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"Soy un hombre de armas, un soldado, scout. Paradójicamente, al único de mi especie que admiro, empuñó solamente la palabra, su técnica fue la humildad, su táctica la paciencia y la estrategia que le dio su mayor victoria fue dejarse clavar en una cruz por aquellos que amaba".

“Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, como debo obrar, para el bien de los hombres, de la iglesia y el triunfo de Jesucristo”.

Desde La Trinchera Del Buen Combate en Argentina. Un Abrazo en Dios y La Patria.

18 de enero de 2017

¿PARA QUÉ SIRVE REZAR? - ARGUMENTOS PARA EL Siglo XXI.

UNA SEÑORA, LICENCIADA EN FILOSOFÍA Y LETRAS
Hace años leí una noticia en el periódico que resultó muy llamativa. Una señora, licenciada en Filosofía y Letras y con amplia cultura según se informaba, alquilaba su tiempo para conversar sobre los tópicos más variados con quien tuviera necesidad de compañía. El artículo aclaraba que esas conversaciones no tenían otras finalidades más o menos inconfesables, sino que eran, simplemente, citas para charlar. Me pareció preocupante que estemos creando una sociedad donde acabemos estando tan solos que sea necesario contratar a alguien para que nos escuchen.

LOS CRISTIANOS NO TENEMOS ESA NECESIDAD
Porque tenemos a Alguien, con mayúscula, que siempre está esperando que nos dirijamos a Él, que siempre está dispuesto a atender nuestra conversación. En la recogida quietud de una iglesia, en un paisaje excelso o en el fragor cotidiano de un medio de transporte está Dios esperándonos, siempre dispuesto a escuchar nuestras alegrías, inquietudes o preocupaciones. Eso es precisamente la oración.

LA VIDA CRISTIANA NO SE QUEDA EN UN RECONOCIMIENTO MÁS O MENOS VAGO DE QUE EXISTE UN SER SUPERIOR, SINO QUE SE CONCRETA EN UN TRATO PERSONAL, DE AMOR, DE AMISTAD, CON UNA PERSONA.
Dios no es un ser lejano, que contempla con indiferencia nuestros afanes, sino un Padre amoroso, que sale a nuestro encuentro, que está deseando transitar junto a nosotros el camino de la vida. Cuando los discípulos de Jesucristo le piden que les enseñe a hacer oración, les propone tratar a Dios como un Padre, con confianza, como hijos queridos. Se trata de la oración por excelencia del cristianismo y supone una radical novedad en el trato que los contemporáneos de Jesús tenían con Dios, de ahí que tanto impacto causara sobre los discípulos. 

LAS RELIGIONES ANTIGUAS
Las religiones antiguas concebían a Dios como un Ser Todopoderoso, absolutamente inaccesible y frecuentemente furioso con los hombres, por lo que convenía ofrecerle oblaciones que aplacasen su ira. La meta del cristiano es amar a Dios, que por ser infinito colma nuestra capacidad de amar.

PERO ¿CÓMO PODEMOS AMAR A DIOS, A QUIEN NO VEMOS?
De la misma forma que lo hacemos con cualquier criatura, mediante el trato. El trato con Dios se basa en la oración, que no es otra cosa que un amoroso diálogo entre nosotros y el Creador. Diálogo porque hablamos, pero también porque escuchamos. Hablamos de mil formas, pues son muy numerosas las formas de hacer oración. Escuchamos también de muchas maneras, pues Dios nos habla al corazón, sin ruido de palabras, pidiéndonos, sugiriéndonos, estimulándonos, consolándonos. Sin oración, la vida del cristiano quedaría reducida a un conjunto de prácticas externas que no tendrían armazón.
¿PARA QUÉ SIRVE LA ORACIÓN? ¿REALMENTE ES NECESARIA PARA LA VIDA? Y SI YO NO REZO, ¿VA A PASAR ALGO MALO O NO VA A CAMBIAR NADA?
El “para qué” puede significar varias cosas, y no es lo mismo que quiera decir qué sentido tiene, o que se pregunte por su utilidad inmediata. Si lo único que se buscase fuera solamente esta última, de un modo consciente o inconsciente estaríamos ante un intento de utilizar a Dios para nuestros fines, y no debería sorprender que Dios no se preste a ese juego. Dios no es el genio de la lámpara.

Si leemos el Evangelio, encontraremos multitud de exhortaciones a la oración. Un buen ejemplo es la primera mitad del capítulo 11 de San Lucas, pero se podrían mencionar muchos más textos. Es interesante notar que Jesucristo no insiste tanto en la obligación de la oración como en su necesidad. 

Una primera aproximación a la respuesta –necesariamente esquematizada, pues el tema da para todo un tratado- solicitada puede hacerse teniendo en cuenta los cuatro “tipos” de oración. Así encontramos que la oración sirve a cuatro propósitos:
ADORACIÓN. Reconocer a Dios y su soberanía es algo reconocido desde siempre por todas las religiones.
AGRADECIMIENTO. Está estrechamente unida a la anterior. En justicia no podemos devolverle lo que nos ha dado –que es todo, empezando por la vida misma-, pero sí podemos y debemos agradecérselo, máxime cuando por la fe y la esperanza sabemos que nos prepara una vida eterna gloriosa.
– CONTRICIÓN. El hijo pródigo de la parábola volvió a casa diciendo que había pecado “contra el cielo y contra ti”. “El cielo” era uno de los múltiples términos con que los judíos se referían a Dios. Se pone en primer lugar porque el pecado es siempre una ofensa a Dios. El arrepentimiento del pecado –del que, de una forma u otra, más o menos grave, no nos libramos ninguno-, la contrición, cuando es sincera se dirige a Dios, y se traduce entonces en una oración de contrición.
– PETICIÓN. Es la más frecuentemente mencionada en el Evangelio, y a la vez la más problemática de explicar, pues es evidente que no siempre conseguimos lo que pedimos. Aquí hay que tener en cuenta que el orden de valores de Dios frecuentemente no coincide con el nuestro. Nosotros muchas veces queremos –y pedimos- una vida tranquila y próspera; Dios lo que quiere en primer lugar es nuestra salvación. Y en lo que toca más directamente a la salvación es donde se puede ver con más claridad la eficacia de la oración… y las consecuencias de su descuido. Un excelente ejemplo son las palabras de Cristo en el huerto de los olivos: orad para que no caigáis en la tentación. La historia de las negaciones de Pedro habría sido más que probablemente distinta si hubiera cumplido la petición del Señor en vez de dormirse.
OTRO REQUISITO DE LA BUENA ORACIÓN ES QUE SEA PERSEVERANTE
Por eso Dios quiere ver nuestra perseverancia en la oración antes de cumplir lo pedido. ¿Y hasta entonces no hace nada? Pues sí que hace: da la ayuda necesaria para esa perseverancia, que no es poco.

SIN EMBARGO, NO ESTÁ DICHO TODO - EL EVANGELIO NOS TRAE EL MODELO DE ORACIÓN
El Padrenuestro, pronunciado por Cristo en persona cuando le piden que les enseñe a orar. Las dos primeras palabras traen la diferencia. En Jesucristo Dios nos hace sus hijos, de modo que a partir de ese momento la oración que pide y enseña no es la que se dirige a Dios como creador, como omnipotente y como juez (aunque todo esto se incluye), sino la que se dirige a Dios como Padre. En el huerto de los olivos se nos muestra algo de la oración del Señor. Se dirige a Dios Padre como Abbá, Padre. Ese Abbá es el equivalente a nuestro papá, y no es fácil para un cristiano entender hasta qué punto ese tratamiento sonaba escandaloso en los oídos judíos, sobre todo fariseos.

ASÍ, LA ORACIÓN SE HA CONVERTIDO EN UNA CONVERSACIÓN FILIAL DE QUIEN HA SIDO ADOPTADO EN LA MISMÍSIMA FAMILIA DIVINA.
Como sucede en este mundo, donde entablar conversación es el preludio y la consecuencia de la amistad, la oración está llamada a ser diálogo con Dios, donde se forja la principal de las virtudes: la caridad, verdadera amistad con Dios, que se convierte así en el ser amado sobre todas las cosas. Diálogo donde se entrecruza lo de uno y lo de otro, las “cosas” de Dios y nuestra vida. A primera vista, esto podría parecer imposible. Lo sería sin la ayuda divina, pero la gracia de Dios no falta para hacerlo posible. La vida de los santos está cuajada de esa intimidad con Dios, aunque no hayan faltado periodos de oscuridad y de prueba.
Además, así como el amor de Dios conlleva el amor al prójimo –es, o está llamado a ser, hijo de Dios-, también la oración se extiende a pedir por los demás, vivos o difuntos.

¿ES REALMENTE NECESARIA PARA LA VIDA?
Pues depende de qué vida estemos hablando, De entrada, para la vida eterna –para alcanzarla- sí lo es. En cuanto a la vida en este mundo, dependerá de qué vida queramos tener. Si buscamos una vida digna y virtuosa, hay que concluir que sí hace falta, pues el hombre por sus propias fuerzas no lo consigue. Si es otro tipo de vida… pues quizás no. Y con esto se contesta la pregunta restante.

¿PASA ALGO SI NO REZO?. Ya se ha dicho lo que se obtiene, y por ello de lo que se carece si no se reza.
LA BUENA ORACIÓN NO ES LA QUE LOGRA QUE DIOS QUIERA LO QUE YO QUIERO, SINO LA QUE LOGRA QUE YO LLEGUE A QUERER LO QUE QUIERE DIOS.
LA SORDERA DE DIOS
«Me siento engañada. Me habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que la oración era omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía.

»¿Por qué Dios se ha vuelto sordo a lo que le pido? ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué permite que esté sufriendo tanto?

»Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que es todo una gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací».
Esta queja, amarga y crispada, de una mujer afligida por una serie de desgracias, corresponde a un tipo de quejas de las más antiguas que se escuchan contra Dios.
Y al hecho de ser actitudes muy poco apropiadas para la oración, se une el hecho de que, en muchos casos, lamentablemente, son las primeras palabras que esa persona dirige hacia Dios en mucho tiempo. Y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida, tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. Son ese tipo de personas —decía Martín Descalzo— que tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás.

VISIÓN UTILITARISTA DE DIOS
Al parecer, su dios era algo que servía para hacerla feliz a ella, y no ella alguien destinada a servir a Dios. Su dios era bueno en la medida que le concedía lo que ella deseaba, pero dejaba de ser bueno cuando le hacía marchar por un camino más costoso o difícil.

Con la oración, nos dirigimos a Dios y le expresamos nuestras inquietudes y preocupaciones. Es cierto que con la oración Dios nos concede lo que le pedimos, pero solo cuando eso que pedimos sea lo que realmente necesitamos. No tendría sentido que nos concediera cosas que no nos convienen, y el hombre no siempre acierta a saber qué es realmente mejor para él. La buena oración no es la que logra que Dios quiera lo que yo quiero, sino la que logra que yo llegue a querer lo que quiere Dios.

Tratar a Dios como a un fontanero, del que solo nos acordamos cuando los grifos marchan mal, denotaría una visión utilitarista de Dios. Amar a Dios porque nos resulta rentable es confundir a Dios con un buen negocio, una instrumentalización egoísta de Dios. Un dolor, por grande que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos que demostrar si amamos a Dios o nos limitamos a utilizarlo.

Es verdad que el sufrimiento es a veces difícil de aceptar y de entender. Pero nuestros sufrimientos —ha escrito la Madre Teresa de Calcuta— son como caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.

Son muchos los males que afligen al mundo y a nuestra propia vida, pero eso no debe llevarnos al pesimismo, sino a la lucha por la victoria del bien. Y esta lucha por la victoria del bien en el hombre y en el mundo nos recuerda la necesidad de rezar.

LA ORACIÓN... ¿NO ES HABLAR SOLO?
Una profesora explica a sus alumnos de nueve años un ejercicio práctico.
Un grupo debe sembrar unas semillas en dos macetas y ponerlas junto a la ventana del aula.

Luego, ese mismo grupo se encargará de regar todos los días el primero de esos dos tiestos. El resto de los alumnos se dedicará a rezar para que germine lo que han sembrado en el segundo, pero sin echar una sola gota de agua.

El resultado en las mentes de los chicos es fácil de imaginar: el aplastante peso de la realidad les hace ver que rezar es una gran ingenuidad, puesto que de la primera maceta pronto brotó una hermosa planta, y en cambio, de la segunda, la oración no consiguió absolutamente nada.

He recordado esta anécdota, que sucedió realmente, porque a veces nos hacemos una idea de la oración casi tan extraña como la que aquella profesora quería inculcar en sus alumnos.

La fe y la esperanza cristianas no son ese balido paciente de ovejas cobardes con que algunos parecen identificarlo:

El que reza no puede pretender que Dios haga el trabajo que le corresponde hacer a él.
La oración no es una simple espera de que alguien venga a resolver lo que nosotros hemos de resolver.
Ni es la aceptación cansina de errores o injusticias que estaría en nuestra mano atajar.
Tampoco es un vano y supersticioso intento de obtener un poder oculto sobre los bienes de este mundo.

Rezar no es una especie de diálogo de un maníaco con su sombra. La oración es algo muy distinto, y millones de seres humanos han encontrado en ella a lo largo de los siglos, no solo consuelo, sino una luz y una fortaleza grandes.

No son pocos los que desdeñan o incluso se pitorrean ante la misma idea de la oración. Hablan con sarcasmo de todo lo que suponga rezar a Dios para que se resuelva un problema social o se abrevie cualquier desgracia o maldad humana. Los que se burlan de todo eso —señala Juan Manuel de Prada— son los mismos que luego solucionan el mundo cada día, ensartando rutinarias condenas o repitiendo cansinas obviedades. ¿Acaso son más eficaces esas manifestaciones de protesta o sus expresiones archisabidas de lamento? Si nos burlamos de la palabra musitada en soledad, si encontramos irrisorio el coloquio con Dios, en el que el hombre emplea todas sus potencias intelectuales (la imaginación y la memoria, la inteligencia y la voluntad), a las que suma el fervoroso deseo, ¿no deberíamos también carcajearnos de cualquier otra reacción pacífica?

¿Por qué ese regodeo de algunos en negar y pisotear la posibilidad del misterio? Un rezo no va a imponer nuestros anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el barro de sus debilidades y halle una luz que le infunda fortaleza y convicciones. Esas palabras que pujan por encontrar un interlocutor sobrenatural no son ridículas, ni estériles, ni pazguatas; son la expresión de hombres que se resisten a desfallecer y claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso votivo, para contrarrestar la fuerza de la maldad.

—Pero muchos dicen que han intentado hablar con Dios y no oyen ninguna respuesta..., que no escuchan nada en la oración, que es algo inútil.

Nadie profano en la música consideraría inútil un piano por el simple hecho de haber obtenido una penosa melodía al teclearlo al azar. El problema no es que la oración sea inútil, sino que hay que aprender a hacer oración. Y en la oración no escucharemos ninguna respuesta con voz de ultratumba que nos hable solemnemente. La oración no es cosa de fantasías. La respuesta se escucha con el corazón.

En el silencio del corazón es donde habla Dios. Dios es amigo de ese silencio. Y necesitamos escuchar a Dios, porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos, sino sobre todo lo que Él nos hace ver.

Dios no habla demasiado alto, pero nos habla una y otra vez a través de todo lo que nos sucede. Oírle depende de que, como receptores, logremos estar en buena sintonía con el emisor, que es Dios, y sepamos vencer las muchas interferencias que a veces produce nuestro propio estilo de vida. Así escucharemos lo que nos pide, o lo que nos reprocha, y caeremos en la cuenta de lo que espera de nosotros.

Algunos pensarán que orar es cosa de sugestión. Sin embargo, quienes verdaderamente tratan con cercanía y profundidad a Dios mediante la oración son más reflexivos, más ponderados, más certeros en sus juicios, con una humanidad más sensible.

¿Y CON TANTO REZAR, NO CORREN PELIGRO DE ALEJARSE UN POCO DE LA REALIDAD?
El silencio interior —el que Dios realmente bendice— no aísla jamás a las personas de los otros seres. Al contrario, les hace comprenderlos mejor, entrar más en su interior. La verdadera oración otorga al hombre una madurez, un equilibrio de alma y unos modos sensatos y profundos de entender la vida propia y la de los demás.

La oración enriquece enormemente a cualquier persona que la practique. Buscar unos minutos al día de pausa cordial para el encuentro con Dios en el fondo del alma, elevándose un poco por encima del trajín y el ruido de nuestras actividades cotidianas, dejando por un rato esas preocupaciones que agobian (o precisamente tratando de ellas en la presencia de Dios); y tomar, por ejemplo, el Evangelio, o cualquier libro que nos ayude a elevar nuestro pensamiento hacia Él; y leer una frase, unas pocas líneas, y dejarlas calar dentro de sí, como la lluvia cae sobre la tierra. Eso, aunque solo sea unos pocos minutos, pero cada día, a la vuelta de poco tiempo produce un sorprendente enriquecimiento interior.
CÓMO USAR LA ORACIÓN CON RESULTADOS VERDADERAMENTE POSITIVOS.
La oración debería ser el centro de la vida de quien aspira a obtener gracias de Dios. Y como con todo amigo a quien le queremos pedir algo, primero tenemos que saber cómo acercarnos a él, luego comprender como tenemos que pedírselo, sabiendo que no es una máquina expendedora y que tiene sus límites.

Finalmente debemos agradecer con la misma insistencia con la que pedimos el favor. Y no sólo si la oración es contestada positivamente, incluso si no es contestada o lo es pero en forma negativa, porque Dios quiere lo mejor para nosotros, y si no nos proporciona ahora lo que pedimos, es porque resulta mejor así para nosotros.

Esto funciona a nivel personal, pero también podemos ver cómo funciona a nivel colectivo, y traemos el ejemplo de las Oraciones Leoninas que se recitaban al finalizar las misas hasta la década de los ’60 del siglo pasado.

LA ORACIÓN NO HACE QUE LAS COSAS SUCEDAN, SINO QUE LAS COSAS SEAN POSIBLES.
En sólo muy pocos casos raros orar a Dios hace que las cosas sucedan directamente. Es el mundo de Dios, y Él puede hacer lo que quiera con él, y eso incluye resucitar a los muertos, hacer la danza del sol, o lo que quiera. Es su mundo, puede romper sus reglas.

No oramos para una cura para el cáncer y encontramos un frasco lleno de la medicina milagrosa sobre la mesa. No oramos para llegar a la Luna en la víspera de Navidad y encontramos una nave espacial funcionando esperando bajo el árbol en la mañana.

La oración nos ayuda a llegar a Dios y a nuestra alma, y al sintonizarnos, podemos ser escuchados y escuchar, y Dios puede hacer posible algo relacionado con lo que le pedimos orantemente.
Así que, ¿qué hace la oración? Hace que las cosas sean posibles.
La oración nos refresca como el sueño. Nos fortalece como la comida. Nos ilumina como una buena educación. Nos da energía, como el ejercicio. Asimismo, nos estimula, como una buena conversación. Nos inspira con un ejemplo de la grandeza. Y nos anima como el aliento de alguien que admiramos.
Pero la oración es más que eso.

La oración es como la decisión de utilizar las dos manos para atar tu zapato.
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Es como quitarse los anteojos de sol cuando estás buscando en la escultura de Bernini.
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Es como llenar tu pluma con tinta negra profunda.
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Es como recordar una broma que escuchaste cuando eras un niño, y gozar cada vez que la repites.
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Es como añadir el catalizador que lo cambia todo.
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Es como decirle a tu amada o amado lo que hay realmente en tu mente, y darte cuenta que ya lo sabe.
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Es la conversación que sucede antes, durante y después de todo lo grande y lo pequeño que hacemos.

LA ORACIÓN NO HACE QUE LAS COSAS SUCEDAN. LA ORACIÓN HACE QUE LAS COSAS SEAN POSIBLES.
¿LAS PERSONAS LOGRAN COSAS SIN ORAR?
Obviamente. Sucede todo el tiempo. Pero eso no demuestra que la oración sea innecesaria. Esto demuestra que Dios es muy generoso, Él nos da lo que necesitamos, incluso cuando no pedimos. Él está dispuesto a hablar, incluso si no estamos escuchando.
Pero cuando le pedimos por ello, cuando escuchamos, cuando nos bajamos del pedestal y empezamos a hacer cosas correctas, esto hace que el mundo sea un lugar mejor.
Hace de nuestros cerebros, nuestros corazones, nuestras mentes un lugar mejor.

Orar no hace que las cosas sucedan. Orar hace las cosas posibles.

DIOS QUIERE QUE OREMOS CON INSISTENCIA, QUE SEAMOS ESPECÍFICOS Y AGRADECIDOS.
El poder de la oración viene con peticiones específicas e igualmente gracias específicas
A menudo, nos olvidamos de cómo Dios se mueve en su poder. Nos olvidamos de algunos hechos de la santidad. Entre las cosas que a menudo se nos escapa está el concepto de especificidad.
¿Qué significa eso? Esto significa que la oración es más potente cuando se combina con peticiones específicas.
Ese es un lado de la moneda.

Cuando nosotros pedimos, tenemos que pedir profundamente. Tenemos que pedir en serio. Tenemos que pedir con el corazón. Y tenemos que explicar las cosas, rezando un Ave María por todos y cada uno los detalles importantes que nosotros creemos necesitar.

Digamos que estás haciendo un viaje. Ora por la seguridad de tu hogar. Ora por cada habitación. Ora por tu coche, su funcionamiento y seguridad. Ora por el viaje al aeropuerto para que pases por la seguridad con facilidad y que llegue a tiempo tu equipaje. Reza por tu asiento y reza por la atención del personal y porque el viaje no tenga inconvenientes en el aire. Ora por el viaje desde el aeropuerto al hotel o tu destino y luego todos los detalles del viaje en sí.

Dios es un Dios de detalles y asigna ángeles para varios usos vinculados con los aspectos de lo que pedimos; debemos orar lo suficiente, y tener tiempo para pedirle exactamente lo que necesitamos. ¡No dejes de orar hasta que se sienta la paz!


Pero este es uno de los lados de la moneda. La otra es la alabanza. Esto significa, por supuesto, la acción de gracias.
Cuando Dios en su bondad responde a tus oraciones, le deberemos gracias con la misma especificidad.

En otras palabras, pasa tanto tiempo dándole las gracias como lo hiciste con la oración para pedir, ambas deben ser extensas.

Una clave de la oración está en tomarse su tiempo. Nada es más importante.
Le damos gracias por el viaje al aeropuerto, le damos gracias por el equipaje, le damos gracias por la protección de cada habitación de su casa, le damos gracias por el vuelo, le damos gracias por todo lo que sucedió; en detalle, paso a paso.

Cada respuesta a la oración merece una similar “tarjeta de agradecimiento.” Nadie está demasiado ocupado.

Esto es poderoso, y produce más oraciones contestadas cuando nuestro agradecimiento es sincero y no sólo porque queremos hacer más poderosas nuestras futuras solicitudes.

Dale Gracias a su delicada guía.

Le damos gracias por las bendiciones que no nos dimos cuenta. 
“Entonces Josué dijo a Achan: Hijo mío, da gloria ahora a Yaveh el Dios de Israel, y dale alabanza” (Josué 7:19).
Le damos gracias por la prevención de peligros ocultos.
Gracias.

La sincera gratitud es una expresión de amor que nos pone en contacto con Dios, porque Dios es amor y amor es la luz y la luz es la vida misma.
“Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios, que ha hecho contigo estas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto”. (Deuteronomio 10:21).
Dar “sacrificio” de alabanza. “Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza” (1 Crónicas 16:25). 
“Que los pueblos te alaben, oh Dios: que todos los pueblos te alaben” (Salmo 67:3).
Una de las cosas más poderosas que puedes hacer es leer todos los Salmos, cuando una solicitud enorme haya sido respondida (si es necesario, utiliza una versión condensada).

“Gracias, Dios mío. Gracias, Creador. Gracias, Jesús.” Ese es el mantra cristiano, o debería serlo. Es el código de área para alcanzar el cielo.

Se lo más específico, pasa el mayor tiempo posible en oración, pasa mucho tiempo con el rosario. Trabaja con él. Relájate con él. “Gracias, Jesús” Luego llama. Disca. Cuanto más tiempo pases en oración, más grande son los resultados. Nos vamos a ninguna parte cuando no estamos haciendo nada.

EL EJEMPLO DE LA EFICACIA DE LA ORACIÓN COLECTIVA CON LAS ORACIONES LEONINAS.

Las Oraciones Leoninas que se recitaban al finalizar la misa habían mostrado una eficacia notable, pero fueron quitadas en 1965. Ellas habían sido introducidas por uno de los pontífices reinantes que estuvo en el sillón de Pedro por más tiempo, el Papa León XIII (1878-1903).

De acuerdo con el Misal Romano:
“Estas oraciones fueron introducidas por el Papa León XIII para obtener una solución aceptable para las relaciones del Vaticano con el Estado italiano después de la toma de los estados papales”.
Este fue el período en el que el papa estaba prisionero en el Vaticano en protesta por la apropiación de tierras por el nuevo Estado-Nación italiano que habían pertenecido a la Iglesia durante siglos. Finalmente las oraciones dieron su fruto y así nació el Estado Vaticano coexistiendo con el Estado de Italia, el que llegó a existir como país unificado sólo en la segunda mitad del siglo XIX.

Sin embargo, como en 1962 el Misal Romano continúa diciéndonos:
“Después de su resolución a través del Tratado de 1929 [entre el cardenal Pietro Gaspari y Benito Mussolini], el Papa Pío XI pidió que estas oraciones se dijeran para la conversión de Rusia”.
En pocas palabras, pensó que si algo parece estar funcionando con la oración, ¿por qué parar?

De hecho, junto con las advertencias de la Virgen de Fátima de hacer las oraciones por la conversión y consagración de Rusia, las oraciones leoninas después de la misa, tenían literalmente cientos de millones de personas orando por la misma causa.

Y funcionó otra vez, porque “el Imperio del Mal” se desintegró, la libertad religiosa se volvió a introducir en el país ex comunista, y Rusia es la única potencia mundial que hoy podría llamarse cristiana, lo que equivale a nada menos a un milagro.

Hoy estamos en una situación especial. Hay momentos en que nuestras oraciones parecen quedar sin respuesta. Las novenas, los ayunos, las devociones, se mantienen como un reloj suizo, y todo aparentemente sin ningún efecto (o al menos no el que esperamos), lo que hace acordar a las épocas de sequedad espiritual o abandono que el gran carmelita Doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz, trató como “La noche oscura del alma”.

Y luego hay momentos históricos en los que no sólo se da respuesta a las oraciones, sino que se hace de una manera milagrosa. Tal vez el mejor y más obvio ejemplo de esto es la derrota de la flota otomana por una flota cristiana en inferioridad numérica en la batalla naval de Lepanto. La victoria se atribuye al rezar en continuo el Rosario a pedido del Papa San Pío V.
Fuente:
http://www.religionenlibertad.com/para-que-sirve-rezar-54308.htm
http://es.aleteia.org/2013/04/10/para-que-sirve-rezar/
http://es.catholic.net/op/articulos/54533/cat/444/para-que-sirve-rezar.html#
http://forosdelavirgen.org/80566/la-oracion-no-hace-que-las-cosas-sucedan-sino-que-las-cosas-sean-posibles-2014-08-01/

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