Señor con las mismas palabras que Él dirigía al Padre antes de morir:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Comenzaron los médicos la intervención y yo sentía todo lo que decían. Sufría dolores atroces, pero no me lamentaba, al contrario, estaba contento de soportar tanto dolor que ofrecía a Jesús, ya que aquellos todos sufrimientos purificaban mi alma de mis pecados. Un rato después me adormecí.

Cuando recobré la conciencia me dijeron que había estado tres días en coma antes de morir. Me presenté delante del Trono de Dios. Veía a Dios pero no como juez severo, sino como Padre afectuoso y lleno de amor. Entonces comprendí que el Señor había hecho todo por amor hacia mí desde el primero al último instante de mi vida, amándome como si fuera la única criatura existente sobre la tierra.

No obstante me di cuenta también de que no solamente no había cambiado este inmenso amor divino, sino que lo había descuidado totalmente.

Fui condenado a dos / tres oras de Purgatorio

«¿Pero cómo? -me pregunté- ¿Solamente dos / tres horas? Y después podré quedarme siempre próximo a Dios eterno amor? Di un salto de alegría y me sentía como hijo predilecto. La visión desapareció y me volví a encontrar en el Purgatorio.

Las dos / tres horas de Purgatorio fueron dadas sobre todo por haber faltado al voto de pobreza, es decir, por haber conservado para mí unas pocas liras -como dije antes.

Eran unos dolores terribles que no sabia de donde venían, pero se sentía intensamente. Los sentidos con los cuales se había ofendido más a Dios en este mundo: los ojos, la lengua... experimentaba mayor dolor y era una cosa increíble porque allí abajo, en el Purgatorio, uno se siente como si tuviese cuerpo y conoce / reconoce a los demás como sucede en el mundo.

Mientras tanto, que no había pasado más que unos instantes con aquellas penas, me parecía ya que fuera una eternidad. 
Lo que más hace sufrir en el Purgatorio no es tanto el fuego -también muy intenso- sino aquel sentirse lejos de Dios -y lo que más aflige es haber tenido todos los medios a disposición para la salvación y no haber sabido aprovecharse de ellos.

Fue entonces cuando pensé ir a un hermano de mi convento para pedirle que rezara por mí que estaba en el Purgatorio. Aquel hermano quedó maravillado porque sentía mi voz pero no me veía y me preguntó:

¿Dónde estás, porque no te veo?

Yo insistía y, viendo que no tenía otro medio para llegar a él, pero mis brazos se cruzaban pero no llegaba. Sólo entonces me di cuenta que estaba sin cuerpo. Me contenté con insistirle para que rezase mucho por mí y me fuera del Purgatorio.

«¿Pero cómo? -me decía a mí mismo- ¿no debería estar solo dos / tres horas en el Purgatorio? Y han transcurrido ya trescientos años? Por lo menos así me parecía. De repente se me aparece la Bienaventurada Virgen María y le pedí insistentemente, le supliqué, diciéndole:

«¡Oh Santísima Virgen María, Madre de Dios, consígueme del Señor la gracia de volver a la tierra para vivir y trabajar solamente por amor de Dios!».

Acudí también ante el P. Pío e igualmente le supliqué:
«Por tus atroces dolores, por tus benditas llagas, padre Pío, ruega por mí a Dios para que me libere de estas llamas y me conceda continuar el Purgatorio en la tierra».

Después no vi nada más, pero me di cuenta de que el Padre hablaba a la Virgen. Unos instantes después se me apareció nuevamente la Bienaventurada Virgen María: era Santa María de las gracias, pero venía sin el Niño Jesús, inclinó la cabeza y me sonrió.
En aquel mismo momento volví a tomar posesión de mi cuerpo, abrí los ojos y extendí los brazos. Después, con un movimiento brusco, me liberó de la sabana que me cubría. Estaba contento, había recibido la gracia. La Santísima Virgen me había escuchado.
Inmediatamente después los que me velaban y rezaban, asustadísimos, se precipitaron fuera de la sala a buscar enfermeros y doctores. En pocos minutos la clínica estaba abarrotada de gente. Todos creían que yo era un fantasma y decidieron cerrar bien las puertas y desaparecer, por cierto temor a los espíritus.

A la mañana siguiente me levanté muy pronto y me senté en una butaca. A pesar de que la puerta estaba cuidadosamente vigilada, algunos lograron entrar y me pidieron les explicara lo que me había sucedido. Para tranquilizarles, les dije que estaba llegando el médico de guardia, al cual tenía que decir lo que me había pasado. Corrientemente los médicos no llegaba antes de las diez, pero aquella mañana todavía no eran las siete y dije a los presentes:

«Mirad; el médico está llegando; ahora está aparcando el coche en tal puesto».

Pero nadie me creía. Y yo continuaba diciéndole:

«Ahora está atravesando la carretera, lleva la chaqueta sobre el brazo y se pasa la mano por la cabeza como si estuviera preocupado, no sé que tendrá»...

Pero nadie daba crédito a mis palabras. Entonces dije:
«Para que me creáis que no os miento, os confirmo que ahora el médico está subiendo en el ascensor y está para llamar a la puerta».
Apenas había terminado de hablar, se abre la puerta y entró el médico quedando maravillados todos los presentes. Con lagrimas en los ojos, el doctor dijo:

«Sí, ahora creo en Dios, creo en la Iglesia y creo en el Padre Pío...».

Aquel médico que primero no creía o cuya fe era como agua de rosas, confesó que aquella noche no había logrado cerrar los ojos pensando en mi muerte, que él había comprobado, sin dar más explicaciones. Dijo que a pesar del certificado de muerte que había escrito, había vuelto para cerciorarse qué era lo que había sucedido aquella noche que tantas pesadillas le había ocasionado, porque aquel muerto (que era yo) no era un muerto como los demás y que, efectivamente, no se había equivocado.
Conclusión 
Después de esta experiencia, Fray Daniele vivió verdaderamente el Purgatorio en esta tierra, purificándose a través de enfermedades, sufrimientos y dolores, conformándose siempre y en todo con la voluntad de Dios. Solamente recuerdo algunas intervenciones que sufrió: de próstata, coliscititis, aneurisma de la vena abdominal con relativa prótesis; otra intervención después de un accidente callejero cerca de Bolonia, prescindiendo ya de otros dolores no sólo físicos, sino también morales.

A la hermana Felicetta, que le preguntó cómo se sentía de salud, Fray Daniele le confió: «Hermana mía, hace más de 40 años que no recuerdo que significa estar bien».

Para terminar podría decir que este relato de Fray Daniele es un episodio más que prueba el amor de Fray Daniele por la Virgen.
Fray Daniele falleció el 6 de julio de 1994. Mientras colocaban convenientemente sus restos mortales en la capilla de la Enfermería del Convento de los Hermanos Capuchinos, en San Giovanni Rotondo, y se recitaba el Rosario en sufragio de su alma, a algunos de los presentes les parecía que Fray Daniele movía los labios como para contestar al Ave María del Rosario.

La voz se difundió tan rápidamente, que el superior, Padre Livio de Matteo, para quedar tranquilo, quiso cerciorarse de que no se trataba de una muerte aparente. Por este motivo hizo venir de la Casa Alivio del sufrimiento próxima, al doctor Nicolás Silvestri, ayudante de Medicina Legal y doctor José Pasanella, asistente también de medicina Legal, los cuales hicieron un electrocardiograma a Fray Daniele y le tomaron la temperatura, por lo cual confirmaron definitivamente su muerte.

Ahora Fray Daniele goza ciertamente de la visión beatifica de Dios y, desde el cielo, sonríe, bendice y protege.

(SOL DE FATIMA, número 188, pagina 26-27. noviembre-diciembre, 1999),

«A algunos de los presentes les parecía que Fray Daniele moviera los labios, como para contestar al Ave María del rosario». Después de que el alma ya no estaba en el cuerpo de Fray Daniele, aún así, para aquellos, algunos de los presentes, veían como seguía orando al Señor.

«Y lo vieron más de uno.»

El cuerpo acostumbrado a tanta oración, todavía permanecía como si estuviera bien vivo, aunque en ese mismo momento su alma ya gozaba de la presencia de Dios. Se había convertido en instrumento de oración, aun cuando su alma había quedado libre de aquel cuerpo bendecido por Dios. 
Se cuenta también en la historia que ha habido personas que poco antes de morir, tuvieron deseos de pecar, y acabaron en ruina perpetua. Unos cuerpos se convierten en bendición y otros en maldición.
MAS DETALLES
Tumbado sobre la fría superficie de la cama a la que había sido trasladado después de la operación, el fraile yacía inerte. Ante la persistente evidencia de la línea continua que mostraba el encefalograma, hacía varios minutos que había sido dado por muerto.

Desde el teléfono de la planta baja, el médico a cargo de la intervención marcó un prefijo de provincias y, a continuación, el número que llevaba anotado en un pequeño y arrugado papel. En su voz vibraba un acento de indignación al comunicar el triste desenlace a su interlocutor. Al parecer, éste se habría empeñado en que el fraile fuese operado de su dolencia, contra el consejo del propio galeno.

Separado de la clínica romana por varios cientos de kilómetros, al otro lado del hilo el padre Pío titubeaba. Simplemente, no podía creerlo.

El poder de la oración
De vuelta en su celda, el padre Pío rezaba sin consuelo ¿Cómo era posible que fray Daniele hubiera muerto? ¿Acaso no había sido en oración que se le trasmitiera con toda claridad la conveniencia de la operación? San Pío no hacía más que darle vueltas, angustiado por lo inevitable del fallecimiento de su querido amigo. Mas pensando que nada hay imposible para Dios, se decidió por lo improbable para el hombre.

-Madre –rogó sollozando-, Madre… ¿no podríamos hacer algo? –y María movía silenciosa la cabeza de derecha a izquierda.

- Madre…por mis llagas y mis dolores, por mis estigmas…-María seguía negando, cariñosa pero firme en la expresión.

El padre Pío sintió que la ansiedad de la responsabilidad le asfixiaba, hasta que un rayo de esperanza cruzó por su cabeza.

- ¡No por mis llagas, Madre, no por mis sufrimientos…por los tuyos, Madre, por los tuyos! –y casi se traicionó expresando un júbilo quizá algo impropio.

Pero María sonrió. Y el padre Pío la vio agitar amorosamente el óvalo de su rostro de arriba abajo.
Resurrección
Sobre las frías sábanas, fray Daniele había regresado sorprendentemente a la vida, apartando la mortaja hospitalaria con una cierta brusquedad. Algunos miembros del personal de la clínica presentes salieron en busca de sus compañeros, y hasta hubo quien tomó al resucitado capuchino por un espíritu.

Pero él, con toda naturalidad, se sentó en una butaca y, de pronto, comunicó a los presentes que el médico estaba llegando al hospital. Como quiera que eran apenas las siete de la mañana y faltaban más de dos horas para que se iniciase la jornada laboral, los acompañantes prefirieron pensar que, inevitablemente, lo extremo de la experiencia vivida le estaba afectando.

Sin embargo, pese al escepticismo que adivinaba en sus rostros, continuaba:

-Ahora mismo está cerrando la puerta del ascensor. El doctor está preocupado…en un par de segundos, abrirá esa puerta…-y ese fue, en efecto, el tiempo que tardó en cruzar el umbral de la habitación.

Quienes se encontraban en la estancia no salían de su asombro. El médico farfulló que algo le había sucedido esa noche, y que eso era lo que le había impulsado a regresar al hospital tan de mañana…”sí, ahora creo en Dios y en la Santa Iglesia…y en el padre Pío”, añadió por toda explicación.

Más adelante, el fraile relataría a su sobrino, el notable capuchino Remigio Fiore, la vivencia sufrida mientras permaneció muerto.
Un paseo por el purgatorio
Aconsejado por el padre Pío -al que quería y admiraba, y en cuyo convento había echado raíces-, fray Daniele se puso en manos de la medicina para operarse de una dolencia muy grave, pese a las recomendaciones en contrario de los doctores que le trataron.

Muerto en la mesa de operaciones, fray Daniele tuvo que enfrentar un juicio en el que fue evaluado por un amoroso Dios, ante cuyo Trono compareció. 
Su pecado había consistido en retener unas pocas monedas que sisaba con cada encargo realizado fuera del convento. La consecuencia llegó en forma de tres horas de purgatorio ¡Tres horas! El fraile estaba de enhorabuena. O eso creía.

Porque después de haber vislumbrado apenas un mero algo de la magnificencia de Dios, cada segundo de purgatorio se convirtió en una verdadera tortura. 
Dos cosas le acometían con particular agudeza: 
  • una, la propia privación de Dios; 
  • otra, el conocer los planes de Dios para su vida y el no haber correspondido como debía. Era esta segunda la mayor entre las penas, con ser mucha la primera.
Fray Daniele rogó en oración a Dios que le dejase volver para remediar los errores cometidos. De pronto vio a su amigo Pío, al que suplicó pidiera a Dios, por sus dolores y estigmas, que le concediese la oportunidad que pedía. Y, súbitamente, invocó a la Madre que, en forma de Virgen de las Gracias, rogó al Padre que permitiera al fraile concluir su purgatorio en la tierra. 

Concedida tal merced, fray Daniele regresó para pasar más de cuarenta largos años padeciendo todo tipo de sufrimientos, que él tomaba a trueque de una eternidad junto a Dios. Quienes le conocieron dan fe de la alegría con la que siempre vivió sus enfermedades, que se sucedían de modo ininterrumpido, sumándose unas a otras. 
Pero a Fray Daniele, todo le parecía poco, replicando al dolor con oración, de modo que terminó por hacer de su vida una plegaria. 

Cuando murió, el 6 de julio de 1994, se rezó un rosario en sufragio por su alma en la misma enfermería del convento de los Hermanos Capuchinos de san Giovanni Rotondo. Varios de entre los orantes juraron haber visto los labios del fraile contestar las letanías. A nadie le extrañó demasiado.
Fernando Paz
(Publicado en Alba)
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=13877

A esto, remito el Santo Rosario que Adry Treviño nos ha aportado para alivio de las benditas almas del 
Purgatorio: 
  • Sagrado Corazón de Jesús en Vos Confío, 
  • Sagrado Inmaculado Corazon de María Santisima, sed nuestra salvación. 
  • Jesús y María Santísima, bendecid y proteged a todos tus hijos e hijas que participan con deseos de aprender las enseñanzas de Jesús en la Iglesia católica, Santa, Apostólica y Romana. 
  • Dios omnipotente, Padre de bondad y de misericordia, apiadaos de las benditas almas del Purgatorio y ayudad a mis queridos antepasados. 
A cada invocación se contesta: ¡Jesús mío, misericordia !
  • Ayudad a mis hermanos y parientes. 
  • Ayudad a todos mis bienhechores espirituales y temporales. 
  • Ayudad a los que han sido mis amigos y súbditos. 
  • Ayudad a cuantos debo amor y oración. 
  • Ayudad a cuantos he perjudicado y dañado. 
  • Ayudad a los que han faltado contra mí. 
  • Ayudad a aquellos a quienes profesáis predilección. 
  • Ayudad a los que están más próximos a la unión con Vos. 
  • Ayudad a los que os desean más ardientemente. 
  • Ayudad a los que sufren más. 
  • Ayudad a los que están más lejos de su liberación. 
  • Ayudad a los que menos auxilio reciben. 
  • Ayudad a los que más méritos tienen por la Iglesia. 
  • Ayudad a los que fueron ricos aquí, y allí son los más pobres. 
  • Ayudad a los poderosos, que ahora son como viles siervos. 
  • Ayudad a los ciegos que ahora reconocen su ceguera. 
  • Ayudad a los vanidosos que malgastaron su tiempo. 
  • Ayudad a los pobres que no buscaron las riquezas divinas. 
  • Ayudad a los tibios que muy poca oración han hecho. 
  • Ayudad a los perezosos que han descuidado tantas obras buenas. 
  • Ayudad a los de poca fe que descuidaron los santos Sacramentos. 
  • Ayudad a los reincidentes que sólo por un milagro de la gracia se han salvado. 
  • Ayudad a los padres que no vigilaron bien a sus hijos. 
  • Ayudad a los superiores poco atentos a la salvación de sus súbditos. 
  • Ayudad a los pobres hombres, que casi sólo se preocuparon del dinero y del placer. 
  • Ayudad a los de espíritu mundano que no aprovecharon sus riquezas o talentos para el cielo. 
  • Ayudad a los necios, que vieron morir a tantos no acordándose de su propia muerte. 
  • Ayudad a los que no dispusieron a tiempo de su casa, estando completamente desprevenidos para el viaje más importante. 
  • Ayudad a los que juzgaréis tanto más severamente, cuánto más les fue confiado. 
  • Ayudad a los pontífices, reyes y príncipes. 
  • Ayudad a los obispos y sus consejeros. Ayudad a mis maestros y pastores de almas. 
  • Ayudad a los finados sacerdotes de esta diócesis. 
  • Ayudad a los sacerdotes y religiosos de la Iglesia católica. 
  • Ayudad a los defensores de la santa fe. 
  • Ayudad a los caídos en los campos de batalla. 
  • Ayudad a los sepultados en los mares. 
  • Ayudad a los muertos repentinamente. 
  • Ayudad a los fallecidos sin recibir los santos sacramentos.
http://gloria.tv/?media=265051

1 comentario:

  1. la salvación ya nos la consiguió Cristo, debemos creer con obras en Dios!

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