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"Soy un hombre de armas, un guerrero, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

25 de diciembre de 2011

MITOS RELATIVISTAS I: NO HAY VERDADES ABSOLUTAS

Frecuentemente se proclama que todo es relativo. Si se acusa a los pueblos aborígenes de ser atrasados, inmediatamente se alegará que el calificativo de ‘atraso’ es muy relativo. Bajo la perspectiva de los occidentales, intentar curar enfermedades entonando unas canciones podrá resultar irracional. Pero, precisamente, se trata de la perspectiva de los occidentales. 

Desde la perspectiva indígena, entonar canciones para curar enfermedades tiene pleno sentido, pues bajo su cosmovisión, el hacer contacto con los espíritus es la clave para despojar los males. Todo dependerá de según como se mire.

Suena muy hermoso: las guerras se acabarán cuando los occidentales dejen de empeñarse en creer que hay cosas absolutas. Para el relativista, cuando Occidente acepte que todo depende de la perspectiva con que se mira, podrá entender una infinidad de cosas que hasta ahora no ha podido entender. Pero, para lograr eso, tiene que abandonar su visión del mundo, e intentar apreciar cómo los otros pueblos contemplan el mundo. Así, una imagen puede ser vista desde diversos ángulos, y nadie podrá dar exactamente la misma descripción. Todo dependerá de cómo se observa. Todo es relativo. Y, puesto que todo es relativo, nadie puede creerse dueño de la verdad absoluta. Esto es algo maravilloso: en la medida en que no nos creamos dueños de la verdad absoluta, estaremos dispuestos a dialogar con los demás, y así alcanzaremos la paz mundial.

Seguramente el lector ya estará acostumbrado a encontrarse gente con esta visión del mundo. Por alguna extraña razón, los jóvenes recién salidos de la adolescencia son los que más abrazan esta postura. En algunas ocasiones, me han asignado la enseñanza de cursos sobre filosofía de la religión, y al inicio de estos cursos, suelo preguntar a los jóvenes estudiantes si, en su opinión, Dios existe. La mayoría responde, sin el menor espacio de duda, que Dios sí existe. Algunos responden que Dios no existe; mientras que otros responden que no saben si Dios existe o no. Cualquier profesor de filosofía de la religión está acostumbrado a recibir respuestas como éstas, pues en efecto, la pregunta respecto a la existencia de Dios ha suscitado debates que giran en torno a estas respuestas.

Pero, en una ocasión, la respuesta de un estudiante me dejó perplejo. Ante la pregunta, “¿cree Ud. que Dios existe?”, el estudiante respondió: “sí y no”. En rigor, la respuesta no debía dejarme perplejo, pues es perfectamente plausible que, dependiendo de cómo entendamos el término ‘Dios’, podamos responder en afirmativo o negativo respecto a su existencia; por ejemplo, Dios podría existir como un diseñador cósmico, pero podría no existir como una entidad omnipotente y omnsciente a la vez. Pero, no era eso lo que tenía en mente mi estudiante. Su respuesta fue ésta: “Para mí, Dios existe; pero para los ateos, Dios no existe. El ateo tiene su verdad, y yo tengo la mía. Por eso, Dios existe y no existe; todo depende de a quién se le pregunte.”

Ante semejante respuesta, debo confesar que sometí al estudiante en cuestión al escarnio de sus compañeros. Bajo la más elemental lógica, Dios, o existe, o no existe. ¿Cómo pueden el creyente en Dios y el ateo tener ambos una verdad respecto a la existencia de Dios, si sostienen puntos de vista contradictorios? Aristóteles había enseñado que dos proposiciones contradictorias no pueden ambas ser verdaderas.
Pero, muy pronto me sentí mal por haber sometido a ese estudiante al escarnio. Pues, comprendí que su respuesta es típicamente relativista. Y, si bien estoy muy lejos de estar de acuerdo con la postura según la cual Dios (o cualquier otro ente) existe y no existe, reconozco que el auge del relativismo ha propiciado que jóvenes como mi estudiante asuman esa postura. 

De hecho, descubrí que el estudiante en cuestión estaba a la vanguardia. Hoy en día, se han convertido en fuente de sabiduría popular versos como los evocados por el poeta Ramón de Campoamor, 
“nada es verdad, 
nada es mentira, 
todo depende del cristal con que se mira”

Y, ¿quién puede negarlo?: cuando se crea que, según como se mire, todo depende, entonces todos tendremos la razón. Y, cuando todos tengamos la razón, entonces se acabarán las disputas; y cuando se acaben las disputas, viviremos en paz mundial. Quizás, después de todo, mi estudiante no esté errado: puesto que las disputas religiosas han dado pie a tantas persecuciones y guerras, lo más sensato sería señalar que, en efecto, el ateo tiene su verdad, y el teísta tiene la suya. Ambos tienen razón, y por ende, Dios existe y Dios no existe.

Bajo esta manera de ver el mundo, pueden debatirse temas, sí, pero siempre conviniendo en que nadie es dueño de la verdad. En otras palabras, el debe ir más allá de los medios de producción, y debe alcanzar a la verdad misma: todos los debatientes deben tener el mismo grado de propiedad de las verdades. En un debate, no debe haber ni ganadores ni perdedores. Así, el ateo no tiene más ni menos razón que el creyente. Y, cuando se empiece a promover la igualdad de todos los puntos de vista (sin importar que sean contradictorios), no tardará en llegar la igualdad social. Cuando ya no existan ganadores y perdedores, pronto dejarán de existir explotadores y explotados. Nadie será mejor que nadie, todos seremos iguales. No es difícil apreciar por qué el indigenista se siente tan atraído por el relativismo: una y otra vez, al indígena y su cultura se les ha calificado de ‘inferior’. En la medida en que se abrace una postura según la cual todo es relativo, ya no habrá ni inferiores ni superiores, mejores ni peores, verdad o falsedad. Todo dependerá de su contexto; y si estamos dispuestos a ubicar a los indígenas en su contexto, entonces estaremos dispuestos a reivindicar su cultura y su historia.

Pero, el relativismo es sencillamente falso, pues conduce a una elemental contradicción. Muchos filósofos han señalado esta contradicción, pero lamentablemente, los relativistas no alcanzan a verla. La contradicción es simple: si asumimos la consigna “todo es relativo”, entonces es relativo que todo sea relativo. Cuando el relativista asume que no hay verdades absolutas, él mismo está asumiendo que su proposición, “no hay verdades absolutas”, es absoluta en sí misma. Pero, si esa proposición es absoluta, entonces está contradiciendo su propio alegato según el cual no hay verdades absolutas.

El relativista hace algo parecido a lo que el joven revolucionario hacía cuando escribía sobre una pared “¡Prohibido prohibir!”. Si analizamos el grafiti en cuestión con algún detenimiento, resultará jocoso. Pues, el joven revolucionario está prohibiendo algo, pero al prohibir, está haciendo aquello que él mismo prohibió.

En honor a la justicia, el relativismo es tan antiguo como la misma filosofía. La palabra ‘sofista’ es conocida por filósofos y no filósofos: habitualmente, denota a algún charlatán que trata de convencer o persuadir, sin ni siquiera él mismo creer en lo que presenta. En nuestro tiempo, llamar a alguien un ‘sofista’ es equivalente a un insulto. Pero, no siempre fue así: en la época de Sócrates (siglo IV a.C.), existía una escuela de filósofos que orgullosamente asumían el nombre de ‘sofistas’, y a todas luces reconocían su intención de enseñar retórica a fin de persuadir, sin necesariamente considerar verdaderas las creencias que pretendían difundir.
Uno de los más emblemáticos sofistas fue un tal Protágoras. Y, a él debemos una célebre frase: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son”. El sentido exacto de esa frase remontada al Teeteto de Platón, no es totalmente claro, pero se esclarece con esta otra, referida por Sócrates: “las cosas son para ti como existen para ti, y son para mí como existen para mí”. Así, Protágoras parece sugerir que, puesto que el hombre es la medida de todas las cosas, entonces no existe posibilidad de establecer un criterio objetivo y absoluto respecto el estado y la naturaleza de las cosas. Cada hombre tendría su verdad, en el sentido de que cada hombre es la medida de las cosas.

Pero, el mismo Sócrates se propuso combatir el programa relativista de Protágoras, a partir de la misma doctrina de Protágoras. Como refutación de Protágoras, Sócrates advertía: “si las cosas que me parecen, así existen para mí, y las cosas que te parecen, así existen para ti, entonces me parece que toda tu doctrina es falsa”. Desde entonces, ésta ha sido la principal crítica que el relativismo ha tenido que enfrentar: si la verdad de las proposiciones es relativa a quien las enuncia, y por ende, ninguna proposición es absolutamente verdadera o falsa; entonces la misma proposición según la cual la verdad de las proposiciones no es absoluta, es en sí misma relativa. Y, en cuanto relativa, permite que su contraria, aquella proposición según la cual la verdad de las proposiciones sí es absoluta, sea verdadera. 

Con eso, Sócrates demuestra que el relativismo se relativiza a sí mismo, y por ende, es una doctrina que, si es verdadera, entonces implica que es falsa. Si las cosas son verdaderas en la medida en que aparecen a cada quien, entonces si a alguien le parece que la doctrina relativista no es verdadera, puede asumir que esa doctrina es falsa. Pero, al asumir que el relativismo es falso, niega la premisa inicial según la cual las cosas son verdaderas en la medida en que aparen a cada quien. Si todo cuanto nos parece es verdadero, entonces nos puede parecer que Protágoras está equivocado respecto a su doctrina; pero si Protágoras está respecto a su doctrina, entonces no todo cuanto nos parece es verdadero.

Los relativistas parecen estar más preocupados en gritar consignas que en sentarse un momento a pensar si su fundamento filosófico es válido. Los relativistas son en buena medida herederos de Protágoras: lo mismo que el antiguo sofista, los relativistas se hacen eco de la opinión de que el hombre es la medida de todas las cosas; y puesto que los mapuches, aztecas, incas o yanomamis son la medida de sus propias instituciones, sólo ellos pueden juzgarlas. Pero, de nuevo, es fácil divertirse apelando a Sócrates y respondiendo que, puesto que el hombre es la medida de todas las cosas, entonces para mi medida, los mapuches, aztecas, incas o yanomamis son salvajes sin alma. Después de todo, bajo el entendimiento del relativista, que los indígenas sean salvajes sin alma forma parte de mi verdad, ajustada a mi propia medida. 

En todo caso, cuesta entender cómo una persona siquiera medianamente racional no pueda apreciar que es sencillamente falso que no hay verdades absolutas. Pensemos en una proposición tan elemental como: “2+2=4”; ¿acaso es relativo? ¿Bajo qué circunstancia podrá ser esa proposición falsa? En todos los mundos posibles, dos más dos siempre serán cuatro. No dependerá de cómo se vea.

Es hora de ir admitiendo que la idea de que no hay verdades absolutas es un dogma. A simple vista, el relativismo aparece como una postura promotora de la paz. Pero, visto con un poco más de suspicacia, el relativismo es en realidad una postura promotora de la idiotez. Si no hay verdades absolutas, no tiene sentido discutir sobre ningún tema. El diálogo presupone un intento de persuasión, pero precisamente, para persuadir es necesario partir de la convicción de que el punto de vista que intentamos defender es verdadero; y no sólo “verdadero para mí”, sino verdadero universalmente. Si no, estaremos intentando persuadir por el puro arte de persuadir, sin importar si realmente creemos en lo que enunciamos. En otras palabras, terminaremos siendo charlatanes.

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